El consultor argentino Fernando Cerimedo cumplirá seis meses de prisión preventiva en Palmasola, una de las cárceles más grandes y conflictivas de Bolivia. Conocida como un “pueblo prisión”, fue construida para una población muy inferior a la que terminó alojando y arrastra una historia marcada por el hacinamiento, la violencia y un particular régimen interno. En 2015 recibió la visita del papa Francisco.
Por Bruno A. Monteverde para NLI

Fernando Cerimedo ya sabe dónde pasará los próximos seis meses. La Justicia boliviana dispuso su prisión preventiva por 180 días y ordenó que sea alojado en el Centro de Rehabilitación Santa Cruz, conocido como Palmasola, en las afueras de Santa Cruz de la Sierra. El lugar tiene una historia que explica por qué su nombre aparece asociado desde hace décadas con algunas de las imágenes más duras del sistema penitenciario boliviano.
Palmasola no es simplemente una cárcel. Es un enorme complejo penitenciario que llegó a funcionar como una especie de ciudad dentro de la ciudad, con miles de personas conviviendo en condiciones de hacinamiento y con un grado de autonomía interna que durante años llamó la atención de organismos internacionales y medios de todo el mundo. La propia descripción oficial como “centro de rehabilitación” convive con una realidad mucho más compleja.
Según información difundida tras la decisión judicial contra Cerimedo, el penal construido originalmente para unos 600 internos alberga actualmente a más de 4.000 personas y concentra alrededor del 40% de la población carcelaria de Bolivia. El contraste entre su capacidad original y la cantidad de presos es uno de los datos que mejor permite comprender qué significa Palmasola.
Un pueblo detrás de los muros
El apodo de “pueblo prisión” no surgió por casualidad. Palmasola tiene una estructura que durante años permitió que los internos desarrollaran una vida cotidiana con características muy diferentes a las de una cárcel convencional. Dentro del complejo se establecieron espacios comerciales, viviendas y actividades que hicieron que la frontera entre una prisión tradicional y una pequeña comunidad quedara particularmente desdibujada.
Informaciones periodísticas publicadas durante la última década describieron incluso la existencia de casas construidas dentro del predio, comercios y sectores con diferentes niveles de control. En determinados momentos, el Estado no ejercía sobre todos los espacios del complejo el mismo nivel de control que se espera de una institución penitenciaria convencional.
Esa situación estuvo relacionada con una característica central del sistema penitenciario boliviano: la enorme cantidad de personas privadas de su libertad que permanecen sin condena firme, a la espera de que sus causas sean resueltas. En 2015, cuando el papa Francisco visitó Palmasola, la situación era especialmente crítica. El pontífice denunció allí el hacinamiento, la lentitud de la Justicia, la falta de programas de rehabilitación y la violencia.
El escenario que encontró Francisco quedó registrado en uno de los discursos más fuertes de aquella visita. El Papa planteó que “reclusión no es lo mismo que exclusión” y sostuvo que la prisión debía formar parte de un proceso de reinserción social. Pero también enumeró los problemas que conspiraban contra ese objetivo: hacinamiento, demora judicial, falta de terapias ocupacionales, ausencia de políticas de rehabilitación y violencia.
La elección del lugar para aquella visita no fue casual. Palmasola era considerada entonces una de las cárceles más peligrosas de América Latina y concentraba una enorme cantidad de internos en condiciones de superpoblación. Algunas crónicas de la época señalaban que el complejo podía albergar varias veces más personas que aquellas para las que había sido diseñado.
Una historia marcada por la violencia
La historia reciente de Palmasola también está atravesada por episodios extremadamente violentos. El más recordado ocurrió en agosto de 2013, cuando una disputa entre grupos de internos desencadenó una batalla dentro del pabellón de máxima seguridad.
El enfrentamiento dejó más de 30 muertos y decenas de heridos. Entre las víctimas hubo también un niño pequeño que se encontraba dentro del complejo. El episodio expuso públicamente las dificultades del Estado boliviano para controlar determinadas áreas del penal y convirtió a Palmasola en un símbolo de la crisis penitenciaria del país.
La violencia no fue un fenómeno aislado. Palmasola quedó asociada durante años con disputas entre grupos de presos, narcotráfico y diferentes formas de organización interna. De allí surgió también la caracterización del penal como un lugar donde los internos podían llegar a establecer sus propias reglas y jerarquías.
Ese pasado explica la atención que genera ahora el ingreso de Cerimedo. El consultor argentino no llegará a una prisión convencional ni a un establecimiento pequeño. Entrará en uno de los principales centros penitenciarios de Bolivia, ubicado además en una ciudad estratégica del país.
Para una persona que hasta hace pocos días se movía entre dirigentes políticos, consultorías y círculos de poder, el cambio de escenario es radical. La prisión preventiva será, al menos durante los próximos seis meses, su nueva realidad cotidiana.
Del Papa Francisco a Cerimedo
Hay una paradoja en la historia reciente de Palmasola. En julio de 2015, el papa Francisco ingresó al penal para encontrarse con los presos y escuchar sus testimonios. El Vaticano registró oficialmente aquella visita al Centro de Rehabilitación Santa Cruz-Palmasola y el discurso que el pontífice pronunció ante los internos.
Francisco habló entonces de dignidad, reinserción y esperanza, pero no esquivó las condiciones concretas de la prisión. El hacinamiento y la violencia fueron mencionados expresamente. Su mensaje apuntó a recordar que detrás de las estadísticas penitenciarias existen personas y que la privación de libertad no debería significar la expulsión definitiva de la sociedad.
Más de una década después, Palmasola vuelve a ocupar titulares internacionales por una razón completamente diferente.
Esta vez, el nombre que aparece asociado al penal es el de Fernando Cerimedo, un consultor argentino que desarrolló actividades políticas en distintos países de la región y que fue detenido en Bolivia después del ataque contra su expareja, Nadia Beller. La Justicia boliviana ordenó ahora que permanezca allí durante seis meses mientras continúa la investigación.
La prisión preventiva no implica una condena. Cerimedo mantiene su derecho a la defensa y será la investigación judicial la que deberá determinar su eventual responsabilidad en los hechos que se le atribuyen. Pero mientras ese proceso avanza, Palmasola será el lugar donde permanecerá privado de su libertad.
Y el contraste no deja de ser significativo. El hombre que durante años trabajó en los márgenes del poder político latinoamericano deberá ahora desenvolverse en un universo completamente distinto: uno de los complejos penitenciarios más grandes, superpoblados y conflictivos de Bolivia.
Durante los próximos 180 días, la Justicia deberá avanzar sobre las pruebas del caso Beller. Mientras tanto, Cerimedo tendrá que adaptarse a una cárcel cuya historia está marcada justamente por aquello que Francisco había denunciado durante su visita: hacinamiento, violencia, demoras judiciales y enormes dificultades para convertir la prisión en un verdadero espacio de rehabilitación.
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«Centro de Rehabilitación» ¡JUA-JUA-JUA! «Dentro del complejo se establecieron espacios…»
ME HACE ACORDAR LA SERIE » El marginal».-
«característica central del sistema penitenciario boliviano: la enorme cantidad de personas privadas de su libertad que permanecen sin condena firme, a la espera de que sus causas sean resueltas.» IGUALITO QUE ACA: Argentina registró un récord histórico con 121.443 personas privadas de la libertad en todo el sistema penitenciario. Aproximadamente la mitad de los detenidos (entre el 46% y el 52% según la jurisdicción y el período) se encuentran en calidad de procesados o sin condena firme a la espera de juicio.-
¡DESPUES DICEN DE LOS SECRETARIOS DE NESTOR!!!
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