Murió Jorge “Roña” Castro, el campeón del pueblo que hizo del boxeo una bandera de compromiso social

Jorge “Roña” Castro fue mucho más que un campeón mundial. Fue uno de esos personajes populares que trascendieron el deporte, construyeron una identidad propia y mantuvieron un vínculo directo con la gente. Su historia estuvo marcada por los golpes arriba del ring, las peleas memorables, una personalidad inconfundible y una relación con los sectores populares que convirtió su figura en parte de la cultura deportiva argentina. Su muerte enluta al boxeo nacional y deja el recuerdo de un hombre que supo transformar una trayectoria de esfuerzo en una historia reconocible para millones de argentinos.

Por Ignacio Elfratini para NLI

Hombre de pie en un gimnasio de boxeo, vistiendo una camiseta sin mangas negra con el número 32 y el texto 'SIGSCHOOL'.

La pelea que lo convirtió en leyenda

La noche del 10 de diciembre de 1994 quedó grabada para siempre en la memoria del deporte argentino. En Monterrey, México, Castro defendía el título mundial mediano de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) frente al estadounidense John David Jackson. El santacruceño llegaba al noveno asalto con el rostro castigado, dificultades para ver y una desventaja amplia en las tarjetas. Todo parecía indicar que perdería la corona. Pero Castro tenía una virtud que lo distinguía: jamás dejaba de buscar la pelea. En ese noveno round conectó una izquierda demoledora, derribó a su adversario y terminó imponiéndose por nocaut técnico. La revista especializada The Ring reconoció aquel combate como la mejor pelea de 1994 y distinguió ese asalto como el mejor del año. El propio boxeador bautizó aquella mano decisiva como “La Mano de Dios”, en homenaje a Diego Maradona, su amigo y compañero de pasión futbolera.

La consagración mundial había llegado meses antes, el 12 de agosto de 1994, cuando derrotó a Reggie Johnson por decisión dividida en Tucumán. El título fue la culminación de años de sacrificio para un deportista nacido en Caleta Olivia, Santa Cruz, que había construido su carrera a fuerza de combates y perseverancia. En el recorrido enfrentó a figuras de primer nivel, defendió su corona y dejó su marca en una época en la que el boxeo argentino todavía convocaba multitudes y alimentaba historias de identificación popular. Su trayectoria profesional se extendió hasta 2007 y lo ubicó entre los nombres más reconocidos del pugilismo nacional. En 2000 recibió el Diploma al Mérito de la Fundación Konex por su labor deportiva.

De la gloria deportiva a la solidaridad en los barrios

Pero reducir a Castro a aquella noche de gloria sería contar apenas una parte de su historia. En los últimos años, el exboxeador había construido una tarea solidaria que lo acercó a otra realidad argentina: la de las familias que necesitan asistencia alimentaria para llegar a fin de mes. Durante la pandemia de coronavirus convirtió su gimnasio de Temperley en un espacio de ayuda y, con el paso del tiempo, organizó una red de comedores y merenderos en el conurbano bonaerense. En septiembre de 2026 había contado que coordinaba 14 comedores y nueve merenderos, una estructura de asistencia que requería conseguir alimentos, distribuir mercadería y sostener el trabajo cotidiano con los vecinos.

Aquella tarea tenía una raíz personal. Castro había hablado públicamente de las privaciones que atravesó durante su infancia y de su voluntad de evitar que otros chicos pasaran por situaciones similares. Su compromiso no se limitó a la entrega de alimentos: también impulsó iniciativas vinculadas con la práctica del boxeo y la reinserción social, entre ellas actividades destinadas a personas privadas de la libertad. A través de la disciplina deportiva buscaba transmitir herramientas, responsabilidad y una alternativa para quienes necesitaban encontrar otro rumbo. En una Argentina atravesada por las dificultades económicas y el deterioro de las condiciones de vida de numerosos hogares, esa faceta de su historia adquiere una dimensión especial.

El contraste es contundente: el hombre que había protagonizado una de las remontadas más extraordinarias del boxeo mundial dedicaba ahora buena parte de su tiempo a conseguir mercadería y sostener espacios comunitarios. Ya no se trataba de resistir golpes sobre un cuadrilátero, sino de responder a necesidades concretas de personas que muchas veces no encuentran respuestas suficientes. Su labor solidaria no reemplazaba las responsabilidades de las políticas públicas, pero sí expresaba una decisión de involucrarse personalmente frente al sufrimiento ajeno.

Un personaje popular, más allá del cuadrilátero

La vida de Castro también tuvo una dimensión mediática y política. Hincha de Boca Juniors y amigo de Maradona, participó en programas de televisión como Gran Hermano Famosos, Bailando por un sueño y MasterChef Celebrity. En 1996 fue concejal en Caleta Olivia y, posteriormente, trabajó en el área de Deportes de la Nación durante la presidencia de Néstor Kirchner. Su personalidad frontal, su lenguaje popular y su particular sentido del humor lo convirtieron en una figura reconocible incluso para quienes nunca habían seguido una pelea de boxeo.

A los 59 años, su muerte deja un vacío en el deporte argentino. La noticia se conoció este miércoles 14 de octubre, después de que sufriera una descompensación en el Bingo de Morón. Al momento de los primeros reportes periodísticos, las causas del fallecimiento todavía no estaban establecidas oficialmente. La conmoción alcanzó tanto al ambiente del boxeo como a quienes conocieron su trabajo solidario en los barrios.

Jorge “Roña” Castro será recordado por sus títulos, por su resistencia y por aquella izquierda que dio vuelta una pelea imposible. Pero también por la decisión de poner su nombre, su gimnasio y su esfuerzo al servicio de quienes necesitaban una mano. Su historia pertenece a una tradición profundamente argentina: la de los deportistas que nacen lejos de los grandes centros de poder, conquistan el reconocimiento popular y mantienen un vínculo con la gente que va más allá de sus éxitos profesionales. El campeón se va, pero quedan sus peleas, su historia y la huella de una solidaridad que también forma parte de su legado.


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