El diario estadounidense reconstruyó el vínculo de Milei con Celia Melamed, la mujer que asegura haberse comunicado telepáticamente con Conan y sus clones durante años. La historia también involucra a Karina Milei, quien habría participado de talleres de comunicación con animales. Entre el culto personal, las creencias extraordinarias y la intimidad presidencial, la publicación internacional vuelve a poner bajo la lupa una dimensión insólita del universo del mandatario argentino.
Por Tomás Palazzo para NLI

La historia de Javier Milei vuelve a recorrer el mundo, pero esta vez no por sus promesas económicas, sus enfrentamientos políticos ni sus discursos contra el Estado. El protagonista es el universo personal del Presidente, sus perros clonados y una mujer que afirma haber mantenido con ellos una comunicación telepática. El prestigioso diario estadounidense The New York Times publicó este miércoles una reconstrucción del vínculo entre el mandatario y Celia Melamed, una veterinaria y bacterióloga que se presenta como especialista en comunicación psíquica con animales. El relato recupera episodios anteriores a la llegada de Milei a la Casa Rosada y suma un dato todavía más llamativo: según la entrevistada, Karina Milei también participó de sus talleres y habría desarrollado habilidades para comunicarse con las mascotas.
La repercusión internacional no es un detalle menor. Cuando un medio de la dimensión de The New York Times dedica una investigación periodística a las creencias y prácticas personales de un presidente, el interés trasciende la anécdota pintoresca. En el caso argentino, la historia se conecta con una figura que convirtió su personalidad, sus convicciones y sus modos de expresarse en una parte central de su construcción política. El problema no consiste en fiscalizar los afectos privados del jefe de Estado, sino en observar cómo ese universo personal se relaciona con la imagen pública de quien ejerce la máxima responsabilidad institucional del país.
Conan, los clones y la mujer que decía comunicarse con ellos

Según contó Melamed al diario estadounidense, su relación con Milei comenzó aproximadamente una década atrás, cuando Conan, el mastín inglés del entonces economista y comentarista televisivo, atravesaba una enfermedad terminal. La mujer relató que el futuro Presidente recurrió a sus servicios para intentar establecer una comunicación con el animal y transmitirle sus sentimientos. A partir de aquel encuentro, sostuvo, trabajó durante aproximadamente dos años con Milei y sus mascotas.
Conan murió en 2017, pero la historia no terminó allí. Milei recurrió posteriormente a la clonación genética para obtener copias de su perro y les dio nombres vinculados con economistas que admira: Milton, Murray, Robert y Lucas, además de otro animal llamado Conan. Según la reconstrucción periodística, Melamed afirmó que también trabajó con esos perros y describió las diferencias de personalidad que observaba entre ellos, pese a su origen genético común.
El episodio más extraordinario aparece cuando la entrevistada se refiere a la creencia presidencial de que uno de los clones sería la reencarnación de Conan. Melamed dijo que consideraba probable esa posibilidad y describió una sensación de familiaridad durante su supuesto contacto con el animal. Se trata de una interpretación personal y espiritual de la entrevistada, no de un hecho demostrado científicamente. No existe evidencia científica sólida que valide la telepatía animal ni la posibilidad de verificar una reencarnación mediante estos procedimientos.
El artículo también reconstruye una dedicatoria que Milei le habría escrito en un libro, en la que la describía como un ser de luz que lo había ayudado a encontrar el camino. La frase, relatada por Melamed, aporta una dimensión personal al vínculo y ayuda a comprender la intensidad con la que la mujer recuerda aquella relación.
Karina Milei y el capítulo de la telepatía
La secretaria general de la Presidencia también quedó involucrada en el relato. Melamed aseguró que Karina Milei asistió en 2019 a un taller de fin de semana dedicado a la comunicación con animales y que luego mantuvieron intercambios por mensajes durante varios meses. Según su versión, la hermana del Presidente tenía una facilidad particular para esa práctica. La entrevistada supone que Karina pudo haberla reemplazado en la tarea de comunicarse con los perros de Javier Milei, aunque esa afirmación no constituye una confirmación independiente de que tal reemplazo haya ocurrido.
El dato llamó la atención porque Karina no es una figura secundaria en la administración libertaria: ocupa la Secretaría General de la Presidencia y es una de las personas de mayor confianza del mandatario. Por eso, cualquier información sobre su participación en actividades de este tipo despierta interés público, aunque debe mantenerse una distinción elemental entre las declaraciones de una entrevistada y los hechos corroborados por otras fuentes.
The New York Times también señaló que el Presidente y su hermana no respondieron a las solicitudes de comentarios sobre los puntos planteados en la entrevista. Esa ausencia de respuesta no prueba las afirmaciones de Melamed, pero deja sin una versión directa de los protagonistas varios aspectos del relato.
La pregunta política detrás de una historia extraordinaria
Milei tiene derecho a sus creencias, a sus afectos y a preservar su intimidad. Ningún presidente debería ser evaluado por el simple hecho de amar a sus animales ni por sus convicciones espirituales personales. Pero la discusión pública adquiere otra dimensión cuando esos episodios se convierten en parte de la representación internacional de un jefe de Estado y cuando aparecen referencias a supuestas consultas a sus mascotas para obtener consejos.
La publicación recoge, además, testimonios atribuidos a un diplomático de alto rango y a un amigo de larga data del mandatario, quienes dijeron haberlo escuchado afirmar que consultaba a sus animales en busca de orientación. Esas versiones fueron presentadas por el diario bajo condición de anonimato y no equivalen a una verificación independiente de las prácticas descritas. El propio Milei había respondido en el pasado que lo que sucedía en su casa pertenecía a su vida privada.
El punto político no es convertir una nota sobre perros y creencias en un diagnóstico personal, ni utilizar relatos extraordinarios para sacar conclusiones sobre la salud mental del Presidente. No hay base para hacerlo. La cuestión relevante es otra: la distancia entre la solemnidad que exige el ejercicio del poder presidencial y la imagen internacional que proyecta un mandatario cuya vida personal se ha convertido reiteradamente en objeto de relatos insólitos.
Mientras el Gobierno toma decisiones que afectan el empleo, los salarios, las jubilaciones, la educación, la ciencia y la producción nacional, la sociedad tiene razones legítimas para exigir explicaciones sobre la gestión pública, la transparencia y los resultados económicos. Las historias personales no sustituyen ese debate, pero tampoco deberían servir para desviar la atención de las obligaciones concretas de quienes gobiernan.
La nota de The New York Times vuelve a mostrar que Milei no separa con facilidad su figura pública de un universo personal que él mismo ha expuesto en distintas ocasiones. La relación con Conan, la clonación de sus perros y las afirmaciones de Melamed forman parte de una historia que mezcla afecto, creencias y episodios difíciles de verificar. Lo que corresponde es contarla sin convertir las afirmaciones extraordinarias en hechos probados y, al mismo tiempo, recordar que la Presidencia no es un espacio privado cuando están en juego las decisiones del Estado.
El mundo mira a Milei también por lo que representa fuera de la economía. Pero la Argentina no puede quedar atrapada en el espectáculo permanente de su personaje: el verdadero examen presidencial sigue estando en lo que hace con el poder, en las consecuencias de sus políticas y en la vida cotidiana de millones de argentinos.
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