PUTIN MUEVE EL TABLERO MUNDIAL: UNA CUMBRE CON TRUMP Y XI PARA NEGOCIAR UCRANIA, SIN ZELENSKI EN LA MESA

Vladímir Putin propuso una reunión con Donald Trump y Xi Jinping para discutir el final de la guerra en Ucrania, posiblemente en noviembre y en territorio chino. La iniciativa abre un nuevo capítulo de la disputa por el orden internacional: Moscú busca negociar en condiciones favorables, Washington profundiza su acercamiento al Kremlin y Beijing vuelve a quedar en el centro de la diplomacia global. La gran incógnita es quién decidirá el futuro de Ucrania y qué precio deberá pagar Europa por un acuerdo negociado entre las grandes potencias.

Por Bruno A. Monteverde para NLI

Retrato de tres líderes mundiales: Xi Jinping, Vladimir Putin y Donald Trump, posando de manera seria.

La guerra de Ucrania vuelve a colocar a las principales potencias del planeta ante una pregunta que excede los movimientos militares: ¿quién tiene el poder de decidir cómo termina un conflicto que ya transformó la seguridad europea y profundizó la fractura entre Rusia y Occidente? El presidente ruso, Vladímir Putin, propuso una cumbre con Donald Trump y Xi Jinping para negociar una salida a la guerra, una iniciativa que podría concretarse en noviembre, al margen de la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), prevista para los días 18 y 19 en Shenzhen, China.

La propuesta fue revelada por The Wall Street Journal y posteriormente confirmada en sus aspectos preliminares por el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov. Sin embargo, el encuentro todavía no tiene una fecha definitiva, una agenda acordada ni el compromiso confirmado de los tres mandatarios. La Casa Blanca no había dado su aval formal y la participación de Xi Jinping tampoco estaba oficialmente confirmada.

Pero el movimiento diplomático ya tiene una dimensión política considerable. Putin busca aprovechar el acercamiento con Trump para impulsar una negociación que contemple los intereses estratégicos de Moscú. La posibilidad de sentar en una misma mesa al presidente ruso, al estadounidense y al chino también evidencia que el desenlace de la guerra está ligado a una disputa mucho más amplia: la distribución del poder internacional y la capacidad de las grandes potencias para establecer las condiciones de la paz.

TRES POTENCIAS Y UNA SILLA VACÍA: EL PROBLEMA DE NEGOCIAR SIN UCRANIA

El aspecto más controvertido de la propuesta es la eventual ausencia del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. Una negociación sobre el futuro de Ucrania sin la participación directa de su gobierno plantearía una contradicción fundamental: las potencias podrían discutir los términos de un acuerdo, pero las consecuencias territoriales, políticas, militares y humanas recaerían principalmente sobre la población ucraniana.

El canciller de Ucrania, Andrii Sybiha, cuestionó la posibilidad de una reunión que deje a Kiev fuera de las conversaciones y advirtió que ese formato podría favorecer los intereses de Moscú y prolongar la guerra. La objeción no es secundaria. Para el gobierno ucraniano, el problema no consiste solamente en alcanzar un alto el fuego, sino también en establecer garantías de seguridad, definir el futuro de los territorios ocupados y evitar que una pausa militar permita a Rusia reorganizar sus fuerzas para una nueva ofensiva.

Desde la perspectiva del Kremlin, en cambio, una negociación con Washington y Beijing permitiría discutir el conflicto en un marco de mayor jerarquía geopolítica, en el que Rusia no aparezca aislada frente a Ucrania y sus aliados europeos. Moscú pretende que la discusión incluya sus exigencias de seguridad y sus objetivos estratégicos, que chocan con la aspiración ucraniana de preservar su integridad territorial y decidir libremente sus alianzas.

La diferencia es decisiva: una cosa es negociar el fin de los combates y otra muy distinta es establecer una paz duradera que las partes afectadas consideren legítima. Un acuerdo entre potencias podría acelerar decisiones diplomáticas, pero también generar resistencias si quienes deben aplicarlo quedan excluidos de su elaboración.

La historia ofrece numerosos ejemplos de acuerdos internacionales negociados por actores externos a los territorios donde se desarrollaban los conflictos. No todos tuvieron el mismo resultado, pero la experiencia demuestra que la estabilidad no depende exclusivamente de la voluntad de los gobiernos más poderosos. También requiere mecanismos de cumplimiento, garantías verificables y condiciones políticas capaces de sostenerse más allá de una fotografía entre mandatarios.

TRUMP AFLOJA LA PRESIÓN Y PUTIN BUSCA CAPITALIZAR EL ACERCAMIENTO

La iniciativa rusa se conoce en un momento especialmente significativo de las relaciones entre Moscú y Washington. Según los reportes publicados en Estados Unidos, Putin planteó la posibilidad de la cumbre durante una conversación telefónica con Trump el 9 de octubre. En ese mismo contexto se avanzó en un acuerdo relacionado con el diésel ruso y, posteriormente, la administración estadounidense dispuso flexibilizar determinadas restricciones económicas contra Moscú.

Esos movimientos generaron preocupación en Kiev. Zelenski advirtió que el alivio de las sanciones podía fortalecer la posición rusa mientras continuaba la guerra, al reducir parte de la presión económica que Washington había utilizado como instrumento contra el Kremlin.

La cuestión energética tiene una importancia estratégica evidente. Rusia es un productor de hidrocarburos de peso mundial y las restricciones comerciales occidentales buscaron limitar sus ingresos y dificultar el financiamiento de sus operaciones militares. Cualquier flexibilización, incluso si se presenta como una medida limitada o temporal, debe evaluarse dentro de ese contexto: sus consecuencias dependen de su alcance, su duración y las condiciones que se establezcan para su aplicación.

Trump, por su parte, ha insistido en su voluntad de negociar el fin de la guerra. El problema es determinar bajo qué condiciones pretende conseguirlo y qué compromisos está dispuesto a exigir a Moscú. Una negociación que reduzca las hostilidades sería un objetivo de enorme importancia, pero el resultado no puede medirse solamente por la rapidez con que se anuncie un acuerdo. También importan las garantías que impidan una nueva escalada y la capacidad de las partes para cumplir lo firmado.

Para Putin, el acercamiento con Washington representa una oportunidad para recuperar margen de maniobra internacional y negociar desde una posición menos condicionada por el aislamiento occidental. Para Trump, la posibilidad de presentarse como protagonista de un acuerdo histórico constituye una apuesta diplomática de alto impacto. Sin embargo, los objetivos de ambos mandatarios no son necesariamente idénticos: llegar a una mesa de negociación no significa que exista consenso sobre las condiciones de la paz.

CHINA, EL FACTOR QUE WASHINGTON NO PUEDE IGNORAR

La eventual participación de Xi Jinping introduce una dimensión central. China no es un actor periférico en esta disputa: es una potencia económica, tecnológica, industrial y militar cuya relación con Rusia y con Estados Unidos influye sobre el equilibrio internacional.

Beijing mantiene vínculos estratégicos con Moscú, incluida una relación económica que adquirió mayor importancia tras la invasión rusa de Ucrania y la imposición de sanciones occidentales. Al mismo tiempo, China tiene intereses comerciales globales y necesita preservar su capacidad de interlocución con numerosos países. Su posición combina la defensa de sus propios intereses estratégicos con un discurso diplomático que reivindica la negociación y cuestiona las sanciones unilaterales.

Una cumbre trilateral le permitiría a Xi ocupar un lugar central en una eventual negociación sobre la seguridad europea. También ofrecería una imagen de la política mundial en la que las decisiones más importantes no dependen exclusivamente de Washington y sus aliados tradicionales.

La participación china, sin embargo, no garantiza por sí misma un acuerdo. Beijing tiene capacidad de influencia sobre Moscú, pero eso no significa que pueda imponerle cualquier condición. Tampoco está asegurado que las prioridades chinas coincidan con las exigencias estadounidenses o con las demandas de Ucrania.

El trasfondo es una transformación del escenario internacional. La guerra aceleró la reorganización de alianzas, reforzó la competencia entre grandes potencias y mostró los límites de una arquitectura de seguridad europea incapaz de evitar la invasión rusa de febrero de 2022. En ese contexto, una negociación entre Washington, Moscú y Beijing sería mucho más que una reunión sobre Ucrania: constituiría una discusión sobre las reglas que pretenden regir las relaciones entre las principales potencias.

EUROPA Y AMÉRICA LATINA ANTE UN NUEVO EQUILIBRIO

La eventual exclusión de Zelenski también inquieta por sus implicancias para Europa. Los países europeos han respaldado militar y económicamente a Ucrania, aunque mantienen diferencias sobre el alcance de ese apoyo y las condiciones de una salida negociada. Un entendimiento entre Trump y Putin podría alterar los cálculos de seguridad del continente y obligar a sus gobiernos a responder a decisiones tomadas sin su participación directa.

La cuestión es especialmente delicada porque cualquier acuerdo territorial o militar tendría consecuencias para el equilibrio europeo durante años. Si la negociación se limita a congelar las líneas del frente sin garantías suficientes, el resultado podría ser una pausa precaria. Si exige concesiones permanentes a Ucrania, abriría una discusión sobre la soberanía, la legalidad internacional y el precedente que podría establecerse para otros conflictos.

Para América Latina, la disputa tampoco es lejana. La región enfrenta un escenario en el que las grandes potencias utilizan el comercio, la energía, las sanciones, la tecnología y las alianzas militares como instrumentos de presión. Las decisiones sobre Ucrania pueden repercutir en los precios internacionales de los combustibles, los mercados agrícolas, los flujos comerciales y las relaciones diplomáticas.

Para países como la Argentina, con una economía expuesta a los cambios de los precios internacionales y a las tensiones entre los principales centros de poder, comprender estos movimientos resulta indispensable. La política exterior no puede reducirse a la adhesión automática a una potencia ni a la expectativa de obtener beneficios por alineamiento. Requiere evaluar intereses nacionales concretos, preservar márgenes de autonomía y comprender que los acuerdos entre países poderosos pueden generar consecuencias muy distintas para las naciones que no participan de esas decisiones.

La iniciativa de Putin todavía está lejos de constituir un acuerdo de paz. No hay confirmación definitiva de la cumbre ni garantías de que los tres mandatarios acepten el formato propuesto. Pero el solo hecho de que se discuta una negociación de esta magnitud vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta decisiva para el siglo XXI: si el orden internacional avanzará hacia acuerdos construidos con participación de los pueblos afectados o si las grandes potencias buscarán resolver sus disputas mediante entendimientos que luego otros deberán aceptar.

La paz en Ucrania no puede medirse únicamente por el silencio de las armas ni por la capacidad de tres presidentes para alcanzar un entendimiento. También deberá medirse por su duración, por las garantías de seguridad que establezca y por el respeto a la soberanía de quienes han soportado las consecuencias directas de la guerra. Si la cumbre finalmente se concreta, su importancia no estará solamente en quiénes se sienten a la mesa, sino también en quiénes quedan afuera y en las condiciones que se intenten imponer.


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