El Presidente volvió a victimizarse por los supuestos intentos de desestabilización contra su Gobierno y, pocos días después, viajó a España para insultar a Pedro Sánchez y llamar a expulsar por la fuerza al socialismo del poder. La contradicción expone una concepción de la democracia que cambia según quién gobierne y quién sea el adversario.
Por Luis Bulnes Valdez para NLI

Milei volvió a dejar al descubierto una de las contradicciones más profundas de su discurso político: mientras se presenta ante los argentinos como víctima de una sucesión de intentos de golpe de Estado, viaja a Madrid y llama a los españoles a «sacar a patadas» a los socialistas del Gobierno. El mismo Presidente que denuncia conspiraciones contra su administración y se coloca en el papel de defensor del orden institucional convirtió una tribuna internacional en escenario de insultos contra el jefe del Gobierno español, Pedro Sánchez, a quien calificó de «impresentable dictador» y «delincuente ladrón». La escena, ocurrida este miércoles 21 de octubre en el Nueva Economía Fórum, retrata una doble vara que merece mucho más que una discusión sobre modales: pone en cuestión qué entiende Milei por respeto democrático cuando el poder está en manos de sus adversarios.
Hace apenas unas semanas, el mandatario había denunciado siete supuestos intentos de golpe de Estado al defender su gestión en una entrevista con Luis Majul. La cifra fue presentada como parte de una narrativa en la que cualquier resistencia política, conflicto institucional o cuestionamiento a su programa económico queda bajo la sombra de una presunta ofensiva destituyente. En ese relato, Milei ocupa siempre el lugar de quien resiste una conspiración, mientras sus adversarios son presentados como enemigos de la República. Pero cuando el Presidente argentino se encuentra fuera del país, el lenguaje cambia de dirección: ya no parece preocuparle demasiado la prudencia institucional que exige a los demás cuando se trata de un gobierno que no comparte sus ideas.
La democracia vale cuando gobiernan los propios
La frase pronunciada en Madrid no fue un exabrupto aislado dentro de una conversación privada. Milei habló ante empresarios, dirigentes y referentes del liberalismo en un foro público, en medio de la campaña electoral española, y reclamó que los ciudadanos expulsaran a los socialistas «a patadas». También atacó directamente a Sánchez y vinculó al socialismo español con el kirchnerismo argentino, en una intervención que mezcló su defensa ideológica con una abierta toma de posición en la disputa política de otro país.
La gravedad del episodio está en la contradicción entre el discurso institucional que Milei reclama para sí y la violencia verbal que habilita cuando el adversario es otro. Si cuestionar al Gobierno argentino es presentado como parte de una operación golpista, ¿con qué autoridad política se puede pedir que los ciudadanos saquen «a patadas» a un gobierno elegido democráticamente? La pregunta no necesita adornos: nace de las propias palabras del Presidente.
La expresión tiene un peso que no desaparece porque haya sido pronunciada en un acto partidario o ante un auditorio afín. En democracia, los gobiernos se reemplazan mediante elecciones, el debate público y los mecanismos constitucionales. La alternancia es la regla que permite que una sociedad elija otro rumbo sin convertir al adversario en un enemigo que deba ser expulsado por la fuerza. Milei conoce perfectamente ese principio cuando denuncia que alguien pretende desplazarlo antes de tiempo. Sin embargo, en Madrid decidió emplear una imagen de expulsión física para alentar el desplazamiento de quienes hoy gobiernan España.
El problema no es que un presidente critique a otro ni que defienda una corriente ideológica. El problema es la naturalización de un lenguaje de confrontación que, mientras reclama garantías para el propio poder, presenta al adversario como alguien que debe ser echado a patadas. Esa asimetría atraviesa buena parte de la retórica mileísta: la oposición es legítima cuando acompaña sus objetivos; cuando los enfrenta, pasa a ser una amenaza, una casta, una asociación de intereses o una fuerza desestabilizadora.
De víctima de supuestas conspiraciones a protagonista de la campaña ajena
La visita a España vuelve todavía más visible esa lógica. En lugar de concentrar su intervención en los intereses argentinos, Milei utilizó un foro internacional para meterse de lleno en la pelea electoral española, reivindicar a sus aliados de la derecha y la ultraderecha y atacar al Gobierno de Sánchez. Se declaró amigo de Santiago Abascal, dirigente de Vox, y de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, mientras describía al socialismo como una fuerza responsable de la decadencia económica y política.
No se trata de una aparición neutral ni de una reflexión académica sobre las ideas liberales. Milei intervino en una contienda política concreta y lo hizo desde la posición privilegiada que le otorga la Presidencia de la Argentina. Su investidura no le impide expresar opiniones, pero vuelve especialmente significativa la decisión de utilizar una tribuna internacional para promover la expulsión política de un gobierno extranjero mediante una fórmula que evoca la violencia física.
Hay, además, una paradoja que el propio mandatario parece no advertir. Cuando denuncia supuestos intentos de golpe de Estado en la Argentina, construye una imagen de fragilidad institucional y de persecución contra su administración. Cuando se dirige a los españoles, en cambio, se permite una retórica que degrada al adversario y convierte la disputa democrática en una batalla entre quienes merecen gobernar y quienes deben ser echados. La institucionalidad aparece como un principio absoluto cuando Milei se considera perjudicado y como una exigencia mucho más flexible cuando el destinatario de sus ataques es un dirigente de otra orientación política.
La contradicción no requiere equiparar automáticamente una frase con un intento concreto de golpe ni atribuirle a cada insulto consecuencias que todavía no se produjeron. Alcanza con comparar las posiciones que el Presidente adopta ante dos situaciones. En una, reclama que se reconozca su legitimidad y denuncia que existen fuerzas empeñadas en derribarlo. En la otra, llama a sacar a patadas a los socialistas y convierte a Sánchez en blanco de una descalificación personal. El respeto por las reglas democráticas no puede depender de quién ocupa el despacho presidencial ni de la afinidad ideológica con quien lo habita.
Un discurso de confrontación que también compromete a la Argentina
Las palabras de Milei tampoco quedan encerradas en el escenario madrileño. Cada intervención de un presidente argentino en el exterior compromete, de alguna manera, la representación política del país. La relación con España tiene una dimensión histórica, social, económica y cultural que excede largamente las diferencias entre dos mandatarios. Por eso, transformar una visita oficial en una plataforma de agresiones contra el jefe del Gobierno español implica una decisión política cuyas consecuencias no se limitan al intercambio de insultos.
Milei ya había protagonizado enfrentamientos con Sánchez en viajes anteriores, con repercusiones diplomáticas. La reiteración demuestra que no se trata de un episodio accidental, sino de una estrategia de confrontación que convierte los conflictos personales e ideológicos en parte central de su proyección internacional. El Presidente busca consolidar su lugar como referente de una derecha global que comparte enemigos, consignas y una visión de la política organizada alrededor de la confrontación permanente.
Mientras tanto, en la Argentina, el Gobierno insiste en presentar las críticas a su programa como operaciones destinadas a impedir su gestión. La oposición política, las protestas sociales y los cuestionamientos a las consecuencias del ajuste quedan frecuentemente atrapados en una narrativa que divide a la sociedad entre quienes respaldan al oficialismo y quienes supuestamente trabajan para hacerlo fracasar. Esa manera de interpretar el conflicto político reduce el espacio para el disenso legítimo y convierte la confrontación en una herramienta permanente de gobierno.
La pregunta que deja el episodio de Madrid es, entonces, inevitable: ¿la democracia es un sistema de reglas que debe respetarse incluso cuando gobiernan los adversarios o es una bandera que se levanta para proteger a los propios y se abandona cuando se trata de atacar a los demás?
Milei pretende presentarse como víctima de una sucesión de intentos de golpe, pero al mismo tiempo alienta una retórica de expulsión contra un gobierno elegido por los españoles. No hace falta buscar una explicación sofisticada para advertir el contraste. Quien exige que nadie cuestione su legitimidad debería ser el primero en respetar la legitimidad de los demás. Y quien denuncia que sus adversarios amenazan la democracia no puede tratar la violencia verbal contra esos mismos adversarios como si fuera una virtud política.
La democracia no consiste en garantizar que gobiernen siempre los que uno prefiere. Consiste, precisamente, en aceptar que el poder también puede quedar en manos de quienes piensan distinto. Esa regla vale en Buenos Aires, en Madrid y en cualquier país que pretenda sostener sus instituciones. Para Milei, sin embargo, la vara parece cambiar según de qué lado de la disputa se encuentre. Cuando se trata de él, cualquier amenaza se convierte en una denuncia de gravedad institucional. Cuando se trata de sus adversarios, las patadas entran en el vocabulario de la política.
La contradicción queda expuesta en sus propias palabras. El Presidente que se victimiza ante los argentinos por los supuestos golpes contra su Gobierno viaja a España y pide echar a patadas a los socialistas. Después de semejante demostración, la pregunta ya no es quién defiende la democracia en sus discursos, sino quién está dispuesto a respetarla también cuando gobierna el adversario.
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