El tallista y escultor portugués, Manuel de Coito, no la pasó nada lindo por estas tierras.
Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para Noticias La Insuperable

Cuando Carlos III crea, por Real Cédula del 1º de agosto de 1776 el Virreinato del Río de la Plata, antesala de nuestra nación, elige establecer su capital no en alguna de las grandes ciudades que la integran, como Asunción o Córdoba, sino en una cueva de contrabandistas y corrupción como lo era Buenos Aires, y allí envía al primer virrey, Pedro de Cevallos.
Las razones eran obvias: había que frenar el avance de los portugueses (y sus amigos ingleses) desde Colonia de Sacramento, en la Banda Oriental, frente a Buenos Aires, desde donde mantenían un activo comercio clandestino con los habitantes de las provincias en manos españolas. La máxima virtud de Buenos Aires, fue geográfica. El propósito fundamental de la corona de España era el de defender y amparar su territorio, en la desembocadura de los ríos, al Este, en el interior y al Norte, impidiendo que los portugueses continuaran sus avances en las regiones inexploradas del centro del continente.
Manuel de Coito
Unos cientocuarenta años antes de esto nacía en San Martín de Barreros, Portugal, Manuel de Coito (también Coyto, en algunos documentos de la época), que no se sabe bien cuándo ni cómo llegó a ese Buenos Aires de orígenes previrreinales, pero llegó. Y al menos dos documentos de diferente índole atestiguan su presencia.
El primero de ellos está presente en la Catedral Metropolitana y es el Santo Cristo de Buenos Aires, que mide 1,50 por 1,75 m (enclavado en una cruz de dos por tres) y es, sin dudas, una de las obras artísticas más antiguas concebidas en el Buenos Aires colonial, que el gobernador Martínez de Salazar donó, en 1671, a la catedral.
El segundo será, seguramente, mucho menos gratificante para nuestro personaje y se iniciaría, dicen, por un tema de polleras. Tiempos de Inquisición y persecuciones religiosas, tienen a Manuel de Coito, probablemente trabajando en su taller, cuando un desafortunado martillazo le pega en el dedo y lo lleva a maldecir. Su criada (y amante) lo acusó por las blasfemias allí propinadas.
«Estas ofensas a Dios, la Virgen, los santos y la Iglesia han sido consideradas como proposiciones y artículos heréticos: fue el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición el encargado de definirlas y corregir el error en que se hallasen los sujetos que las emitieran. Toda herejía era considerada como error ante el cual era preciso iniciar un proceso judicial que interesaba tanto a la Iglesia, como a la justicia civil«, señala la historiadora Patricia Fogelman del CONICET.
El proceso
Así, nuestro artista, que contaba cerca de 35 años, fue apresado en Buenos Aires, con secuestro de sus bienes, el 22 de febrero de 1673 y trasladado a las cárceles secretas el 30 de enero de 1674, a la celda número 57. Luego se hicieron pedidos a Santiago, a Lima y Coimbra para que los inquisidores aportaran información sobre la limpieza de su sangre y sus antepasados.
En su causa participaron quince testigos que señalaron su carácter de blasfemador recurrente, tolerado al principio porque parecía ser consecuencia del dolor que le producía una enfermedad, carácter que se volvió irritante a los ojos de los delatores puesto que -según ellos- ante cualquier leve excusa prorrumpía en ofensas y blasfemias contra Dios, su Madre y todos los santos.
Cinco años de cárcel sufrió Coito hasta que, llevado a la sala de tortura el 17 de marzo de 1677, Manuel de Coito en media hora aceptó haber blasfemado pero lo hizo excusándose inmediatamente, diciendo que fue en el desvarío que le generaban sus dolencias físicas.
Un documento perdido relataba lo allí sucedido: «dijo que era cristiano, hijo de padres labradores, ni era judío ni hereje, ni aprendido otra secta mala; y puesto en la cincha y los cordeles en los brazos, y hechóle la amonestación, dijo que le aflojasen y que confesaría, como en efecto dijo y confesó que estando enfermo y diciéndole que eran regalos de Dios, respondió que no eran buenos regalos; y que otra vez dijo que Dios no le quería dar salud, que era un puerco; y que habiendo mandado decir una misa a Nuestra Señora, no habiéndole quitado su achaque, que era mejor no haber dicho la misa; y habiéndole dado primera, segunda y tercera vuelta, y en ella dijo y confesó que ha dicho que Nuestro Señor era un can y un perro, y que lo decía con la enfermedad y luego se arrepentía, y que no había tenido intención, porque no era judío, ni hereje: y en este estado se cesó en el tormento que serían las nueve y media«.
Luego, indica Fogelman, se le dio una pena de doscientos azotes en la calle y un destierro de cuatro años al presidio de Valdivia, donde falleció en fecha incierta, tras haber cumplido su condena.

La obra
Su obra, el «Cristo» presente en la Catedral, sobrevivió el derrumbe de 1752 y se le atribuye, cuenta Pacho O´Donnell, el haber detenido milagrosamente una inundación que amenazaba a Buenos Aires a fines del siglo XVIII. Según la tradición, a poco de iniciada la procesión del Santo Cristo, una terrible tempestad se detuvo. Probablemente, debido a esto, fue que la calle lateral del edificio de la Catedral se hizo conocida durante la era colonial como la calle del Santo Cristo.
Fuentes:
- O´Donnell, Mario «Pacho»: «Breve Historia Argentina – De la conquista a los Kirchner» Ed. Aguilar (2014); 53-54
- Fogelman, Patricia Alejandra; Son unas puercas todas las imágenes y unos pedazos de palo: Manuel de Coito, escultor portugués acusado por blasfemias ante el Santo Oficio de la Inquisición. Buenos Aires, siglo XVII; Centro de Estudos da População Economia e Sociedade; População e Sociedade; 20; 10-2012; 92-107
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