
A PROPÓSITO DEL TEATRO COLÓN | El enaltecimiento de la gestión como actividad suprema para alcanzar la calidad y modernizar espacios culturales está empobreciendo cada vez más el mundo del arte.
Por Silvina Belén para Noticias la Insuperable ·
La delicada situación que atraviesa nuestro Teatro Colón ha puesto en primer plano una de las más dañinas imposturas que, desde hace décadas, viene amenazando la calidad del arte, la dignidad de los artistas y la libertad para crear e innovar sin cortapisas: nos referimos a la pomposamente llamada gestión cultural.
Solemos considerar las creaciones artísticas que disfrutan públicos diversos dentro de las actividades culturales. Muchas de esas creaciones se relacionan con determinados circuitos del espectáculo. Las artes escénicas están ligadas, al menos, a tres: el oficial, el independiente o alternativo y el comercial. Pueden agregarse otros, de acuerdo con el punto de vista, o subdividirse estos que se presume básicos.
Los servicios de intermediación entre público, artistas y espectáculo son prácticamente ineludibles. Uno de ellos, el que ahora nos interesa, denominado gestión cultural, afecta casi con exclusividad al circuito oficial. El poder político, desde el ejecutivo, lo incorpora a la administración estatal a través de ministerios o secretarías y, desde allí, inicia un camino de configuraciones e influencia que termina en la escena.

La amplitud semántica del vocablo gestión -ligado, para colmo, con uno más amplio todavía: cultural-, lleva a que en los otros circuitos a veces se lo invoque para referirse al trabajo de difusión de obras, administración de espacios u organización de espectáculos y festivales o, también, a ineludibles aspectos burocráticos del quehacer teatral.
Aunque esta amplitud e invocaciones puedan llamar a confusión, no modifican en esencia el carácter de la gestión cultural propiamente dicha: se trata de una actividad de carácter ejecutivo-administrativo que responde al poder político desde una especialización como cualquier otra pero que afecta, manipula o explota bienes simbólicos significativos para la cultura de una sociedad.
Las ocupaciones lucrativas paralelas a la función pública de los gestores también generan malentendidos en torno a esta actividad. Devenidos en consultores, asesores de marketing, lobistas, gerenciadores de proyectos o actividades artísticas del circuito comercial, los gestores culturales se muestran como personajes de la cultura, defensores del arte para todos, educadores calificados o innovadores con experiencia en instituciones públicas.
A veces, con halo filantrópico, se autodefinen como enlace entre la cultura que fluye por los circuitos oficiales y privados. Con hábil retórica, evitan mostrar el perfil de burócratas de la rancia rapiña. Quienes cultivan un arte o trabajan en favor de la cultura, raramente se presentan como gestores.

Un poco de historia léxica e imposturas
Hubo un tiempo en el que los gestores eran “cadetes de lujo” que, por un precio razonable, nos liberaban de trámites engorrosos. Se movían como pez en el agua dentro de ministerios o dependencias oficiales, tenían buenas relaciones con ordenanzas y trato amigable con empleados públicos ásperos si los trámites los encaraba cualquier hijo de vecino, ajeno al lenguaje ministerial.
Pero así como ya ni recordamos la noble tarea del cadete, mal podríamos evocar al gestor auténtico. Los gestores de hoy poco tienen que ver con sus homónimos de antaño: quizá sean menos útiles para la ciudadanía, pero cuentan con la pátina de prestigio que el vocablo gestión adquirió gracias a la moda léxica de la nueva burocracia noventista que, con algo de maquillaje, aún pervive, dañina e insidiosa, tanto en el discurso como en la realidad administrativa.
En sus albores, la palabrita gestión se metía por la ventana de ámbitos en los que las labores administrativas tenían su acotado espacio burocrático, la justa valoración de necesario estorbo. Con el correr de los años y los mitos neoliberales relacionados con la eficiencia, la calidad, el planeamiento estratégico-situacional y las bondades del liderazgo y la mar en coche, la palabreja se convirtió en fetiche de modernización de cualquier actividad.
En territorios educativos, artísticos y culturales, con la humedad del sueño neoliberal, crecieron como hongos los gestores, las más de las veces con ínfulas de líderes con sacrosanta mentalidad empresarial. Se rasgaban las vestiduras si una escuela, un teatro o centro cultural no explicitaban misión y visión, fortalezas y debilidades, oportunidades y amenazas (Bah, FODA) o no documentaban hasta la hora en la que el portero de noche se clavaba un tentempié.
Los lenguajes de la autoayuda, las técnicas de venta y la manipulación emocional se fusionaron con apologías del trabajo en equipo, la rendición de cuentas, el control exacerbado de procesos y personas –que pasaron a ser clientes internos, recursos o capital humano- y el liderazgo. La remozada planificación estratégica –birlada al socialismo- consumió mares de tinta y océanos de bits.
La gestión se convirtió en planeta con satélites denominados consultoras, ONG, fundaciones, coachs, mentores y gurús de la motivación. En el mundillo académico se apuró el diseño de carreras de grado y posgrado que formaran gestores y líderes, o tecnicaturas que les proveyeran “mandos medios” flexibles. La ilusoria meritocracia se impuso como indiscutible razón de éxito y fracaso.
Así llegamos a la naturalización de una charlatanería perversa que oculta desigualdad de oportunidades, perpetuación de privilegios inmerecidos e imperio del parasitismo sobre talentos e ideas, trabajo y verdadera calidad. En estados nacionales capturados, es camuflaje ideal para prebendas, robo de “guante blanco” e ilícitos que favorezcan a los que están “en el ajo”.

El Teatro Colón como caso emblemático
Dirigir un prestigioso gigante como el Colón exige competencias que poco tienen que ver con visiones economicistas a ultranza, fanatismos ideológicos y sacralización de los mercados en cualquier orden de la dinámica social.
El perfil del gestor que reduce al artista a mero recurso, que se muestra como líder del ajuste e impone dinámicas ajenas a la esencia de los espacios artísticos de real excelencia, no es más que símbolo de una sentencia de muerte precedida por el desguace sistemático planificado desde la mezquindad de un poder político en decadencia y codiciosa retirada.
El Teatro Colón, como ciudad dentro de la ciudad, como microcosmos de producción artística total, tuvo hasta hace no mucho la dirección de Jorge Telerman, reconocida dentro y fuera del Colón por adecuarse a la esencia de un espacio que él resumió en el lema “es para todos pero no para todo”. La coherencia en el obrar, la mesura en la dirección y la empatía artística tuvo un reconocimiento casi unánime.

La impaciencia por remover a Telerman y anunciar con mucha anticipación el arribo de una dupla que trabajaba fuera del país, daba la impresión de arremetida siniestra. Gerardo Grieco, autodenominado gestor cultural, con sombras disimuladas a la luz de uno que otro premio internacional, titular de una consultora en Montevideo, y Julio Bocca, antigua gloria argentina pero personaje conflictivo al declinar su protagonismo escénico, se presentaron como salvadores de un Colón que no estaba en riesgo, al que solo amenazaba la obscuridad de las autoridades del GCBA.
Sin el bizarro glamour de la oligarquía cocoliche del contratismo vernáculo, con impostado tono campechano, Jorge Macri ensalzó a Grieco y festejó el retorno de Bocca, del hijo pródigo que alguna vez había prometido no volver a pisar el Colón y, alguna otra, había disparado el conflicto con los bailarines que se negaban tanto a la precarización como a poner la otra mejilla a la diatriba.
La plana mayor de la administración porteña buscó resaltar el liderazgo artístico-pedagógico de Julito por encima de sus pretensiones de gestor antisindical y anti-derechos. Los blasones de la gestión cultural quedaban reservados para el uruguayo Gerardo Grieco, suerte de gurú de la venta de localidades y azote de Dios para acomodadores y personal de maestranza en el Solís montevideano.

Se entiende que a ningún funcionario amarillo se le ocurrió destacar las habilidades de Grieco para estar en ambos lados del mostrador de los, para él, jugosos mercados culturales. Adusto funcionario público con reminiscencias progres al bautizar salas, por un lado, y consultor privado bien marketinero, por otro. Además, con invalorables contactos y llaves de reinos ministeriales, prontas como mate y caldera mañaneros.
Amigo de las duplas de andanzas, en su consultora, Tinker, comparte negocios con Erika Hoffmann, funcionaria por partida doble: presidenta del Servicio de Comunicación Audiovisual Nacional (SeCAN) y directora de Canal 5, Televisión Nacional de Uruguay. No es difícil imaginar las tentaciones de mostrador a las que estarán sometidos estos vocacionales funcionarios del arte por el arte.

De su libro, Para los que se sueñan. Gestión de instituciones y otros relatos detrás del telón, escrito en colaboración con Elena Firpi (nótese en la imagen la diferencia de tamaño de tipografías entre Grieco y Firpi) y ayuda de Luis Mardones, destacan el autoelogio implícito y un malo-malísimo-malvado: “un reparto de buenos y malos que, de todas formas, no siempre son nítidos, con la excepción de ADEOM (Asociación de Empleados y Obreros Municipales), que siempre es el malo de la película.”, como señala Alejandro Gortazar en su benevolente crítica.
Algún amarillo en off dijo que Grieco era un interlocutor ideal para el maestro Hernán Lombardi y su discípula Ricardes. «El diálogo productivo ante todo, con té, café o sobre de por medio, no importa, importa el diálogo entre pares», dicen que dijo. Y aclaró: «sobres con proyectos». Uff… ¡Menos mal!

Desde la ROU, el pasado año, cuando la díada Grieco-Bocca ya era número puesto por Macri y Ricardes, llegaron noticias de acusaciones a Bocca por maltrato a las artistas del Sodre. Y de Grieco, cosas peores que, claro, en principio habrá que tomar como calumnias de envidiosos y puristas parnasianos. Las publicó LPO.
Sí se sabe a ciencia cierta que el inefable Gerardo Grieco se despachó a gusto en el “Café con abonados, prensa especializada en artes líricas y público general”: zahirió a los artistas del Teatro, se inventó un enfrentamiento entre cuerpos estables y tildó a todos ellos de “máquinas de impedir”.
Como anticipó Nerio Corello, la respuesta de los calumniados no tardó en llegar. Se diría que el gestor oriental es una máquina de generar conflictos tempranos. O crear, cual astuto pescador, ríos revueltos. Pero lo que tiene de incontinente en la verba hiriente, contrasta con la cautela gatuna con que limpia competidores, o competidora para este caso.
Un fogueado en cajas bonaerenses, de prosapia PRO, le había puesto una cuña en el despacho de la gerencia ejecutiva. Para compartir gloria o caja negra turística, vaya uno a saber, estaba ahí apoltronada Thelma Vivoni, reconocida funcionaria del cambio por su amor a los puentes del Sena. El gestor uruguayo, entre gallos y medianoche, le dio el zarpazo de la cesantía.

Cuentan espiones indiscretos que un erizado Grieco se topó con la foja de la Vivoni. Parece que le asestó las gafas que luce bajo el breve cerquillo ondulado y, no sin envidia al prontuario que descifraba, le clavó sumaria cesantía. “No me va a escupir el entrecot esta botija”, dijeron los indiscretos que masculló don Gerardo. Y en trance de clavar, se clavó un clarete.
Otra de las virtudes que esgrimiría para acrecentar su fama de gestor cultural infalible en el recorte o, si se quiere, los ajustes, es la de la jibarización de cachet sobre la hora. En negociación de estilo oriental, no de La Banda sino a lo chino, estiraría el regateo hasta el límite del cansancio o la necesidad del artista. A esta habilidad sumaría la de demorar los pagos de los más díscolos.
Pero contra todo prejuicio hacia el gestor estrella, lo cierto es que no le falta amor por Verdi. El «Va, pensiero» lo cautiva. Nada para él más sublime que escuchar los lamentos de un coro que sufre opresión y esclavitud. Ese tercer acto de la ópera Nabucco le retempla el ánimo para gestionar sin flojeras y no desfallecer en la espera del próximo “Café con abonados…”.

Por desgracia, más allá de humoradas pasajeras, hay mucho de tragicomedia en las gestiones culturales que entroncan con las lógicas de mercado y el rancio conservadorismo de la mano dura. No es tan sencillo esclavizar a los artistas ni tan fácil inclinar la opinión pública en su contra.
Es cierto que el auge del pensamiento autocrático favorece la imagen de gestores que subordinan cualquier arte al beneficio, cualquier creación a la lógica recaudatoria –genuina o espuria-, pero la fuerza de la incompatibilidad entre las visiones artística y utilitaria pone en riesgo espacios balsámicos para los espectadores.
Los argentinos aún no hemos dejado de valorar nuestro patrimonio cultural. Quizá al señor Grieco le vendrían mejor un par de clases magistrales de diplomacia y buenos modales de su antecesor que las ansiadas charlas con el ex Grupo Sushi que inspira a su jefa política, por más que lo presienta alma gemela gestiva.
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hay que tener piedad
El tipo se creia gardel y acá la mafia de los macri lo habrá puesto en su lugar y a recaudar. andara con la cola entre las piernas Ni se imagina cuando lo baraje grindetti por haberle pinchado a su recaudarora
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