Vacunas, adyuvantes, clima de época y salud global

Mientras un panel asesor impulsado por RFK Jr. vuelve a cuestionar componentes esenciales de las vacunas infantiles en Estados Unidos, la comunidad científica insiste en algo que quedó demostrado durante un siglo: los adyuvantes basados en aluminio son seguros, eficaces y fundamentales para proteger a la población.

Por Alina C. Galifante para NLI

La discusión, que esta semana llega a la agenda del Comité Asesor sobre Prácticas de Inmunización (ACIP), reabre un tema que parecía zanjado hace décadas. ¿Por qué se vuelve a poner en duda un insumo tan estudiado? ¿Y qué implicancias tiene para el desarrollo de las vacunas del futuro?


Qué son los adyuvantes y por qué son indispensables

Las vacunas no solo dependen de su antígeno —el fragmento del patógeno que “enseña” al organismo a defenderse—. También, señalan desde Nature, necesitan pequeños aliados que potencien la respuesta inmunológica. Esos aliados son los adyuvantes, compuestos capaces de despertar y dirigir al sistema inmune para lograr una protección más fuerte y duradera.

No todos funcionan igual. Algunas formulaciones generan una leve inflamación en el sitio de la inyección, lo que atrae células inmunes y mejora su capacidad de respuesta. Otras activan vías moleculares específicas en ciertos tipos de células del sistema inmune, permitiendo diseñar defensas más precisas según el patógeno a combatir.

Entre los adyuvantes más conocidos está el aluminio, utilizado desde hace más de cien años. Es parte integral de vacunas contra la difteria, el tétanos y la hepatitis B, entre otras. Cientos de millones de personas recibieron dosis con este componente, lo que permitió reunir una de las bases de evidencia más robustas de la historia de la salud pública.

El consenso científico es categórico: sus beneficios superan ampliamente cualquier riesgo potencial. Así lo sostiene Marco Cavaleri, responsable de amenazas sanitarias en la Agencia Europea de Medicamentos, tras décadas de análisis regulatorio y seguimiento clínico.


Un debate que vuelve por el clima de época

La revisión del ACIP no ocurre en el vacío. Se inscribe en un clima antivacunas que ha crecido en los últimos años, alimentado por discursos políticos que siembran desconfianza hacia instituciones científicas y sanitarias. Ese clima, que en Estados Unidos tiene en Donald Trump a uno de sus principales amplificadores, encuentra su correlato local en la Argentina de Milei, un gobierno que también desliza infundados cuestionamientos solapados hacia la salud pública y hacia décadas de producción científica.

Es ese contexto lo que explica por qué debates que parecían resueltos, como el uso del aluminio en vacunas, vuelven al centro de la escena: no porque haya surgido nueva evidencia, sino porque ciertos sectores políticos necesitan mantener viva la sospecha permanente para sostener su narrativa.


La próxima generación de vacunas depende de los adyuvantes

Mientras persisten los ruidos de época, la ciencia avanza hacia vacunas contra enfermedades que aún representan enormes cargas de mortalidad global, como la tuberculosis, la malaria y el VIH. Para muchas de ellas, los adyuvantes tradicionales —incluido el aluminio— no siempre son suficientes. Por eso hay laboratorios en todo el mundo buscando moléculas capaces de inducir respuestas inmunológicas más sofisticadas.

Según Darrell Irvine, inmunólogo de vacunas del Scripps Research Institute en La Jolla, estos compuestos pueden ser “parte de la solución” para problemas que afectan a millones de personas. En un planeta enfrentado a pandemias recurrentes y patógenos cada vez más complejos, entender y mejorar los adyuvantes no es un debate técnico: es una urgencia sanitaria global.


Un siglo de evidencia que no se puede ignorar

En un contexto donde abundan discursos alarmistas sin base científica, la información sólida es clave:

  • Los adyuvantes no son “ingredientes secretos”, sino tecnologías esenciales para que las vacunas funcionen.
  • El aluminio es uno de los más estudiados, con un historial de seguridad comprobada durante más de cien años.
  • Debatir su uso sin considerar la evidencia acumulada no solo confunde a la población: también distrae de los verdaderos desafíos científicos.

El riesgo no está en los adyuvantes. El riesgo está en permitir que el clima antivacunas eclipse lo que la ciencia viene demostrando hace un siglo.


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