La ofensiva geopolítica de Estados Unidos no se detiene. Tras su accionar en América Latina y el Caribe, ahora Washington posa la mirada sobre Groenlandia, un territorio autónomo bajo soberanía danesa, al que considera una pieza estratégica clave. Las declaraciones oficiales que no descartan una intervención militar desataron una crisis diplomática sin precedentes y exponen, una vez más, la lógica imperial que guía la política exterior estadounidense.
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

Groenlandia no es una isla cualquiera. Es el territorio más grande del mundo, ubicado en un punto neurálgico entre América del Norte y Europa, con creciente valor estratégico por el deshielo del Ártico, la apertura de nuevas rutas marítimas y la presencia de recursos naturales críticos como tierras raras, minerales estratégicos y reservas energéticas. En ese tablero global, Estados Unidos vuelve a mostrar que cuando hay intereses económicos y militares en juego, la soberanía ajena se vuelve un obstáculo descartable.
El interés de Washington y la amenaza explícita
Desde la Casa Blanca dejaron trascender que Groenlandia es considerada una “prioridad de seguridad nacional”, y que el gobierno estadounidense analiza “todas las opciones disponibles” para garantizar su control. Entre ellas, no se descarta el uso de la fuerza militar. La afirmación no fue una filtración aislada ni una declaración marginal: fue una señal política clara, dirigida tanto a Europa como al resto del mundo.
Funcionarios estadounidenses llegaron incluso a poner en duda el derecho de Dinamarca sobre el territorio, minimizando el estatus autónomo de Groenlandia y sugiriendo que nadie se animaría a enfrentar militarmente a Estados Unidos por ese enclave. El mensaje es brutal y directo: la ley del más fuerte sigue siendo la regla cuando Washington define sus intereses estratégicos.
La respuesta danesa: una advertencia histórica
La reacción europea no tardó. La primera ministra de Dinamarca fue categórica al advertir que un ataque estadounidense contra Groenlandia significaría, en los hechos, el fin de la OTAN. No se trata de una exageración retórica: la alianza atlántica se basa en la defensa mutua entre sus miembros, y una agresión directa entre socios destruiría su fundamento político y militar.
El planteo desnuda una contradicción profunda: Estados Unidos exige lealtad absoluta a sus aliados, pero no duda en amenazarlos cuando sus propios intereses entran en conflicto. La advertencia danesa deja expuesto que la OTAN no es una alianza entre iguales, sino una estructura subordinada a la voluntad de Washington.
Groenlandia no está en venta
Desde el propio territorio groenlandés también hubo una respuesta firme. Su primer ministro rechazó de plano cualquier intento de anexión y calificó las declaraciones estadounidenses como fantasías imperiales. Recordó que el pueblo de Groenlandia no está en venta y que cualquier discusión sobre su futuro debe darse en el marco del derecho internacional y la autodeterminación.
Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que Estados Unidos rara vez respeta esos principios cuando entran en tensión con sus objetivos geopolíticos. De Irak a Libia, de América Latina al Medio Oriente, la lista de intervenciones justificadas en nombre de la “seguridad” es extensa y sangrienta.
Un síntoma del nuevo desorden mundial
El conflicto por Groenlandia no es un episodio aislado, sino parte de un escenario global cada vez más inestable, donde las grandes potencias vuelven a disputar territorios, recursos y posiciones estratégicas sin disimulo. La posibilidad de que un país central de la OTAN sea amenazado por su principal socio revela hasta qué punto el orden internacional está resquebrajado.
Lejos de promover estabilidad, Estados Unidos actúa como un factor de desestabilización permanente, dispuesto a dinamitar alianzas históricas si eso le garantiza ventajas estratégicas. Groenlandia aparece así como el nuevo botín de una potencia que ya no oculta su vocación expansionista.
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