Trump amenaza con avanzar sobre Groenlandia y vuelve a exponer el rostro colonial del imperio

En una conferencia de prensa cargada de cinismo y amenazas apenas disimuladas, Donald Trump volvió a colocar a Estados Unidos en el centro de una escalada imperialista al sugerir que su país podría “hacer algo” con Groenlandia, desconociendo la soberanía de Dinamarca y presionando a la Unión Europea bajo el argumento de la “seguridad”.

Por Bruno A. Monteverde para NLI

Donald Trump no improvisa cuando habla de territorios ajenos: ensaya en voz alta la lógica histórica del expansionismo estadounidense. Esta vez, el blanco fue Groenlandia, la gigantesca isla bajo soberanía danesa que concentra las mayores reservas de agua dulce del planeta y un enorme valor geopolítico en el Ártico.

“Les guste o no, vamos a hacer algo con Groenlandia”, lanzó el mandatario norteamericano ante periodistas y empresarios petroleros, sin eufemismos ni diplomacia. La frase, brutal y directa, dejó en claro que Washington considera al territorio como una pieza más en su tablero global, no como un pueblo ni como una nación con derechos.

Seguridad como excusa, recursos como objetivo

Trump justificó su postura apelando al viejo libreto imperial: el miedo. “No queremos tener a Rusia o China de vecinos”, dijo, construyendo un enemigo externo para legitimar una posible intervención. En su relato, la presencia de barcos y submarinos rusos y chinos en la región habilitaría a Estados Unidos a ocupar Groenlandia “preventivamente”.

El argumento no es nuevo. Es el mismo que se utilizó para justificar bloqueos, sanciones y ataques encubiertos en América Latina, Medio Oriente y África. La seguridad nacional como excusa para apropiarse de recursos estratégicos, rutas comerciales y posiciones militares clave.

Trump incluso comparó la situación con Venezuela, dejando entrever que no descarta una operación similar, ya sea mediante presión económica, diplomática o algo peor. Cuando el presidente de Estados Unidos habla de “hacerlo de otra manera”, la historia enseña que nunca se refiere a la vía pacífica.

Desconocer la soberanía para reescribir la historia

En un intento burdo de relativizar la soberanía danesa, Trump afirmó que “haber llegado hace 500 años no los convierte en dueños del territorio”. La frase es reveladora: cuando el imperio necesita avanzar, la historia se vuelve flexible, y el derecho internacional pasa a ser un obstáculo descartable.

El comentario no solo ofende a Dinamarca, sino que sienta un precedente peligroso: si la antigüedad no garantiza soberanía, entonces ningún país está a salvo frente a la voracidad de una potencia militar.

La OTAN como brazo disciplinador

Trump también involucró a la OTAN, dejando en claro que espera alineamiento automático. “La OTAN tiene que entenderlo”, dijo, al tiempo que se arrogó haber “salvado” a la organización. La escena expone el rol real del bloque: no como alianza defensiva, sino como instrumento para legitimar los intereses estratégicos de Estados Unidos.

Mientras Europa balbucea respuestas diplomáticas, Washington presiona. No negocia: impone.

Groenlandia y el mapa del nuevo colonialismo

Lo que está en juego no es solo una isla. Es el control del Ártico, de sus recursos naturales, de sus rutas futuras y de su valor militar. Trump lo dice sin pudor: no quiere rivales, quiere dominio.

Groenlandia se suma así a la larga lista de territorios que el imperio considera disponibles cuando conviene. Y una vez más queda claro que, detrás del discurso de la libertad y la democracia, Estados Unidos sigue practicando el colonialismo del siglo XXI, con amenazas, extorsión y prepotencia.


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