Entre los campos bonaerenses y a la vista de miles de viajeros, el castillo de la Ruta 2 guarda una de las historias más intensas y trágicas del siglo XIX argentino. Amor prohibido, poder económico, un crimen que conmovió a la élite porteña y una herencia que todavía late entre muros centenarios convierten a esta construcción en mucho más que una postal: es el reflejo de una época marcada por la pasión, la violencia y el peso de los apellidos.
Por Lola Santacreta para NLI

A lo largo del kilómetro 168 de la ruta que une Buenos Aires con la Costa Atlántica, entre los pastizales de la provincia bonaerense, se alza una construcción que despierta la curiosidad de quienes viajan rumbo a Mar del Plata o Pinamar: el imponente castillo de La Raquel, también conocido como el misterioso castillo de la Ruta 2. Con su estilo francés de finales del siglo XIX, su torre y su parque botánico —producto del trabajo del paisajista danés Forkel— esta estancia ha pasado de ser solo un hito visual a convertirse en un símbolo de una historia intensa de amor, fortuna y una tragedia que marcó a una familia y al país entero.
Un paisaje que guarda ecos del pasado
Construido en 1894 por Manuel Guerrero, este edificio ecléctico nunca fue realmente habitado por la protagonista de la historia más recordada asociada con este lugar, Felicitas Guerrero, pero sí formó parte de su entorno habitual y de los campos donde caminaba en sus travesías rurales.
La estancia, ubicada en el partido de Castelli frente al río Salado, fue heredada por los padres de Felicitas tras su trágico final y, con el paso del tiempo, se transformó en un símbolo de la pujanza del campo argentino de fines del XIX. La explotación lechera desarrollada por los hermanos Guerrero llegó a enviar 18.000 litros de leche diarios hacia Buenos Aires, una cifra extraordinaria para la época que consolidó a La Raquel como un epicentro de producción agropecuaria.
Felicitas Guerrero: belleza, amor y destino trágico
Felicitas Antonia Guadalupe Guerrero y Cueto, nacida en Buenos Aires el 26 de febrero de 1846, fue conocida en su tiempo como la “mujer más bella de la República”, protagonista de tertulias culturales, amante del arte y profundamente marcada por las exigencias sociales de su entorno aristocrático. Su vida fue una mezcla de privilegios y tragedias personales: un matrimonio concertado con Martín de Álzaga, la pérdida de sus dos hijos y el fallecimiento de su marido dejaron una huella profunda en su historia familiar.
A pesar de las convenciones sociales, Felicitas encontró en Samuel Sáenz Valiente un amor verdadero, una relación que debía consolidarse en medio de planes para anunciar su compromiso y proyectos de progreso —como la inauguración de un puente sobre el río Salado—. Sin embargo, antes de aquel festejo, llegó la tragedia: el 29 de enero de 1872, Enrique Ocampo, un pretendiente despechado, la asesinó de un disparo y luego se suicidó, un episodio que conmocionó a la sociedad porteña y que muchos consideran uno de los primeros femicidios resonantes de la historia argentina.
De tragedia familiar a legado cultural
Aunque Felicitas nunca vivió dentro del castillo que hoy se ve desde la ruta, su tragedia sigue siendo el corazón de la narración histórica en La Raquel. En memoria de su vida y de lo que representó para su familia, sus padres erigieron la Iglesia Santa Felicitas en Barracas, inaugurada en 1876 en los jardines de la quinta donde ocurrió su muerte.
Con el correr de los años, la estancia pasó a manos de sus parientes, y su legado no se limitó solo al campo o a la producción rural. Fue parte de la expansión y fundación de localidades turísticas de la costa como Pinamar y Valeria del Mar, ideas impulsadas por su sobrina Valeria Guerrero y su esposo Jorge Bunge, que dejaron huellas indelebles en el mapa de veraneo argentino.

Reapertura, turismo y memoria viva
Desde enero de 2023, la familia Guerrero-Russo reabrió La Raquel para recibir visitantes con reservas, ofreciendo recorridos guiados por los jardines centenarios diseñados por Forkel, experiencias gastronómicas y charlas históricas en torno a la figura de Felicitas. Una propuesta única para quienes buscan sumergirse en una mezcla de naturaleza, historia y leyenda.
Hoy, el castillo no solo es un símbolo arquitectónico visible desde la ruta, sino un espacio donde la memoria de una mujer de espíritu inquieto, la tragedia que la marcó y el impulso innovador de su familia se entrelazan para contar una de las historias más fascinantes y conmovedoras del campo argentino.
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