
Casi un siglo de misterio y un crimen que hizo historia: el asesinato de Julia Wallace nunca fue resuelto pero las especulaciones continúan hasta hoy.
Por Alfonsina Madry para NLI ·
El caso Wallace es insuperable, siempre lo será.
-Raymond Chandler
La primera vez en la historia jurídica británica que la Corte de Apelación en lo Criminal –creada en 1875 y tras más de cincuenta años de rechazos sistemáticos- hizo lugar a una apelación por un caso de homicidio, después de revisar pruebas, terminó con la revocación de la condena a William Herbert Wallace: “En consecuencia, esta apelación será autorizada y la condena anulada.” (Corte, 1931).
A la luz de pruebas endebles y uno que otro disparate especulativo, el ajedrecista y productor de seguros W. H. Wallace, a sus hasta el momento honorables 52 años, en Liverpool, 1931, fue condenado a morir en la horca. El juicio había tenido en vilo al país, la policía quería a toda costa tener un culpable y la opinión pública presionaba sin cesar.
Un jurado con escaso apego a la racionalidad lo había considerado responsable del asesinato de su esposa, Julia. La Corte –en virtud del gran trabajo del abogado defensor, Roland Oliver- se puso del lado de la lógica y lo dejó en libertad, pero no pudo sanar su reputación: Wallace murió dos años después, amargado, con el rechazo de sus antiguos clientes, alejado de su querido club de ajedrez y zaherido por el resquemor de sus semejantes.

Se dijo por aquel entonces que había rechazado someterse a una intervención quirúrgica poco riesgosa que podría haber alargado su vida. También que recibía anónimos insultantes y que escribía un diario íntimo en el que reflejaba su tristeza, el dolor por haber perdido a su esposa y las rémoras psíquicas por el escarnio al que había sido sometido sin piedad ni respeto.
Ese fue el final de la historia, pero lo interesante, claro, estuvo al principio: es lo que hasta el día de hoy sigue discutiéndose e investigándose, teorizándose e, incluso podría decirse, mitificándose. Desde “crimen perfecto” hasta “asesinato imposible”, el caso recibió todos los calificativos imaginables.
El periodista Roger Wilkes llega a compararlo, por sus características, con la clásica novela policíaca inglesa. Además, muchos escritores famosos y otros tantos periodistas se refirieron a él: Raymond Chandler, Dorothy Sayers, J. Agate, Antony M. Brown, PD James… Revisiones, teorizaciones, nuevas investigaciones e infinitas vueltas de tuerca a hechos y protagonistas aparecieron en forma de ensayo, artículo de opinión o recreaciones de ficción narrativa. Y siguen apareciendo.

El crimen, su contexto y el juicio
Edgar Lustgarten, en un texto publicado en 1949, “William Herbet Wallace”, resume los antecedentes principales del crimen, su marco, y realiza una crónica pormenorizada del juicio. El referido texto forma parte de su libro Veredictos discutidos que, en Argentina, publicó Emecé (1952) en la recordada colección dirigida por Borges y Bioy, El séptimo círculo.
La noche del 19 de enero de 1931, refiere Lustgarten, Wallace fue a jugar un torneo al Club Central de Ajedrez de Liverpool. Poco antes de su llegada, un tal señor Qualtrough le había dejado allí un mensaje telefónico: le pedía que fuera a verlo al día siguiente, a las 19:30, por “algo referido a sus negocios”, a una dirección que luego se reveló inexistente, igual que Qualtrough.
Wallace, se presume que con intención de concretar la venta de un seguro, acudió a la cita a la hora señalada pero le resultó imposible hallar el domicilio indicado. Al volver a su casa, cerca de las 21:00 y tras varias dificultades para ingresar al hogar –puertas delantera y trasera que no lograba abrir-, encontró a su mujer muerta, asesinada con violencia.

Este es el resumen de lo que después se convertiría en una intrincada red de horarios estimados, cerraduras defectuosas, rastreo de llamadas, imposturas de la policía y suposiciones de peritos forenses, entre muchas otras complicaciones.
Datos concretos, pruebas circunstanciales, estimaciones e indicios daban la impresión de no poder ligarse coherentemente en ninguna hipótesis verosímil y que todo lo expuesto se prestaba a interpretaciones binarias. El contrapunto fiscal-defensor mostraba a las claras la imposibilidad de privilegiar un único punto de vista.
El mismo juez Writgh, que presidía el tribunal en St. George’s Hall, al dirigirse al jurado entes del veredicto, hizo hincapié en esta dificultad y, de acuerdo con la opinión del cronista, de sus palabras solo cabía una interpretación: no era posible racionalmente ni a la luz del derecho inclinarse por la culpabilidad de Wallace. Sin embargo, como vimos, el jurado desestimó la visión del juez.

Wallace vs. Wallace
En su crónica del juicio, Edgar Lustgarten destaca el comportamiento equilibrado del acusado y su férrea voluntad para no dejarse llevar a la confrontación dialéctica que ansiaba el fiscal, que lo acicateaba. Equilibrio, concisión en las respuestas, autocontrol, buenos modales, disimulo del sufrimiento y la tensión.

Este comportamiento, que podría ser visto como favorable, algunos cronistas de la época lo entendieron como algo que en verdad perjudicó a Wallace, que lo hizo ver como inconmovible, calculador e indolente. Tal vez se esperaba de él más espontaneidad, menos formalidades y autocontención, ya que se lo suponía hombre de clase media de limitados recursos y educación.
Pero, como señala Lustgarten, “en un solo aspecto Wallace se diferenciaba del apreciado hombre común de la clase media provincial. Era notablemente estudioso e intelectual en sus gustos. […] El ajedrez, por ejemplo, que jugaba con regularidad en el Liverpool Central Chess Club, la química […] Y la música.”.

Puede que los integrantes del jurado, también hombres comunes de clase media, no lo hayan visto como a uno de los suyos, que su talante les haya provocado rechazo y extrañeza. Mantenerse inconmovible e invulnerable a las trampas verbales del fiscal era un arma de doble filo que en manos de Wallace quizá haya generado rechazo.
Puede que tampoco su condición de ajedrecista aficionado lo haya favorecido, más bien todo lo contrario: en ese entonces el juego no gozaba de popularidad y quienes lo practicaban solían considerarse intelectuales excéntricos u ociosos, trastornados o personas calculadoras, cuando no “raras”. El Liverpool Central Chess Club salió a colación en el juicio muy a menudo.
En el mundillo del derecho, la condena a Wallace era considerada casi escandalosa, pero para las clases populares provincianas representaba un escarmiento natural, previsto y deseado: el marido de Julia, antes en apariencia honorable, se había convertido en un personaje antipático, hipócrita y siniestro, un hábil simulador en el mejor de los casos.

Entre el crimen perfecto y los caprichos del azar
Poco a poco el caso fue tomando altura mítica pero, a la vez, la idea de un crimen perfecto resultaba incompatible con la imago mundi británica, forjada tanto en la tradición literaria como en el prestigio de su sistema jurídico y policial. Aceptar sin más ni más semejante idea sería intolerable.
A pesar de todo, no hubo otro juicio: nadie más fue acusado por el crimen ni se reabrió formalmente la investigación aunque, como ya dijimos, periodistas y escritores siguieron buscando explicaciones. Algunos hallaron datos significativos, ausentes en el proceso. La figura de un inescrupuloso ex subordinado de Wallace en la empresa de seguros, Gordon Parry, cobro protagonismo.
Parry, con antecedentes de empleado infiel en la aseguradora, conocía los hábitos de Wallace, sabía que a determinadas alturas del mes cobraba a los clientes y mantenía por unos días en su casa el dinero que iba recaudando. A pesar de esto, en tiempos del proceso, la policía lo había descartado como sospecho con rapidez al confirmar su coartada, falsa según el periodista Roger Wilkes.
En la segunda edición revisada y ampliada de Move to Murder (2018), Antony M. Brown incluyó una teoría expuesta por R. Stringer diez años antes, que juzgó como la más realista de las soluciones al enigma: Parry habría planeado un hurto que trocó en asesinato cuando su ignoto cómplice fue descubierto por Julia tras vaciar la hucha de los Wallace, después de haber entrado al domicilio conyugal presentándose como el «señor Qualtrough».

No sabemos si la prestigiosa novelista y académica PD James conocía la teoría (2008) de Stringer que Brown alaba, pero su análisis de 2013 en un artículo publicado por el Sunday Times, desestima la culpabilidad de Parry, a quien considera autor de la llamada telefónica «Qualtrough» pero con carácter de broma pesada para mortificar a su antiguo jefe, y reafirma la condición de asesino de W. H. Wallace.
Quizá por razones de espacio, o tal vez por falta de datos clave, la autora no aclara suficientemente los motivos de Wallace para ultimar a su propia esposa -el móvil-, y sin ahondar demasiado en la infinidad de análisis cronológicos que en su momento tornaban inverosímiles las posibilidades de Wallace para cometer el asesinato, juzga que este dispuso del tiempo necesario para matar a Julia sin dejar rastros.

Lo cierto es que a casi cien años del crimen, con todos los involucrados -directa o indirectamente- ya muertos, los británicos tendrán en algún momento que aceptar o que el crimen perfecto se concretó en Liverpool o que, como sostenía Dürrenmatt, el azar puede jugar a favor de la impunidad y neutralizar incluso la eficacia de los más brillantes detectives.
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