Consumo en terapia intensiva: cadena de supermercados destapa la crisis que el gobierno niega

El balance de La Anónima desarma el relato optimista.

Por Celina Fraticiangi para NLI

El último balance de La Anónima no es sólo un documento contable: es una señal de alarma. La principal cadena de supermercados del sur argentino expuso con números concretos el deterioro del mercado interno y el quiebre de la cadena de pagos, en un contexto donde el consumo masivo sigue sin recuperarse y las familias compran cada vez más fiado… y cada vez pagan menos.

Como detalló la periodista Luciana Glezer en La Política Online, el dato más contundente es el salto en los cargos por incobrabilidad: pasaron de $2.830 millones a $19.255 millones en apenas un año. Es decir, casi siete veces más deuda que la empresa da por perdida. No es un problema administrativo: es el reflejo de hogares que se endeudan para comprar alimentos y luego no logran cumplir.

Morosidad récord y ventas en retroceso

El deterioro no termina ahí. El segmento principal de la compañía —supermercados— registró una caída interanual del 4,2% en ventas, pese a la apertura de nuevas sucursales. En un rubro tan básico como alimentos y artículos de primera necesidad, el retroceso es una señal clara de enfriamiento profundo.

La morosidad creciente se conecta con otro fenómeno que atraviesa a toda la economía: la ruptura de la cadena de pagos. Los cheques rechazados por falta de fondos vienen marcando niveles históricamente altos, lo que confirma que no sólo las familias están asfixiadas, sino también proveedores y pequeñas empresas.

Cuando una cadena del tamaño de La Anónima reconoce semejante nivel de incobrables, el mensaje es directo: el consumo está sostenido con crédito frágil y salarios deteriorados.

Rentabilidad comprimida y exportaciones como salvavidas

Los márgenes también evidencian el golpe. El resultado operativo cayó con fuerza y la rentabilidad neta quedó reducida a una proporción mínima de los ingresos. La empresa debió afrontar mayores costos laborales y operativos en un escenario de ventas estancadas o en baja.

Paradójicamente, el único segmento que mostró dinamismo fue el frigorífico orientado a exportaciones, con un crecimiento significativo impulsado por el mercado externo. La señal es clara: cuando el mercado interno se desploma, la única tabla de salvación aparece afuera.

Pero ese modelo tiene límites. No todos los sectores pueden reconvertirse en exportadores y, sin poder adquisitivo local, la economía pierde su motor histórico.

Una radiografía que incomoda

El balance de La Anónima desarma el relato optimista. Mientras desde el oficialismo se insiste en que “lo peor ya pasó”, los números muestran que el consumo sigue en terapia intensiva y la cadena de pagos cruje.

La economía real no se mide en conferencias ni en planillas aisladas, sino en la capacidad de las familias para llenar el changuito sin endeudarse y de las empresas para cobrar lo que venden. Hoy, ambas variables están en rojo.

Lo que revela este informe no es un problema sectorial: es la evidencia de que sin recuperación del poder adquisitivo y sin reactivación del mercado interno, la recesión se profundiza. Y cuando el consumo cae, todo el entramado productivo tambalea.


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