La ofensiva militar impulsada por Washington y Tel Aviv habría eliminado al líder supremo iraní y abre un escenario de máxima tensión global. Mientras crece el riesgo de escalada regional, Donald Trump llamó abiertamente a un levantamiento interno en Irán.
Por Bruno A. Monteverde para NLI

La política exterior de Donald Trump vuelve a colocarse en el centro de una tormenta internacional que puede redefinir el equilibrio global. Medios israelíes aseguraron en las últimas horas que el líder supremo iraní, Ali Khamenei, habría muerto como consecuencia del ataque conjunto lanzado por Estados Unidos e Israel contra objetivos estratégicos en territorio iraní.
Si bien la información todavía no fue confirmada por Teherán, el propio primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, afirmó que existen “fuertes indicios” de que Khamenei habría fallecido luego de que fuera destruido el complejo donde residía en la capital iraní. La eventual eliminación del principal líder político y religioso del país no sólo tendría impacto interno: implicaría un intento directo de alterar la conducción del Estado iraní por la vía militar.
Un ataque con objetivos políticos
La ofensiva no se limitó a instalaciones militares o nucleares. Según reportes internacionales, los bombardeos alcanzaron también estructuras vinculadas a la conducción estratégica del país, en lo que analistas ya describen como una operación orientada a desarticular la cúpula del poder iraní.
El saldo preliminar habla de cientos de muertos y heridos, mientras Irán respondió con misiles y drones contra posiciones estadounidenses e israelíes, marcando el inicio de un ciclo de represalias que amenaza con extenderse a toda la región.
Más allá del debate sobre la veracidad de la muerte de Khamenei, el dato político resulta contundente: la operación no buscó sólo debilitar capacidades militares sino generar un golpe institucional.
Trump y la apuesta al cambio de régimen
El punto que termina de definir el carácter del ataque es la reacción del propio Trump. Lejos de moderar el conflicto, el exmandatario estadounidense presentó la ofensiva como una oportunidad para que el pueblo iraní se levante contra su gobierno.
En otras palabras, el bombardeo fue acompañado por un mensaje explícito: el objetivo no sería únicamente militar sino también político, orientado a provocar un cambio de régimen desde adentro.
La lógica no es nueva. Primero se debilita la estructura estatal mediante ataques selectivos; luego se promueve la crisis interna que habilite una transición favorable a los intereses occidentales.
Un escenario de guerra ampliada
La respuesta iraní y la convocatoria urgente del Consejo de Seguridad de la ONU reflejan la gravedad del momento. El conflicto ya amenaza con desestabilizar Medio Oriente y comprometer rutas energéticas clave si la escalada alcanza zonas estratégicas como el estrecho de Ormuz.
La experiencia reciente demuestra que la eliminación de liderazgos no suele derivar en procesos de democratización, sino en fragmentación estatal, violencia prolongada y crisis regionales de largo plazo.
La supuesta muerte de Khamenei permanece envuelta en incertidumbre, pero el movimiento geopolítico ya está en marcha. Washington cruzó una línea al intervenir directamente sobre la continuidad política de otro Estado soberano, y las consecuencias de esa decisión aún son imprevisibles.
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