El impacto del aumento del gasoil ya se siente en el transporte público del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA): desde este martes, varias líneas de colectivos comenzarán a reducir sus frecuencias, en una medida que vuelve a poner en evidencia la crisis estructural del sistema.
Por Lola Santacreta para NLI

La decisión, impulsada por las empresas del sector, responde al fuerte incremento en los costos operativos, especialmente el combustible, que se volvió uno de los principales factores de presión sobre la actividad. Según se informó, la reducción del servicio afectará principalmente a los horarios de menor demanda, aunque también podría generar demoras en horas pico.
Menos colectivos en la calle
El ajuste implica que habrá menos unidades circulando, lo que se traduce directamente en mayores tiempos de espera para los usuarios. En algunos casos, la reducción se aplicará de manera escalonada, dependiendo de la rentabilidad de cada línea y de la disponibilidad de recursos.
Este escenario no es nuevo, pero se profundiza en un contexto donde el transporte público enfrenta una doble presión: por un lado, el aumento sostenido de los combustibles y, por otro, la caída en la cantidad de pasajeros producto de la crisis económica.
De hecho, desde el propio sector empresario ya venían advirtiendo que el sistema se encamina hacia “menos líneas, menos frecuencias y menos empresas”, en un proceso de retracción que impacta directamente en millones de usuarios.
El gasoil, en el centro del problema
El aumento del gasoil aparece como el factor determinante detrás de esta decisión. El combustible representa uno de los costos más altos para las empresas de transporte, y su encarecimiento desajusta completamente la ecuación económica del servicio.
A esto se suma un esquema de tarifas que, si bien viene actualizándose periódicamente, no logra compensar el ritmo de incremento de los costos. Por ejemplo, desde abril también rige un nuevo aumento en los boletos, en línea con la inflación, lo que vuelve a golpear el bolsillo de los pasajeros.
Sin embargo, ese incremento no necesariamente se traduce en una mejora para las empresas, que denuncian atrasos y desfasajes en la estructura de ingresos.
Un sistema cada vez más deteriorado
El transporte en el AMBA atraviesa una situación crítica. La combinación de menor demanda, suba de costos y cambios en la política de subsidios genera un escenario de incertidumbre permanente.
Los colectivos, que históricamente funcionaron como el principal medio de movilidad en el área metropolitana, comienzan a mostrar signos claros de deterioro: menos unidades, menor frecuencia y un servicio cada vez más irregular.
Para los usuarios, esto implica no solo pagar más caro el boleto, sino también viajar peor: con más esperas, mayor saturación en las unidades y menor previsibilidad.
En definitiva, la reducción de frecuencias no es un hecho aislado, sino un síntoma de una crisis más profunda que atraviesa al sistema de transporte público y que, lejos de resolverse, parece seguir agravándose día a día.
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