A 127 años del nacimiento de Jorge Luis Borges, la historia de su paradójica relación con la Biblioteca Nacional, que dirigió durante 18 años pese a haber perdido casi completamente la vista.
Por Alcides Blanco para NLI

El 24 de agosto de 1899 nacía en Buenos Aires Jorge Luis Borges, un escritor que terminaría convirtiéndose en una de las figuras centrales de la literatura universal y cuya relación con los libros estuvo marcada por una paradoja extraordinaria: Borges imaginó bibliotecas infinitas, laberintos construidos con palabras, libros que contenían todos los libros posibles y personajes que buscaban respuestas entre páginas interminables, pero durante buena parte de su vida adulta fue perdiendo progresivamente la capacidad de leer con sus propios ojos. La ironía alcanzó una dimensión casi literaria cuando, en 1955, a los 56 años y prácticamente ciego, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, cargo que ejercería durante 18 años, hasta 1973. La institución que Borges había imaginado tantas veces como territorio de conocimiento terminó convirtiéndose en su lugar de trabajo cotidiano cuando la lectura directa de sus volúmenes ya no era posible, y aquella contradicción —tener bajo su responsabilidad cientos de miles de libros sin poder leerlos visualmente— terminó alimentando una de las imágenes más poderosas de su obra y de su propia vida.
El escritor que llegó a la biblioteca cuando ya no podía leer
La ceguera de Borges no fue un acontecimiento repentino, sino un proceso familiar que había comenzado mucho antes de su llegada a la dirección de la Biblioteca. La enfermedad hereditaria que había afectado a su padre también marcó su vida y produjo una pérdida gradual de la visión que se profundizó durante las décadas de 1930 y 1940. Cuando asumió como director de la Biblioteca Nacional, prácticamente no podía leer y dependía de otras personas para acceder a los textos, aunque eso no significaba que hubiera dejado de trabajar con ellos. Borges había desarrollado una extraordinaria memoria verbal y una relación con la literatura basada cada vez más en la escucha, la conversación y la reconstrucción mental, mientras continuaba escribiendo y dictando sus textos. La paradoja era tan evidente que terminó incorporándose a su propia interpretación de la vida: la oscuridad de los ojos convivía con una imaginación que parecía producir cada vez más mundos.
Su nombramiento, además, tuvo lugar en un momento político particularmente complejo. El decreto que lo designó director fue firmado por el presidente de facto Eduardo Lonardi después del derrocamiento de Juan Domingo Perón en septiembre de 1955. Borges había apoyado la caída del peronismo y su designación estuvo vinculada al clima político y cultural abierto por la llamada Revolución Libertadora. El Boletín Oficial del 31 de octubre de 1955 registró formalmente el nombramiento de Borges como director y de José Edmundo Clemente como subdirector.
Sin embargo, reducir aquellos 18 años a la relación entre Borges y el antiperonismo sería simplificar demasiado una trayectoria institucional mucho más compleja. Borges fue un intelectual profundamente atravesado por las disputas políticas de su tiempo y sostuvo posiciones que generaron adhesiones y rechazos, pero su gestión en la Biblioteca también estuvo vinculada con problemas concretos de una institución que necesitaba ampliar sus espacios, ordenar sus colecciones y pensar un edificio acorde con la dimensión que había adquirido su patrimonio. Durante su dirección comenzó a tomar forma la idea de construir una nueva sede, un proyecto que décadas después desembocaría en el edificio actual de la Biblioteca Nacional.
La paradoja que Borges convirtió en literatura
La historia de Borges en la Biblioteca adquiere una dimensión singular porque el escritor no solamente trabajaba dentro de una institución dedicada a los libros: vivía una experiencia que parecía salida de uno de sus propios cuentos. El hombre que había construido literariamente la Biblioteca de Babel, esa estructura infinita donde cada combinación posible de palabras podía existir, era al mismo tiempo responsable de una biblioteca real mientras la enfermedad le arrebataba la visión.
La paradoja encontró una de sus expresiones más conocidas en el “Poema de los dones”, escrito a partir de su experiencia como director. Allí aparece la célebre imagen de la ironía divina que le concede simultáneamente los libros y la noche, una formulación que condensó en pocos versos la contradicción entre su amor por la lectura y la progresiva imposibilidad de realizarla de manera convencional. La Biblioteca Nacional reconoce precisamente esa relación entre el nombramiento de Borges, su ceguera y el poema que nació de aquella experiencia.
Pero hay algo todavía más interesante: Borges no convirtió su ceguera en una explicación sentimental de su literatura. En lugar de presentar la pérdida de la visión únicamente como una tragedia personal, la incorporó a su universo intelectual y la transformó en materia de reflexión. Para él, la literatura nunca dependió exclusivamente del acto físico de mirar letras impresas; un texto podía ser escuchado, recordado, traducido, imaginado y reconstruido. En ese sentido, su propia experiencia terminó cuestionando una idea bastante arraigada sobre qué significa leer: leer no siempre implica ver, del mismo modo que una biblioteca no es solamente una habitación llena de libros.
La Biblioteca también se convirtió para Borges en una especie de territorio de pertenencia. Durante esos años dio conferencias, recibió visitantes, trabajó con colaboradores y continuó desarrollando una producción literaria que ya tenía reconocimiento internacional. En 1961 recibió junto con Samuel Beckett el Premio Internacional de Literatura otorgado por el Congreso Internacional de Editores, y posteriormente llegarían otras distinciones, entre ellas el Premio Cervantes en 1979. Su fama mundial creció mientras permanecía vinculado a aquella institución porteña que había dirigido durante casi dos décadas.
El destino de una biblioteca que también era un país
Hay una dimensión política y cultural más profunda en aquella historia. La Biblioteca Nacional no es simplemente un edificio donde se guardan libros: es una institución que conserva una parte fundamental de la memoria escrita de la Argentina. Fue creada en 1810, en los primeros meses del proceso revolucionario, y desde entonces acumuló libros, periódicos, manuscritos, mapas, documentos y publicaciones que permiten reconstruir buena parte de la vida intelectual del país. Borges llegó a dirigirla en una etapa en la que la Argentina atravesaba golpes militares, proscripciones, gobiernos civiles débiles y una creciente conflictividad política, y permaneció allí durante buena parte de ese período.
Su permanencia atravesó incluso los años de la dictadura de Juan Carlos Onganía y los gobiernos militares posteriores. Lejos de representar un paréntesis aislado, su dirección quedó insertada en una historia institucional atravesada por las mismas tensiones que recorrían al país. Borges renunció finalmente en 1973, cuando Héctor Cámpora asumió la Presidencia y se produjo el retorno del peronismo al poder después de casi dos décadas de proscripción. Para entonces, el escritor había pasado 18 años dentro de una institución que había conocido transformaciones políticas profundas y que todavía esperaba concretar el proyecto de una nueva sede.
Hoy, la antigua sede de la calle México 564, donde Borges ejerció como director, continúa asociada inseparablemente con su figura. Allí se conserva la memoria de aquellos años y funciona actualmente un espacio dedicado a sus estudios y documentación. El edificio, construido a comienzos del siglo XX en estilo Beaux-Arts, fue durante décadas el escenario cotidiano de uno de los escritores que más profundamente convirtió a las bibliotecas en materia literaria.
Por eso, recordar el nacimiento de Borges cada 24 de agosto no debería limitarse a enumerar sus libros, sus premios o sus frases célebres. Su historia permite pensar algo mucho más amplio acerca de la cultura argentina: qué significa conservar una memoria colectiva y quiénes tienen acceso a ella. Borges, prácticamente ciego, dirigió durante 18 años una de las instituciones centrales de esa memoria; un hombre que ya no podía leer visualmente administró un universo construido precisamente para preservar aquello que las generaciones habían escrito. La paradoja parece salida de su propia literatura, pero fue real y profundamente argentina.
Tal vez allí resida una de las razones por las que Borges sigue siendo tan incómodo y fascinante a la vez. Su figura no cabe completamente en ninguna lectura política, literaria o cultural, porque detrás del escritor universal existe también el bibliotecario, el lector, el director de una institución pública, el hombre atravesado por las discusiones de su tiempo y el intelectual que convirtió incluso sus propias limitaciones en una pregunta sobre el conocimiento. En el aniversario de su nacimiento, la imagen más potente no es la del Borges convertido en estatua literaria, sino la de aquel hombre ciego que caminaba entre estantes llenos de libros que ya no podía mirar y, sin embargo, seguía viviendo entre ellos. Esa escena resume una de las paradojas más profundas de nuestra cultura: a veces la memoria de un país se conserva precisamente allí donde alguien consigue imaginar lo que ya no puede ver.
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