Las declaraciones recientes del actor Matt Damon sobre las exigencias de las plataformas de streaming no hablan solo de cine. Funcionan como una radiografía brutal de una época marcada por el déficit de atención, la adicción a las pantallas y una crisis educativa que atraviesa a las nuevas generaciones.
Por Alina C. Galifante para NLI

En una entrevista que circuló con fuerza en las últimas semanas, Matt Damon expuso sin rodeos una práctica cada vez más común en la industria audiovisual: plataformas como Netflix exigen que las películas tengan acción inmediata, diálogos reiterativos y recordatorios constantes de la trama porque, según reconocen los propios ejecutivos, gran parte del público mira los contenidos mientras está pendiente del celular. Damon fue claro al describir el fenómeno: ya no se puede asumir que el espectador esté realmente mirando.
Lejos de tratarse de una queja elitista de Hollywood, la afirmación condensa un problema sociocultural profundo. La industria del entretenimiento, siempre sensible a los hábitos sociales, se está adaptando a una subjetividad dispersa, moldeada por la lógica de la notificación, el scroll infinito y la estimulación permanente.
La cultura de la distracción como norma
La fragmentación de la atención dejó de ser una excepción para convertirse en regla. La vida cotidiana se organiza alrededor de múltiples pantallas que compiten entre sí, interrumpen procesos mentales y reducen la capacidad de sostener una experiencia prolongada. En ese contexto, la concentración profunda se vuelve casi contracultural.
Este fenómeno no es nuevo ni anecdótico. El sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman ya advertía que la modernidad tardía estaba produciendo subjetividades incapaces de sostener vínculos, relatos y procesos duraderos, reemplazándolos por consumos rápidos y descartables. En una línea similar, el teórico de la comunicación Marshall McLuhan anticipó que cada tecnología no solo transmite contenidos, sino que reconfigura la percepción, la atención y la estructura mental de quienes la utilizan.
Más recientemente, el psicólogo y divulgador Nicholas Carr explicó que el uso intensivo de pantallas digitales modifica los hábitos cognitivos, favoreciendo el escaneo superficial de información en detrimento de la lectura profunda y la reflexión sostenida. No se trata solo de distracción, sino de un entrenamiento cerebral permanente para la interrupción.
Del living al aula: el impacto educativo
El sistema educativo recibe de lleno este proceso. Docentes de todos los niveles coinciden en un diagnóstico preocupante: estudiantes con enormes dificultades para sostener la atención, leer textos extensos, seguir consignas complejas o tolerar el silencio cognitivo que exige pensar.
La pedagoga y especialista en educación digital Inés Dussel ha señalado que la escuela enfrenta hoy una tensión estructural entre los tiempos del aprendizaje y los tiempos de la cultura digital, caracterizados por la inmediatez y la simultaneidad. Según Dussel, el problema no es solo tecnológico, sino cultural: los alumnos llegan al aula con subjetividades formateadas por la lógica del estímulo constante.
No se trata de una generación “menos capaz”, sino de una generación moldeada por un entorno hiperestimulado. La escuela, históricamente pensada para el tiempo lento, la repetición reflexiva y el aprendizaje acumulativo, choca con cerebros entrenados para la gratificación instantánea.
Pantallas, dopamina y aprendizaje
El problema no es la tecnología en sí, sino el modelo de uso dominante. Las plataformas digitales están diseñadas para capturar atención mediante recompensas inmediatas, activando circuitos de dopamina que refuerzan la conducta de consumo continuo. El psiquiatra y neurocientífico Manfred Spitzer ha advertido que este tipo de estimulación constante impacta negativamente en la memoria, la atención y la capacidad de aprendizaje, especialmente en niños y adolescentes.
Cuando Damon afirma que hoy se asume que el espectador “no está mirando”, está describiendo una lógica que también opera en la educación: se presupone la distracción y se adapta el mensaje a esa carencia, en lugar de enfrentarla críticamente.
Una encrucijada pedagógica y política
La educación enfrenta así una disyuntiva de fondo. O se limita a imitar la lógica de las plataformas —más estímulo, menos profundidad— o asume un rol contrahegemónico: enseñar a concentrarse, a leer, a pensar y a sostener la atención como acto político y cultural.
El filósofo coreano Byung-Chul Han ha señalado que vivimos en una sociedad del cansancio, donde la hiperestimulación y la autoexplotación cognitiva impiden el pensamiento profundo. En ese marco, recuperar la atención no es un gesto conservador, sino una forma de resistencia cultural.
Esto no implica negar la tecnología, sino disputarle el sentido. Formar estudiantes capaces de usar herramientas digitales sin quedar subordinados a ellas. Recuperar el valor del tiempo largo, del error, de la reflexión y del pensamiento crítico.
Lo que Damon dijo sin hablar de educación
Las palabras de Matt Damon incomodan porque rompen el consenso silencioso que naturaliza la distracción permanente. Si el cine, una de las industrias más poderosas del mundo, reconoce que debe adaptarse a públicos que no pueden mirar una película sin revisar el celular, la pregunta educativa es inevitable: ¿qué tipo de sujetos estamos formando?
La crisis de atención no es individual, es estructural. Y la educación, lejos de resignarse, debería ser el espacio privilegiado para resistirla. Porque si hasta las películas necesitan repetir su argumento para ser entendidas, el desafío es lograr que las nuevas generaciones puedan, al menos una vez, mirar, escuchar y pensar sin interrupciones.
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