
Hasta las defraudaciones menos sutiles pueden convertirse en un complejo universo de motivaciones que pone en entredicho la naturaleza de los roles de víctima y victimario.
Por Silvina Belén para NLI ·
Estamos acostumbrados a las estafas electorales, a la bajeza moral de ciertos politiqueros y camaleónicos funcionarios. También es costumbre entre nosotros ver con asombro cómo con viejas prácticas, bien maquilladas, nos esquilman cíclicamente invocando nuestro futuro beneficio.
Y más acostumbrados aún estamos a que eso de que truene el escarmiento no pase nunca de tropo meteorológico. La estafa impune, el regodeo de los estafadores, su breve ostracismo y su retorno tras el olvido son el mendrugo nuestro de cada década.

También nos hemos acostumbrado a la proliferación de víctimas de los cuentos del tío virtuales. Pero las otras defraudaciones, las que se dan en la esfera individual desde tiempos inmemoriales, las que atraviesan el mundo real y las relaciones directas entre personas, siguen siendo humanamente tan intrincadas como antes: pueden derivar tanto en lo previsible como en lo menos pensado.
El engaño y la estafa, sabemos, suelen ir de la mano. La duración del engaño puede ser larga o breve, pero la defraudación concreta, lisa y llana, es un mazazo para la víctima: cuando toma plena conciencia del perjuicio, su suerte ya está echada, o casi. El proceso, sin embargo, el antes y el después del shock, es materia literaria fecunda para la narrativa.
Patricia Highsmith, como nadie, supo explotar las defraudaciones para crear las más hondas atmósferas de suspenso. La estafa, en sentido amplio, fue la base argumental de un gran número de sus novelas y cuentos. Desplegó un repertorio tan variado que podría decirse, sin exagerar, que era su especialidad.

La creadora del inefable Mr. Ripley falleció en 1995 sin que nadie discutiese su maestría en el reino de la ficción de suspense: un elevado número de adaptaciones de su obra narrativa fue llevado al cine, la radio y la TV. Imposturas, bajezas, estafadores y víctimas e, incluso, autoengaños, conforman un catálogo sin precedentes de la defraudación.
En la narrativa de suspenso e intriga, en el policial también, claro, siempre hay engaños e imposturas, traiciones, mala fe. Entonces, a priori, lo de Highsmith no sería nada del otro mundo, podría pensarse. Sin embargo, es raro encontrar estafas tan verosímiles, sorprendentes y originales como las que teje esta escritora. Sus ficciones podrían trocar fácilmente en manuales o enciclopedias para miserables.
Como artista del siglo XX, también podría atribuírsele el don de la anticipación en el territorio de la defraudación: suplantar identidades y otras desgracias híper-modernas que sufren las víctimas en los últimos años eran para ella moneda corriente. Desde la sofisticación de Ripley al egoísmo siniestro de una pareja de ancianos achacosos, todo cabe en la gama de sobresaltos de Highsmith.

Aunque la variedad parta de una raíz común, es decir: la estafa en esencia, poco hay de previsible ni de moralmente tranquilizador o ejemplar. Muchas veces víctima y victimario compiten en pobreza de espíritu o actúan fuera de la lógica de los roles que por costumbre les atribuimos.
Si alguna rara vez truena el escarmiento, placer que no conocemos en nuestra infausta condición de burlados por la política, suele ser desproporcionado respecto de la falta y no deseado a tal extremo por el ofendido, que puede terminar doblemente victimizado, primero en lo material y en su confianza, y después en lo espiritual, como en el cuento “Bajo la mirada de un ángel sombrío”.

Dado que abordar el análisis de las novelas de la autora excede las modestísimas pretensiones de este artículo, comentar algunos de los relatos de la colección titulada La casa negra (1981)[i], podría dar una idea de la forma en la que Patricia Highsmith sacude los supuestos que el tema evoca en la psiquis del lector, las expectativas y las previsiones ilusorias.
En el cuento “Tener ancianos en casa”, un matrimonio de treintañeros sin hijos, con desahogada situación económica y éxito profesional, con cierta frivolidad e inconsciencia, decide adoptar una pareja de ancianos con la intención de sentirse socialmente trascendentes en el aspecto humano y comunitario, ya que no tienen hijos ni desean tenerlos de ninguna manera.
Alegremente asumen la responsabilidad, que por malas artes del asilo dador termina siendo contractualmente a perpetuidad, pero nada en la convivencia es ni un ápice tan idílico como esperaban: los ancianos son taimados, egoístas y vengativos si no se los satisface en sus caprichos, y la vida de los treintañeros se convierte en un calvario. Acumulan rencor pero jamás hablan entre sí de lo poco previsores e imaginativos, de lo atolondrados y superficiales que fueron al tomar la decisión de adoptar gerontes.

Finalmente se desata una batalla de egoísmos y solapadas venganzas que culmina trágicamente. A la postre, es realmente difícil poder decidir quiénes fueron los estafadores y quiénes los estafados. El trasfondo de crítica social quizá aflore con más claridad que la verdadera esencia de los personajes, en lo profundo oscuros desde todo punto de vista.
En el relato más arriba nombrado, “Bajo la mirada de un ángel sombrío”, el protagonista sufre una afrentosa defraudación económica y moral. Los ofensores son los integrantes de una familia de viejos amigos de su pueblo natal, en connivencia con un empleado del geriátrico en el que residía su madre, una figura poco grata en el recuerdo de su hijo, Lee.
Su madre, el pueblo y sus antiguos amigos, ahora estafadores confesos, representan para él la sordidez. Tiene su vida y su tienda de antigüedades lejos de allí, y aunque piensa en los temores que tendrán sus victimarios al suponer que él los pleiteará, ansía más el olvido que la venganza y no inicia acciones de ningún tipo: quiere disfrutar de su presente, borrar a su madre y el pueblo natal.

Pero las desgracias caen sobre los estafadores de las peores maneras y Lee, sin quererlo, se entera de cada una de ellas. Queda con vida solamente Kate, la esposa del estafador principal: un hijo muerto accidentalmente y un marido también muerto, por suicidio, igual que el empleado de la funeraria.
La estafa, primero, y los decesos, más tarde, no le permiten la ansiada ruptura ni la paz mental, ni desligarse de la idea de que esa era, quisiese él o no, su venganza, desmesurada, inhumana, bestial. El cuento termina con Lee escribiendo un larga carta de pésame a la viuda: “Lee continuó escribiendo despacio y con facilidad. Lo curioso era que Kate le daba pena realmente.”.
Highsmith ahonda en la psicología de los personajes pero también azuza la del lector invitándolo en forma tácita a tomar partido, a indignarse, a engañarse y desengañarse o a echar mano de prejuicios que la realidad narrativa desbaratará sin piedad. Cada defraudación es un rompecabezas humano en el que la inquietud corona el suspenso que sostuvo la historia.

[i] Edición en castellano: Highsmith, Patricia. La casa negra. Madrid, Alianza, 1985.
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