
De las reglas del ajedrez antiguo al vaciamiento social moderno: blitz sin concesiones, el existencialismo de Marin Sorescu y la rosca política que nos deja con el rey desnudo.
Por Silvina Belén para NLI ·
La tarde en Villa Crespo arrastra esa luz de siesta pesada que se filtra entre las hojas del patio. Al fondo del PH, cerca del limonero, el golpeteo frenético del reloj de ajedrez rompe el compás de las chicharras de barrio. Carolina y Jeque juegan un blitz sin concesiones. Yo tengo la libreta en mano y la mirada atenta de quien busca la crónica de folletín. Veo cómo las piezas negras de Jeque van desapareciendo del tablero en una sangría sistemática.
Me acerco sigilosamente a la mesa y le susurro al pasar a los que miran, viendo el desastre en la madera: «Miren, ese blitz entre Carolina y Jeque. Mi compañera le está comiendo todo. Le va a ganar por desvalijamiento. ¡Pobre Jeque!». Detrás de mí, acomodándose los anteojos con el mismo gesto pausado con el que devuelve un tomo de Rubén Darío a su estante, el Dr. D toma aire. Lo que sigue es un cuasi soliloquio digno del teatro anterior a Stanislavski. Lo anoto tal cual.

«Es curioso cómo usás esa palabra, Silvina. El desvalijamiento. Hoy suena a jerga del conurbano, a crónica policial de trasnoche, pero en el ajedrez perenne guarda el peso de los siglos. Miralo a Jeque ahí, con el monarca arrinconado, perdiendo peones y caballos como quien ve desmoronarse un imperio doméstico. Carolina no le va a dar mate; lo está dejando desnudo. Rey desnudo, le decían. En el viejo shatranj árabe, allá por el siglo IX, lo que llamamos victoria por desvalijamiento era ley de la tierra.
Es que ustedes, las generaciones del apuro y el reloj digital, olvidan que el ajedrez no siempre fue esta máquina de matar veloz que juegan ahora. En la antigüedad, el ejército era débil, casi tullido. La alferza —esa abuela tímida de la dama actual— solo caminaba de a una casilla en diagonal; y el viejo fil, el elefante que precedió al alfil, se movía dando saltos torpes de dos escaques. Coordinar semejante modestia para arrastrar al rey contrario a un callejón sin salida era una tarea titánica, casi milagrosa.
Por eso el reglamento era piadoso a su manera: si le vaciabas el tablero al enemigo y lo dejabas solo, ganabas la partida. Era la constatación de la orfandad absoluta. Aunque claro, el Jeque habría rezado por una Victoria Medinesa: si en la jugada inmediata posterior a quedar desvalijado, su rey huérfano lograba comerse la última pieza de Carolina, los maestros de Medina decretaban las tablas. Un empate técnico fundado en la dignidad del último zarpazo.

Pero el mundo cambia, muchacha, y con él la noción de la nobleza. Cuando el juego cruzó a la Europa medieval, los caballeros empezaron a mirar de reojo esa costumbre de ganar por vaciamiento. Limpiar el tablero se volvió una «victoria inferior», un triunfo plebeyo que en las apuestas de la España del mil quinientos solo pagaba la mitad del pozo. Y cuando la dama se volvió rabiosa, ganando todo el largo del tablero con pasos de gigante, el mate se hizo accesible y el desvalijamiento pasó al desván de las nostalgias. El reglamento moderno prefirió el ahogado, esa sutil paradoja donde la total inmovilidad se premia con media unidad.
Sin embargo, hay algo trágico en ver a un rey correr solo por los escaques, despojado de sus torres y de sus fieles peones. Me hace pensar inevitablemente en el rumano Marin Sorescu y en su poema Ajedrez, de aquel libro maravilloso titulado La juventud de Don Quijote. El tipo entendió perfectamente que la vida no es más que este mismo blitz contra el tiempo o contra la muerte. El poema arranca con una lucidez tremenda, diciendo que uno juega un día blanco y el otro juega un día negro; vos avanzás con un sueño y el contrincante te lo lleva a la guerra. Te va comiendo las piezas, te ataca los pulmones, te gana una pierna tras una jugada brillante y, cuando querés levantar el brazo para defenderte, te paraliza el hombro.

Es una metáfora brutal, Silvina. El tipo dice que, frente a ese tablero de contornos imprecisos, de golpe te das cuenta de que detrás tuyo la juventud, la casa, la mujer y la mitad de la vida ya quedaron completamente fuera de juego. Y frente a la amenaza inminente del jaque, uno todavía se empecina en bromear y dice: ¡Hago el enroque de los sentimientos!, mientras los mirones se desesperan porque ven que tu vida corre peligro. Pero el jugador continúa fumando y divirtiéndose en el tablero. Es una obstinación hermosa. Aunque al final… al final todos terminamos como el rey del Jeque en este patio: desvalijados, encendiendo un último cigarrillo frente a la mirada de los mirones, esperando que la partida termine de una buena vez».
—Pará un poco, Doctor —lo interrumpo, clavándole la punta de la lapicera al block de notas—. A Sorescu no me lo dejes flotando en la metafísica existencialista porque nos quedamos sin diario el domingo. Llevémoslo a los diarios de hoy. Esa movida de Sorescu, donde cada paso te cuesta una parte de la existencia, es el calco exacto de la realidad política actual. Mirá a la oposición o a los muchachos del oficialismo: creen que están jugando un campeonato mundial de grandes estrategas, pero lo único que hacen es rifar las piezas del Estado. Te entregan un derecho social para salvar una votación en el Congreso, te sacrifican el peón de los jubilados para simular un equilibrio fiscal que no existe, y al final del día se quedan contentos si logran estirar la partida cinco minutos más en la televisión. Están desvalijando el tablero social, Doctor, y se olvidan de que abajo de la madera estamos nosotros.

El Dr. D me mira de reojo, sonríe con esa mueca de sabio que vio pasar demasiados gobiernos bajo este mismo cielo porteño, y menea la cabeza mientras acomoda un peón caído:
—Es peor que eso, Silvina. En la política de hoy ya ni siquiera hay noción de bando. El poema dice yo juego un día blanco, él juega un día negro, pero acá los muchachos juegan a dos puntas en el mismo tablero simultáneo. No es una guerra de caballeros medievales, es un desvalijamiento programado. Privatizan las torres, endeudan los caballos, se comen los alfiles de la cultura y la ciencia, y cuando el ciudadano común mira el tablero, nota que lo dejaron en la orfandad absoluta. El poder real juega al desgaste rápido, un blitz feroz contra la paciencia de la gente. Lo trágico, querida cronista, es que los políticos actúan como si todavía les quedaran jugadas maestras por hacer, cuando en realidad el tablero ya está vacío y el reloj les corre el segundero en la cara. Nos quieren hacer creer que el ajuste es una jugada táctica, pero es solo el vacío absoluto del rey desnudo.
En el tablero de madera, Jeque, con el rey completamente solo en la casilla e8, inclina la pieza antes de que caiga su aguja. Carolina sonríe de costado, estira los brazos y me guiña un ojo. Yo guardo la lapicera en la cartera mientras nos quedamos mirando las sombras alargadas de Villa Crespo, rumiando que en este ajedrez de los días, todavía nos queda algún libro por poner delante.

Nota de la Redacción:
Marin Sorescu (1936-1996): Poeta, dramaturgo, ensayista y novelista rumano. Fue una de las figuras literarias más destacadas de la segunda mitad del siglo XX en su país y llegó a ocupar el cargo de Ministro de Cultura tras la caída del régimen comunista. Su obra se caracteriza por un estilo marcadamente irónico, directo y despojado de ornamentos redundantes, utilizando parábolas cotidianas para explorar el absurdo de la existencia y la opresión social. El poema Ajedrez (Șah) pertenece originalmente a su célebre poemario La juventud de Don Quijote (Tinerețea lui Don Quijote, 1968), donde el juego de mesa funciona como un reflejo de la pulseada del ser humano frente al destino e inevitables renuncias.
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