Los dos relojes de don Claudio

Un reloj de arena en primer plano con arena fluyendo mientras el sol se pone en el fondo.

Exilio, tiempo e historia: zeinot intercultural en la memoria de investigadores y artistas que el Dr. D rescata de las garras de Cronos.

A Guillermo Carlos, investigador e historiador

Por Silvina Belén para NLI ·

«Y los Mori de la torre del Orologio volvieron a dar las
horas, atentos a su ya muy viejo oficio de medir el tiempo»
– Alejo Carpentier

A la hora señalada, es decir: en el nostálgico atardecer de Villa Crespo, las evocaciones surgen a través de la asociación de ideas menos pensada. De un café o una partida de ajedrez, digamos, la memoria de los memoriosos como el doctor puede trasladarse a los confines del recuerdo más intenso sin brumas de espacio y tiempo.

Y los padecimientos del tiempo tienen mil caras, aunque gozos también haya, faltaría más. Por desfasaje o apuro, por falta o sobra, por huso horario, por segundo fatal o triunfal u otras yerbas de cronómetro, las horas caminan con paso de tafilete surcando la historia doméstica a veces, otras la del mundo. Las coordenadas tempo-espaciales pueden mostrarse tan amables como fatídicas. Todo depende.

Carolina y Jeque jugaban una rápida a finish. Alejo miraba de cerca la partida. El doctor, que se mostraba impasible, evaluaba desde el sillón las posiciones con ojo avizor mientras disfrutaba un café; “patria angolana”, murmuraba cada tanto. Se había agenciado un robusta que no cambiaba ni por mil kilos de arábiga.

Saco de café con la etiqueta que dice 'Café Robusta Angola' y un mapa de Angola.

Jeque, en zeinot, miraba horrorizado lo que consideraba un sacrilegio de Carolina: que lo atacara con el avance de los peones de su propio enroque y no se preocupara, incluso, por tener más islas que un archipiélago. Aferrado al tercer tomo de Grau, había consumido tiempo en exceso sin pasar el mediocampo. Su incondicional admiración por Lugano y Satanás Paéz también afloraba en la agónica defensa, no exenta de lances para quebrar o fracturar al rival.

Cuando la aguja de Jeque dijo basta, el doctor se repantigó en el sillón. Se había acabado la lluvia ligera shakesperiana para dar paso a la tempestad que precede al soliloquio en el que Jeque, Alejo o quien caiga se convierten casi siempre en vocativos sin voz ni voto.

«Escuchen: nos es casualidad que a ustedes dos les digan los tortugas; la verdad es que parecen salidos de la pluma de Carpentier: un par de Mori dell’Orologio[i] de tiempo eterno. Y claro, vos sos Alejo; por algo será. Pero vos también, Jeque, aunque no seas tocayo del gran cubano. Rifan partidas en apuros de tiempo por meditar más de la cuenta árboles de variantes tácticas que sean brillantes pero no les arruinen la estructura de peones. Hasta que suena el despertador del zeinot.

Después me dicen: “tenía un dinamismo de piezas envidiable, una conformación de peones que hubiera enorgullecido al Gordo Grau. En fin, la panacea. Lástima que en el apuro no vi que me daban mate en dos.”. Ni digamos de las partidas que “tenían ganadas” pero las perdieron por tiempo. Desprecian el reloj, la hora, las agujas, el segundo y hasta los minutos. Seguramente se habrían burlado de don Claudio, si lo hubiesen conocido.

Usaba dos relojes de bolsillo. Cuando para colmo había que darles cuerda. Pero estaba más cuerdo que ustedes dos juntos. Les hablo nada menos que de don Claudio Sánchez Albornoz, historiador, investigador modelo que formó escuela en la UBA.  Si buscan, lo primero que van a encontrar proviene de Wikipedia:

“Claudio Sánchez-Albornoz y Menduiña (Madrid, 7 de abril de 1893-Ávila, 8 de julio de 1984) fue un historiador y político español, ministro durante la Segunda República y presidente de su Gobierno en el exilio [en Argentina] entre 1962 y 1971.”

Esto dice mucho y poco, valga la contradicción, muchachos. Uno puede imaginarse a un sufrido republicano español de entre los miles que llegaron a Buenos Aires tras la ignominia franquista. Pero don Claudio era un titán de esos que podían estar en la iglesia y en el campanario a la vez. Por sabio, y porque le tenía respeto al tiempo e interpretaba a la perfección el símbolo de los Mori.

Hombre mayor con gafas, vestido con un traje oscuro y corbata, habla mientras sostiene un bastón en una sala con paredes decoradas.

Tenía que investigar, escribir, enderezar a los discípulos porteños y hacerse un lugar en la agenda para visitar Mendoza o Montevideo. La presidencia en el exilio, además, no era moco de pavo ni tan simbólica como se creía: había urgencias como las de rescatar republicanos a los que esperaban las purgas de posguerra civil en mazmorras o ejecuciones al amanecer estilo centroforward.

Tenía que pedirle a la operadora llamadas a España que demoraban, despachar telegramas y cartas urgentes, de vida o muerte algunas. Era un trabajo cronometrado en el que un segundo de demora podía ser catastrófico. Si ni los Rosales, fachos confesos e influyentes, habían logrado salvar a Federico, ya puede imaginarse uno las tribulaciones de don Claudio, tan alejadas de las de nuestro olímpico Fernandito.

Don Claudio poseía dos relojes de bolsillo de oro, idénticos, que había heredado de su bisabuelo. A lo largo de sus más de cuarenta años de exilio, estos relojes marcaron su vida de una manera muy particular.

El reloj con la hora de España: durante las cuatro décadas que vivió en Buenos Aires (donde fundó el Instituto de Historia de España, dicho sea de paso), uno de los relojes permaneció clavado en la hora peninsular. Vivía en el presente argentino, pero parte de su mente, sus desvelos y sus rutinas seguían ligados al huso horario del suelo que debió abandonar vía Portugal.

El reloj con la hora de Buenos Aires: cuando finalmente pudo regresar a España en agosto de 1983 para instalarse en su querida Ávila natal, el juego de espejos horarios se invirtió. A su regreso, conservó en uno de esos relojes la hora de Buenos Aires, la ciudad que lo había cobijado durante su largo destierro e intensa labor investigativa.

Al igual que los autómatas de Venecia dividían el tiempo entre el pasado y el futuro, los dos relojes de Sánchez Albornoz dividían el tiempo entre sus dos patrias: la de origen y la de adopción. Mantener ambos husos horarios en sus bolsillos era su forma de negarse a cortar los lazos con los mundos que definieron su vida e incidieron en su espíritu positivista pero humanamente empático.

Vivía en un departamento de la calle Anchorena, rodeado de miles de libros. Se adaptó profundamente a las costumbres argentinas, pero jamás dejó de hablar con su característico y enérgico acento castellano, con el que ponía en cintura a alumnos díscolos que simpatizaban con las ideas de don Américo Castro.

Dos volúmenes del libro 'España un enigma histórico' de Claudio Sánchez-Albornoz, con decoración ilustrada de reyes en sus tronos.

Aunque la dictadura de Franco terminó en 1975, la muerte del caudillo no era suficiente para don Claudio: se negó a volver de forma definitiva hasta que España no consolidara su democracia y se aprobase la Constitución. Había hecho una breve visita en 1976, pero su regreso final ocurrió en agosto de 1983, poco antes de su muerte. Tampoco quería abandonar su obra académica en Buenos Aires, sus monumentales archivos, que custodiaba Nilda, discípula dilecta.

La dictadura argentina no le hacía ninguna gracia, y le amargó la vejez, pero volver a España tampoco lo convencía. Lúcido en grado superlativo pero disminuido físicamente, escribió: «¡Volver! Franco vivió demasiado y acaso yo he sido demasiado orgulloso y he sacrificado todo a conservar mi dignidad. Ahora ya es tarde… Aquí tengo este pobre departamento… Espero la muerte tranquilo».

Su plan original, creían los allegados, era morir en Buenos Aires y que sus restos fueran repatriados a Ávila. Pero al final, como decía antes, volvió. Si pasan por la calle Dr. Tomás Manuel de Anchorena 1481, van a ver una placa que dice: “A LA MEMORIA DE DON CLAUDIO SÁNCHEZ ALBORNOZ, 1893 – 1984, EMINENTE HISTORIADOR ESPAÑOL Y PRESIDENTE DEL GOBIERNO DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA EN EL EXILIO. VIVIÓ EN ESTA CASA DESDE 1944 HASTA SU REGRESO A LA PATRIA EN 1983. HOMENAJE DE LA MUNICIPALIDAD DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES.”.

Placa conmemorativa en honor a Claudio Sánchez Albornoz, historiador español, que vivió en Buenos Aires, Argentina.

Su departamento era el cuarto jota, sin petenera ni más ritmo que el de la historia. Su tres ambientes se había convertido en una inmensa e inefable cordillera de papel. Los libros y los ficheros medievales desbordaban e invadían todo. El epicentro era su escritorio: sobre una mesa descansaba la Olivetti, donde tipiaba con dos dedos, bajo la enmarcada custodia de Santa Teresa de Ávila.

A vos, Alejo, que tanto te gusta coquetear con las ideas de los hispanistas y medievalistas ingleses, que se apropiaron hasta del Cantar de Mío Cid y le faltaron el respeto a don Ramón, el gallego más culto de la historia, no te vendría mal retornar a las obras de don Claudio. Sería también un entrenamiento para administrar bien el tiempo.»

Hubo un silencio denso. La expresión de Alejo nos inquietaba. A diferencia de otras veladas, no parecía nada permeable al consejo recibido. Había caído la noche y Carolina, con buen olfato, se fue a la cocina a preparar más café. Finalmente, habló Alejo.

Busto de D. Claudio Sánchez Albornoz en Ávila, con una bufanda, 1983.

«Doctor, la vida nos da sorpresas, como a Pedro Navaja. No sé qué dirías si te dijera que en mi adolescencia estuve en el cuarto jota, con don Claudio y Nilda Guglielmi. Fue gracias al ajedrez placero, que atrajo a un republicano que salvó su pellejo por obra de don Claudio e hizo fortuna en Argentina. Lo llamábamos don Ferreiro y nunca supimos su nombre de pila, por no preguntar nomás.

En Plaza Dorrego o Parque Lezama se podía ver seguido a don Ferreiro observando partidas, nunca jugando. Era buen conversador, correcto y atildado además. Supo que yo quería estudiar letras, que me interesaba la literatura medieval española y ahí nomás me dijo que me iba a llevar a conocer a don Claudio. Se me heló la sangre porque lo poco que sabía de Sánchez Albornoz tenía que ver con su fama de cascarrabias.

Pero de algún modo era una propuesta de esas que sin ser de Corleone resultaban imposibles de rechazar. Averigüé lo que pude. No había ni Pc en esos tiempos, menos que menos Internet. Llegó el día tan esperado como temido. Don Claudio cumplió con la obligación, seguramente sin entusiasmo, y nos recibió con amabilidad secota.

“Estudie historia y no letras”, me dijo, “si no quiere terminar como Américo Castro”. De milagro me había enterado de la polémica entre ambos. Iba a replicar, pero la Guglielmi me leyó la mente y me clavó una mirada asesina. Así que me limité a decirle que Dios me librara y guardara de terminar de esa forma. El dueño de casa y su discípula me mostraron tesoros documentales como premio, aunque se los adivinaba seguros de mi ignorancia de no iniciado. Pólvora en chimangos.

Mujer sentada con una blusa rosa y collar de perlas, sonriendo, en un ambiente elegante.
Nilda Guglielmi

Cumplidas las formalidades de anfitrión, don Claudio se libró de nosotros para retornar a su querido medievo. Franco había muerto hacía poco. Comenzaba el “destape español” y la presidencia en el exilio de don Claudio había pasado al olvido. No para don Ferreiro, que sabía perfectamente por qué seguía vivito y coleando.

Collage de varios actores cómicos conocidos, mostrando sus rostros y expresiones humorísticas, con fondo brillante.

Tiempo después me las vi con la Guglielmi en un tribunal examinador, trago amargo si los había. Eran épocas en que ni se soñaba con promocionar materias. Doña Nilda tenía buena memoria, cosa que me salvó de su proverbial castigo al bisoño tras las capillas. Fue otro premio, esta vez tardío pero soñado, por haber sabido interpretar su mirada feroz en el templo de la calle Anchorena. Así se dio el milagro: eludí el ineludible dos de los primerizos.

Aunque fueron longevos, ya todos están muertos, doctor, y yo también soy viejo. Pero los conocí. Parece mentira, pero el 11 de septiembre cumplió 100 años Nicolás Sánchez-Albornoz y Aboín, el hijo de don Claudio, que igual que sus dos hermanas, padeció el acoso autócrata: Franco él y Salazar ellas. A Nicolás lo encarcelaron con trabajos forzados y logró escapar. A las niñas casi las secuestran los esbirros del dictador portugués, aliado del generalísimo.

No voy a negar que cuando vi por primera vez la placa del edificio de Anchorena 1481 se me puso la piel de gallina.También pensé muchas veces en cómo se habría tomado don Claudio el acercamiento de su dilecta Nilda a Duby, y todo eso de la cotidianeidad en la historia, algo que Unamuno prefiguró con su Paz en la guerra y lo de la intrahistoria pero que llevado al medievo quizá le hubiese parecido un exceso.

Portada del libro 'Paz en la guerra' de Miguel de Unamuno, con ilustración de un puente y edificios históricos, y texto en blanco sobre fondo negro.

Me quedo, al final, con el tiempo eterno que mi tocayo deja entrever en sus páginas mejores, que son casi todas. Pero a mi edad pedirme que deje de ser tortuga en el ajedrez es como si le hubieran pedido a don Claudio que se fuera a Estados Unidos a felicitar a su compatriota Américo por haber mandado publicar en Buenos Aires España en su historia: cristianos, moros y judíos[ii]. O en México La realidad histórica de España[iii].»

Otro silencio de asombro o duelo de la memoria, vaya uno a saber. Lo cortó el Dr D, aunque deteste los cafés cortados. Levantó la voz para que Carolina lo escuchara desde la cocina, su búnker para hacerse la burra tras sus fechorías de tablero y reloj.

«Ya que está haciendo café, prepare un doble de robusta angolana para Alejo, que se lo ganó en buena ley. Y uno consuelo para Jeque, de arábiga, flojito, edulcorado y largo como purga franquista. Los nuestros amargos, como corresponde. Y disculpe el abuso, Carolina, pero por favor traiga también la botellita de Aguardiente de Orujo Churquera, que se produce en Colonia Caroya pero es hemano del de San Juan de la Nava, que es bien abulense.»

Botellas de aguamiel Churra acompañadas de galletas y un recipiente con salsa.

Los caballitos de orujo no son flojos precisamente. Así que tras el brindis nos despedimos. Me acordé de la embestida del macrismo cambiemita contra los estudios medievales y los medievalistas, con Lino diciendo sandeces a oídos del mundo.

Los académicos extranjeros salieron en defensa de la escuela argentina, con la tradición de Sánchez Albornoz y Guglielmi a la cabeza, lamentaron la ignorancia de la mirada tecnócrata y le recordaron a la nueva derecha que del estudio del feudalismo provienen las claves para entender el origen del sistema capitalista, las instituciones modernas y el régimen político actual.

Parecía que habíamos tocado fondo. Pero no. Tuvimos que olvidar los estudios medievales para vivir ahora mismo una auténtica Edad de Piedra cultural, académica, política y social. Nos escriben colegas desde España y nos dicen, jocosos: “Aquí está vuestro botarate”. Y Lino a la distancia termina pareciéndonos un ignorante menor, casi un desprevenido más.

Dos hombres con orejas de conejo, uno vestido con traje oscuro y corbata roja, el otro en camisa azul y chaqueta oscura, sonriendo frente a un fondo gris.

En fin, así vamos, más que con tiempo eterno, con eterno retroceso. O retorno, a lo Mircea aunque peor. Carolina promete abandonar rápidas y blitz por los efectos evocativos colaterales. Promesa falsa me temo, pero de sana falsedad: si se impusiera la amnesia con la que nos tientan día a día ya no nos quedaría nada.

Estatuas de dos figuras históricas sosteniendo un bastón y un martillo, respectivamente, situadas sobre una campana, con un cielo azul de fondo.


[i] Dos estatuas de bronce de casi tres metros de altura situadas en la terraza de la Torre dell’Orologio en la Plaza de San Marcos de Venecia que golpean una gran campana de bronce con un mazo para marcar las horas. Deben su nombre al color oscuro del bronce envejecido, o bien por similitud con los habitantes de Morea (en la antigua Grecia bizantina). Son il vecchio Oliodoro, el de la derecha, y il giovane Migliabecco, el de la izquierda; simbolizan el tiempo pasado y el tiempo que llega. «En aquel momento martillaron, como lo venían haciendo desde hacía siglos, los “mori” del Orologio…», es una de las tantas citas de Concierto barroco de Alejo Carpentier que podrían traerse a colación. El Moro Viejo (Oliodoro): Su nombre evoca el «aceite de oro» (olio d’oro), una sustancia densa, valiosa y pesada. Representa la sabiduría, la lentitud y el tiempo pasado, por lo que golpea la campana dos minutos antes de la hora en punto. El Moro Joven (Migliabecco): Con un nombre más ligero y burlón, encarna la juventud, la impulsividad y el tiempo futuro. Él golpea la campana dos minutos después de la hora.

[ii] Losada,1948.

[iii] Porrúa, 1954.


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