Por qué celebramos el día de la madre el tercer domingo de octubre

Mientras buena parte del mundo homenajea a las madres en mayo, la Argentina conserva una tradición propia que nació de una antigua celebración católica, atravesó cambios culturales y terminó convirtiéndose en una de las fechas más arraigadas de nuestra vida familiar. Pero detrás de las flores, los regalos y el almuerzo del domingo hay una historia que pocos conocen.

Por Alcides Blanco para NLI

Una madre sonriente sostiene a su hijo pequeño que ríe, rodeados de flores y un fondo de madera.

Cada tercer domingo de octubre, miles de familias argentinas repiten una escena que parece haber existido desde siempre: los saludos apenas comienza el día, los mensajes por WhatsApp, las flores, los regalos envueltos a las apuradas y las mesas familiares que se llenan de anécdotas, discusiones, risas y recuerdos. Para muchos, es una de esas fechas que no necesitan explicación. Sin embargo, basta mirar el calendario internacional para descubrir una curiosidad: mientras en numerosos países el Día de la Madre se celebra en mayo, en la Argentina lo hacemos en octubre. Y no es un capricho estacional ni una decisión tomada para inaugurar la temporada de primavera. La explicación se encuentra en una historia que combina religión, tradiciones importadas, costumbres sociales y la capacidad de una sociedad para convertir una fecha en parte de su identidad.

Este domingo 18 de octubre de 2026 vuelve a cumplirse esa tradición. Pero ¿por qué elegimos precisamente octubre? ¿Quién decidió que el homenaje debía caer un domingo? ¿Y cómo una celebración vinculada originalmente con la religión terminó convertida en una costumbre compartida por familias creyentes y no creyentes, con independencia de sus ideas, sus orígenes o sus formas de vivir?

La respuesta nos lleva casi un siglo atrás, aunque la historia del homenaje a las madres es mucho más antigua.

Una fecha que nació en el calendario religioso

Para entender por qué festejamos en octubre hay que remontarse a una antigua celebración de la Iglesia católica: la Maternidad Divina de la Virgen María, que durante buena parte del siglo XX se conmemoraba el 11 de octubre. La fecha estaba relacionada con el Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431, una reunión fundamental para la historia del cristianismo en la que se afirmó el título de María como Madre de Dios, de acuerdo con la doctrina católica.

Muchos siglos después, en 1931, el papa Pío XI impulsó la celebración de la maternidad divina de María en el marco de los quince siglos transcurridos desde aquel concilio. La conmemoración quedó asociada al 11 de octubre y reforzó una tradición religiosa que ya tenía antecedentes en la historia de la Iglesia.

En la Argentina de aquellos años, gobernada por el general José Félix Uriburu tras el golpe de Estado de 1930, esa referencia religiosa quedó vinculada con el homenaje a las madres. La tradición que se consolidó en el país situó la celebración en el domingo más próximo al 11 de octubre, de modo que el reconocimiento familiar pudiera realizarse durante el fin de semana. Con el paso del tiempo, se impuso el criterio que conocemos hoy: el tercer domingo de octubre.

Conviene hacer una precisión histórica: aunque la relación entre la fecha religiosa y la celebración argentina está ampliamente difundida, los relatos sobre la decisión original no siempre coinciden en sus detalles administrativos. Por eso, no corresponde atribuir a un decreto específico un origen que las fuentes históricas disponibles no permiten establecer con absoluta certeza. Lo que sí está claro es que la tradición argentina quedó ligada a la antigua conmemoración católica de octubre.

La paradoja es interesante: la celebración religiosa que ayudó a dar forma a esta costumbre cambió posteriormente de fecha en el calendario litúrgico, pero el homenaje argentino permaneció en octubre. Cuando una práctica se incorpora a la vida cotidiana, ya no depende exclusivamente de la institución que le dio origen. La familia, la escuela, los comercios y las propias costumbres terminan sosteniéndola.

De una tradición religiosa a una costumbre argentina

La historia del Día de la Madre no comenzó en nuestro país. A comienzos del siglo XX, en Estados Unidos, una mujer llamada Anna Jarvis impulsó una jornada para homenajear a las madres, inspirada en la memoria de su propia madre, Ann Reeves Jarvis, quien había trabajado en iniciativas comunitarias vinculadas con la salud y la asistencia a las familias. El 10 de mayo de 1908 se realizaron celebraciones promovidas por Anna, y la iniciativa ganó popularidad hasta que, en 1914, el presidente estadounidense Woodrow Wilson estableció el segundo domingo de mayo como Día de la Madre en ese país.

La iniciativa se extendió internacionalmente, aunque cada sociedad la adaptó a sus tradiciones. La Argentina tuvo sus propias experiencias de homenaje antes de que octubre se consolidara como la fecha característica. Durante las primeras décadas del siglo XX, distintas asociaciones religiosas, organizaciones comunitarias y agrupaciones de mujeres promovieron celebraciones en mayo y en otros momentos del año. No existía todavía una única costumbre nacional tan arraigada como la actual.

Una de las particularidades de aquella época es que el homenaje no se limitaba necesariamente a entregar un regalo. Las celebraciones podían incluir reuniones familiares, flores, tarjetas escritas a mano, actos públicos y campañas de ayuda para mujeres que atravesaban situaciones de necesidad. El reconocimiento de la maternidad convivía con formas concretas de solidaridad comunitaria, aunque también con las ideas tradicionales sobre el papel de las mujeres dentro del hogar que predominaban en buena parte de la sociedad de entonces.

Con los años, el tercer domingo de octubre ganó terreno hasta convertirse en la fecha que hoy identifica a la celebración argentina. El calendario religioso aportó una referencia inicial; las organizaciones sociales ayudaron a difundir el homenaje, y las familias terminaron incorporándolo a sus propias rutinas. No fue simplemente una fecha impuesta desde arriba: fue también una costumbre que encontró espacio en la vida cotidiana y se transmitió de generación en generación.

¿Por qué nosotros en octubre y tantos países en mayo?

La pregunta surge naturalmente cuando vemos que en otros lugares las madres reciben su homenaje en una fecha diferente. En Estados Unidos, Brasil y numerosos países europeos, por ejemplo, el festejo se realiza en mayo, aunque no todos siguen exactamente el mismo domingo. México lo celebra tradicionalmente el 10 de mayo, mientras que España lo hace el primer domingo de ese mes.

La diferencia demuestra que no existe una fecha universal para el Día de la Madre. Cada país construyó su calendario a partir de distintas influencias históricas, religiosas y culturales. En la Argentina, octubre sobrevivió incluso después de que la festividad católica de la Maternidad de María se trasladara al 1.º de enero en el calendario litúrgico reformado tras el Concilio Vaticano II.

Y ahí aparece uno de los aspectos más interesantes de esta historia: las sociedades no cambian sus costumbres al mismo ritmo que cambian sus calendarios. Una celebración puede perder su vínculo directo con la razón que la originó y, sin embargo, seguir teniendo un significado profundo para millones de personas. Para la mayoría de las familias argentinas, el tercer domingo de octubre ya no es una referencia a una festividad religiosa, sino una fecha afectiva que se reconoce sin necesidad de consultar el calendario.

La primavera también le da un marco particular. Octubre trae días más largos, temperaturas que invitan a reunirse al aire libre y una estación que suele asociarse con el renacimiento y la renovación. Sin embargo, sería un error afirmar que esa es la causa histórica de la elección. La explicación documentada apunta a la tradición religiosa y a la consolidación posterior de la costumbre, no a una decisión vinculada con el clima.

La fecha también adquirió un peso económico. Las florerías, las confiterías, los restaurantes, las perfumerías y los comercios de regalos encuentran en esta jornada uno de los momentos de mayor actividad del calendario familiar. El mercado aprendió a aprovechar el afecto y convirtió parte del homenaje en una oportunidad comercial. Pero reducir la celebración a una operación de ventas sería desconocer la dimensión social que conserva: para muchas personas, es una ocasión para reunirse con familiares que viven lejos, recordar a quienes ya no están o recuperar vínculos que el ritmo cotidiano suele dejar en segundo plano.

Mucho más que un regalo: la memoria familiar

Con el paso de las décadas, el Día de la Madre se transformó en una de esas costumbres que parecen naturales porque las aprendemos desde chicos. En la escuela, con las tarjetas y los dibujos; en casa, con los almuerzos familiares; y más adelante, cuando los hijos crecen y forman sus propias familias, con la continuidad de un ritual que conecta generaciones. La celebración deja de ser solamente una fecha del calendario y se convierte en parte de la memoria de cada hogar.

Pero también es una jornada atravesada por realidades muy distintas. Hay quienes pueden sentarse alrededor de una mesa con sus madres y quienes las recuerdan con una fotografía. Hay madres que reciben abrazos y regalos, y otras que pasan el día trabajando, cuidando a sus hijos o sosteniendo solas una familia. Hay mujeres que son madres biológicas y otras que ejercen la maternidad desde la adopción, la crianza o el cuidado cotidiano. La experiencia de la maternidad no cabe en una única historia, ni responde a un solo modelo familiar.

Por eso, el sentido más valioso de esta fecha no debería medirse por el precio de un obsequio ni por la fotografía perfecta de una reunión familiar. También puede expresarse en una llamada, en una visita, en una conversación pendiente o en el reconocimiento de tantas mujeres cuyo trabajo cotidiano suele darse por sentado. Porque cuidar, acompañar y criar exige tiempo, esfuerzo y una responsabilidad que no desaparece cuando termina el domingo.

La historia del Día de la Madre en la Argentina nos recuerda, además, que las tradiciones no son inmutables. Nacen en un contexto determinado, cambian con las sociedades y adquieren significados nuevos. Lo que comenzó ligado a una festividad religiosa terminó convirtiéndose en una celebración popular que atraviesa generaciones, creencias y costumbres.

Este domingo 18 de octubre, cuando volvamos a escuchar el clásico «feliz día, mamá», vale la pena recordar el recorrido que hay detrás de esas palabras. No siempre festejamos en octubre, ni todos los países lo hacen al mismo tiempo. Pero nuestra fecha tiene una historia propia: una mezcla de tradición religiosa, transformación cultural y afectos que se transmitieron de generación en generación.

Festejamos el tercer domingo de octubre porque así lo estableció una tradición que terminó arraigándose en la Argentina. Lo que le da sentido, sin embargo, no está escrito en ningún calendario: está en los vínculos, en los recuerdos y en el reconocimiento de quienes nos cuidaron y nos acompañaron a lo largo de la vida.


Descubre más desde Noticias La Insuperable

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta