Liren Ding no quiso y Gukesh D pudo: el match por el título mundial de campeón de ajedrez terminó con la inesperada victoria del retador en la última partida tras un garrafal error del maestro chino.

Por Alfonsina Madry, especial para Noticias la Insuperable ·
La décimo cuarta partida del FIDE World Championship 2024 quedará en la historia no solo por haber coronado al campeón más joven de todos los tiempos sino también por el más grueso error del que se tenga memoria en enfrentamientos de máximo nivel.
Cuando las tablas parecían inexorables, mientras el público saboreaba por anticipado el vértigo de un desempate a rápidas, saltó la liebre: sin presión alguna más allá de las inefables brumas mentales que venían atribuyéndosele desde antes del comienzo del match, Liren cometió uno de esos errores que no se esperarían ni de un principiante. Inimaginable, garrafal e inexplicable yerro. Chambonada sin precedentes.

El pasto que Ding le dio a la caterva de miserables con blasones o audiencias que, cual jettatores del éter, daban por cierta su caída –con temprano papelón, para más inri- desde la previa al duelo y le atribuían toda suerte de taras psíquicas, llegó en la fatídica jugada 55, Tf2.

Gukesh no pudo ocultar una súbita alegría, señal que el chino decodificó de inmediato. Iacta alea est: inevitable cambio de alfiles e inminente ruina.

La postal que la caterva esperaba llegó tarde pero, de todos modos, la disfrutaron con relinchos, vítores y mugidos de streaming. El arribo del pasto fresco premió a los famélicos antes del postre de la carroña.
La cabeza gacha de Ding, los brazos en alto de Gukesh, la sonrisa de Arkady y los Reyes en las casillas negras del centro del tablero recorrerán el mundo al tiempo que el ex-campeón, con paso de enfermo, marchará por el camino que va del cadalso al ostracismo.

“Al fin y al cabo”, nos diremos, “es la eterna postal”. Sí, aunque la más sañuda de todas. Más que aquellas en blanco y negro de la década del setenta, cuando los cimientos de la deportividad en ajedrez comenzaron a hundirse a la sombra del match Spassky-Fischer. Más que las que enaltecían la Perestroika en la figura del prepotente Kasparov.
De aquí en adelante, pasados euforia y exitismo, se abrirá un interrogante sobre el trato que recibirá Gukesh D por parte de la crítica occidental. No es el número uno del ranking mundial FIDE, no pertenece al club de elos +2800, no es siquiera el número uno de su país; es adolescente, asiático y se alzó con una corona que le arrebató a otro asiático que tampoco es número uno en nada. En mucho más de lo que surge a simple vista, el flamante campeón es un muy joven alter ego de su predecesor.

¿Cambiará Gukesh de residencia como hizo Vishy por muchos años? ¿Se expondrá a un desenfreno competitivo para sumar elo? ¿Será obsecuente con periodistas e influencers ávidos de pantalla o asumirá el riesgo de la vida recoleta en Chennai? ¿Se sumará al culto a Carlsen, al elogio melifluo para con quien al abdicar devaluó la corona mundial? ¿Reconocerá así tácitamente que usurpa el trono? Los interrogantes se multiplican en torno al ajedrecista adolescente, un título devaluado como lira turca o real y un sistema elo sobrevaluado como peso argentino.
Por el lado de Liren Ding, podría decirse que cosechó sobrias victorias: creció su popularidad a pesar del apaleo continuo de la prensa, se ganó el corazón de la afición infantil y, con sencillísimos recursos, dio cátedra de marketing personal a los expertos.

Como broche de oro, a pesar de su chambonada antológica, por más que sus improvisados biógrafos digan que entrega todo el dinero a su ávida madre, aterrizará en Pekín con los bolsillos repletos, liberado del sambenito que hoy representa la corona que aún refrenda FIDE.
El fantasma de Tf2 lo visitará, no cabe duda, pero más temprano que tarde llegará la reconciliación con el espectro, como la tuvo Karpov por su colgada de calidad agravada por las burlas de su energúmeno rival. El maestro chino es, además, abogado: sabrá mediar entre su conciencia y las fuerzas autodestructivas del sino trágico.

En síntesis, el premio a la obcecación de Gukesh Dommaraju llegó cuando menos se esperaba. De acuerdo con las reglas hoy imperantes, con los criterios de selección e imposiciones organizativas, es un justo, muy justo campeón del mundo. Su espíritu deportivo y corrección son tan loables como los de Ding y Nepo.
Queda mucho por decir y analizar. Este match, que ahora se define como histórico, aunque haya terminado, aún encierra misterios que trascienden los muchos que hubo sobre el tablero.

Lo cierto es que hoy el ahora ex campeón del mundo renunció voluntariamente al natural intento de imponerse con blancas. Se inclinó por la simplificación y la aridez. No quiso complicaciones e, incluso, resignó un peón para construir un escenario de tablas muertas. Gukesh, casi por inercia, hizo lo que venía haciendo: seguir la partida sea como fuere aunque, en el fondo, supiese que no podría ganar. Y hoy sí pudo. Con la bendición de Caissa y un extravío cognitivo de Ding que solo podía creerse viéndolo traducido a real movimiento en la partida, el maestro indio se quedó con todo:
🌟 LA ÚLTIMA PARTIDA 🌟
Imágenes: FIDE
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