Un día en La Campora

Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para Nuestras Voces

Si bien he participado en numerosos actos políticos, nunca lo había hecho en un lugar “cerrado” como lo es el estadio de Racing donde asistí el pasado 16 de octubreal acto de CFK. Hasta ese momento, todas mis experiencias habían sido en espacios públicos, parques y, especialmente, en la Plaza de Mayo de la que, en los últimos años, me he transformado en habitué.

El acto “cerrado” es un desafío aún más importante. El compromiso es otro. Uno va especialmente y no puede disfrazarse de ocasional transeúnte. Vas, sencillamente, porque estás comprometido con lo que allí va a suceder.

Dada mi inexperiencia acepté de agrado la invitación que me cursó una militante de La Cámpora. “Nosotros vamos, si querés venir hay lugar” me dijo en los días previos.

Desde el vamos la cosa es distinta a cuando uno va solo. Por lo pronto, con un horario previsto de que el acto de Cristina arrancaría a eso de las 4 de la tarde, la cita en “la básica” ubicada en La Matanza para tomar el micro era a las 9 de la mañana. ¿Para qué tan temprano? – pensé. Pero yo era invitado así que no lo pregunté. Ya me enteraría con el correr de las horas.

Llegué a “la básica” puntual. Ya había gente y dos micros de eses naranjas escolares aguardando. A algunos de los que estaban allí los conocía por su militancia. A otros no. Pronto eramos varias docenas. Mucho joven, algunos de mi edad, familias con chicos incluídos, tres generaciones de mujeres(abuela, madre e hijas) y otros tantos sueltos como yo. Mientras dos chicas iban de un lado para el otro tomando lista y llamando a los que faltaban para ver si no se habían bajado a última hora, otro que podría ser mi hijo parecía dirigir todo. Finalmente a eso de las 10 subimos a los micros: en el mío éramos 33 (nos cuentan para no olvidarse de ninguno al regreso).

Con la idea que traía de mi niñez de que los más “revoltosos” se sientan en los asientos de atrás de los micros, me ubiqué por adelante del lado del pasillo para poder estirar las piernas. Las butacas, diseñadas para pasajeros más pequeños, eran un atentando a mi corpulencia. A mi lado se sentó “otro solitario” a quien le habían pasado el celular de la coordinadora para que le reserve un lugar. A mi derecha un matrimonio con sus dos hijos pequeños (él milita hace unos meses) y detrás de mí una pareja mayor (setenta y pico) que iban a apoyar a Cristina “por lo que hizo por ellos y por todos los jubilados”. En el fondo, como calculé, se ubicaron los más jóvenes, los cuales estuvieron todo el trayecto aprendiéndose una nueva canción que hablaba del apoyo a “la jefa” con ritmo de Calamaro.

Tomamos Ricchieri y luego la 25 de mayo. De ahí nos cruzamos a Avellaneda hasta “el punto de reunión”. Ahí me enteré que no íbamos a ir con los micros hasta el estadio, sino que éstos se reunían en Mitre y Mujeres Argentinas y desde ahí, caminar… Ya empezaba a entender el por qué salimos temprano. Varios cientos ya se encontraban en la intersección entonando canciones y dándole a los bombos. Los solitarios como yo nos ubicábamos un poco más lejos, cincundándolos, observándolos. Reinaba alegría.

La gente seguía llegando. Habrán pasado 20 minutos cuando el que parecía dirigir todo, el que podría ser mi hijo, se me acercó y me dijo: “Me das una mano”. Sin saber específicamente qué necesitaba le contesté con un “no hay problema”. Y ahí, junto con otros cinco o seis más, rumbeamos para la cancha. La idea era chequear el acceso y que esté todo bien para cuando lleguen las columnas, así que “me perdí” el ir con toda “La Cámpora” al estadio.

Raudamente entramos por la puerta 25 mientras llegaban a mi olfato los aromas de miles de chorizos y hamburguesas asándose, recordándome que no solo no había almorzado, sino ni siquiera había desayunado. Pero parecía no haber tiempo para una parada gastronómica y, si bien sé que lo del “chori y la coca” es un mito, en ese momento no me habría desagradado “el soborno”.

Entramos “al césped”, por llamarlo de alguna manera porque se encontraba cubierto de centenares de cuadrados plásticos encastrables para evitar el daño al pasto. Todavía había poca gente en el estadio; mientras algunos buscaban lugar en las tribunas otros, muchos, se sacaban fotos de pie al lado del arco que enfrentaba al gigantesco escenario que se postraba en el opuesto y de donde se desprendía una pasarela que llegaba hasta cerca de la mitad de la cancha.

Entre tanto miraba para todos lados cautivado por la masa de gente que fluía, no caí en la cuenta que, el que podría ser mi hijo, se había ido para regresar al rato con una chica, también con su remera de La Cámpora, que nos entregó a cada uno de los que conformábamos el pequeño grupo, una bolsita transparente que contenía un chaleco blanco donde se podía leer: “Unidad Ciudadana. Estadio Racing. 16 de octubre de 2017”.

– Andá con él – me dijo el que podía ser mi hijo, señalándome a un cincuentón morocho que tenía uno de esos auriculares que cuelgan del oído conectado a una especie de celular que colgaba en su cintura y que estaba con otros tres de pechera como la que me habían dado.

– ¿Ven esta franja? – nos dijo el morocho, señalando un espacio de unos diez metros de ancho que subía atravesando toda la primera bandeja que se encuentra tras el arco y flanqueada por dos cintas – Pidanlé a la gente que está ahí (unas 15 personas) que se pongan del otro lado de las cintas y que quede libre.

Ahí caí en la cuenta: mis 100 kilos de masa corporal combinados con mi casi metro noventa me habían transformado repentinamente en una especie de “patova”. Y mientras las últimas personas allí apostadas se corrían dos o tres metros para su izquierda o su derecha una tromba de una docena de personas copó el lugar ascendiendo vertiginosamente.

Eran un grupo entre los que, inmediatamente, reconocí a Mariano Recalde, Hernán Letcher y, en el centro, Máximo Kirchner, el que tenía todo su rostro aniñado de un profuso color rojo. Un flaco de unos 30 años que estaba a su lado me miró con cara de auxilio y me pidió que le pida a la gente que lo banque unos minutos. ¿Qué gente? – pensé para mis adentros cuando enseguida vi a medio centenar de personas que, celular en mano, lo señalaban y se dirigían hacia él para sacarse una foto.

Como si fuese una suerte de rockstar, uno a uno, grandes, chicos, hombres, mujeres, niños, desfilaron durante horas para sacarse una foto con Máximo, que ante cada pedido, entre cigarrillo y cigarrillo, mostraba una enorme sonrisa y apuntaba a los celulares con sus dos dedos en V.

Entonces, el otro de pechera y yo, que estábamos ahí, le pedíamos a la gente que aguante 5 minutos que todos iban a tener su foto. Y así sucedió. Como si fuese una suerte de rockstar, uno a uno, grandes, chicos, hombres, mujeres, niños, desfilaron durante horas para sacarse una foto con Máximo, que ante cada pedido, entre cigarrillo y cigarrillo, mostraba una enorme sonrisa y apuntaba a los celulares con sus dos dedos en V. En medio del torbellino y tratando de que la cosa no se desmadre, caí en la cuenta que el otro de chaleco y yo éramos los únicos que lo estaríamos cuidando. ¿Cuidando de qué?

Sinceramente, de que no lo aplasten en abrazos, de que todos puedan tener su foto sin inconveniente, de que le lleguen todos los mensajitos escritos en improvisados papeles que terminaban en el bolsillo de su camisa. Recalde, cada tanto, ligaba una foto, pero la conjunción en Máximo del recuerdo de Néstor y el presente de Cristina se llevaba todas las miradas.

Entre foto y foto, entre canción y canción, agitando su brazo como uno más al ritmo de “somos los soldados del pingüino”, desplegando la bandera, tomando agua y empapando (como hacían todos, como jugando al carnaval) a los que lo rodeaban, pasaron cerca de tres horas.

A eso de las cuatro de la tarde, entre la muchedumbre, emergió “el Cuervo” Larroque. Máximo lo mira sonriendo mientras señalaba un imaginario reloj pulsera en su muñeca. “Vení a la hora que quieras” parece decirle.

Para ese entonces ya había perdido hacía rato a “mi grupo”. Solo veía a uno de los jóvenes del micro, que no se cansaba de gritar y saltar aferrado a una bandera sobre el para-avalanchas situado a unos 10 metros, abajo a mi izquierda. Las fotos seguían. Una nena se acerca al “Cuervo” y le pregunta si puede sacarse una foto. Larroque sonríe y le dice que sí cuando, para su sorpresa, la nena le entrega la cámara y abraza a Máximo; el “Cuervo” sonríe y asume su papel de fotógrafo improvisado con la mayor dignidad. Mientras, el escenario se puebla con los candidatos. Máximo, entre foto y foto se fuma otro rubio, ya perdí la cuenta de los que fumó. Habla Fernanda Vallejos y, cuando finaliza, Máximo parece aprobar con su puño la fuerza de las palabras de su discurso. Le sigue Taiana y, finalmente, su madre; la dueña de la tarde.

Y mientras ante cada palabra todos saltan, cantan y aplauden de pie, su hijo se sumerge en las profundidades. Durante todo el discurso de Cristina, Máximo se sienta, rodeado de piernas que no le permiten ver nada. Se peina el ya escaso y entrecano pelo con las manos, cada tanto cierra los ojos y, esporádicamente, aplaude. En esos veinte minutos (o tal vez más) que habla Cristina, mientras la multitud enloquece, grita y canta a rabiar, él elige el silencio.

Y mientras ante cada palabra todos saltan, cantan y aplauden de pie, su hijo se sumerge en las profundidades. Durante todo el discurso de Cristina, Máximo se sienta, rodeado de piernas que no le permiten ver nada. En esos veinte minutos (o tal vez más) que habla Cristina, mientras la multitud enloquece, grita y canta a rabiar, él elige el silencio.

Cristina se despide y por tercera vez se despliega sobre nuestras cabezas la inmensa bandera de La Cámpora que, como Nino Bravo, jura que mañana volverá. La gente, la inmensa mayoría, comienza a retirarse. Pero no la primera bandeja. Como si nada hubiese terminado, como si la fiesta continuase hasta que ellos quieran, vuelven a entonar sus canciones y a agitar su puño, aún con más fuerza. Máximo es uno más.

De repente el muchacho que yo conozco, el del para-avalancha, le hace señas al hijo de Cristina para que vaya allá, para que salte con ellos. Máximo lo mira al “Cuervo” como desafiándolo: “Te animás”. Larroque no se amilana y enfila con el pecho erguido; Máximo lo sigue y se trepan. Luego irá Recalde. Ya no hay control posible, ya una descomunal alegría invade a todos: gritan, cantan, se ríen, hablan de volver. Yo, mientras, perdido en la multitud, me saco el chaleco de improvisado “patova” y me sumo a la fiesta.

Media hora después, dolorido, abandono el estadio y me sumerjo en el primer carrito de comida que veo. “Dame un chori y una coca”, parezco suplicar, indemnizando al puestero con un billete de cien. Camino como puedo las veintipico de cuadras que me separan del micro y a cada paso recuerdo los codazos, pisotones y patadas que sufrí en mi temporal trabajo de custodia. Asciendo al escolar donde ya estaban casi todos.

El coche se puso en marcha y el silencio ganaba por goleada. A unos dos o tres asientos solo hablaban un par de jóvenes, que quedaban en encontrarse al día siguiente a las 6 de la tarde, después del trabajo, para “hacer cuadrícula”, como ellos le llaman a recorrer las calles del barrio y preguntarle a los vecinos qué necesitan y ver cómo darles una mano.

Suena un mensaje en mi celular. Es un amigo oficialista que sabía que había ido al acto y que me chicanea contándome que en la tele están diciendo que Máximo andaba custodiado por barras de Racing.

A él le dedico esta crónica.

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