Limpios, lindos y malos

“El lugar más caliente del infierno, será reservado a aquellos que mantuvieron neutralidad en tiempos de crisis moral” (Dante Alighieri, La Divina Comedia).

Por José Massoni en Revista Horizontes al Sur

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Ninguna filosofía discute que todo el insuficiente desarrollo del ser humano y de la humanidad que constituye su universal es resultado de la lucha de lo bueno contra lo malo en sus variadas expresiones: la vida contra la muerte, el amor contra el odio, la alegría contra la tristeza, la calma contra la angustia, el altruismo contra el egoísmo, el saber contra la ignorancia, la honestidad contra la corrupción, la franqueza contra la hipocresía, la generosidad contra la codicia, la bondad contra la malicia, lo valiente contra lo cobarde, los antagonismos  justicia/injusticia,  fidelidad/ traición, cuidadoso/ imprudente… y así de seguido todas las innumerables manifestaciones del actuar y del ánimo del hombre que enfrentan lo positivo contra lo negativo para la existencia según modos que se extienden por todo el orbe. La fuente puede ser oriental u occidental, religiosa o atea, racional o mágica, no importa, siempre hay seres palpitantes empujando hacia lo aceptado como los mejores valores para cualquiera, para cada uno, para todos. También están los que tiran hacia lo malo, y los que –aparentemente- no hacen nada.

Tampoco es discutible que todas las sociedades, en todos los tiempos, se organizan primordialmente para subsistir y, por ende, el modo de producir los bienes necesarios moldea el andamiaje, ya sea para lograr buenas cosechas de maíz por los aztecas como producir mercancías en el sistema que hasta ahora llegó más lejos, como lo es el capitalismo. Éste ha sorteado las crisis que son de su esencia con éxito y el  último, de magnitud mundial, fue la implosión de un sistema de acumulación que, en una orilla del mundo desarrollado, partiendo de condiciones paupérrimas y  sorteando el ingrediente capitalista clave de la apropiación privada de la producción social, llegó a convertirse en una potencia que amenazó que ella fuera necesaria, mostrando que sin usarlo lograba un descomunal crecimiento de la igualdad social, la educación, la salud, la ciencia y la técnica. A partir de la caída del campo enemigo, el capital se abalanzó, con inusitada fuerza, a recuperar lo que más le importaba de lo que, a la fuerza, había cedido: pagar el mínimo posible por el trabajo humano creador de riqueza, cualquiera sea ella, material o inmaterial, de todos los niveles, para maximizar sus ganancias en el menor tiempo posible. Con ese fin, habiendo capturado el uso de los inmensos avances de la tecnología –que es trabajo social acumulado- ha crecido desbocadamente y ha creado dramáticas inconsistencias internas y externas.

En lo interno, lograr ganancias máximas con costo laboral directo o indirecto mínimo implica aumento de la producción junto con reducción de la demanda, lo que conduce a excedentes de dinero que terminan en una financiarización de  la economía. Las finanzas toman el control del sistema y se expanden vertiginosamente, alterando el mercado, sus productos y sus protagonistas. En este sentido, el “exceso de liquidez actual en la economía mundial no se utiliza para invertir en la producción industrial, de alimentos, de fuentes de energía o de obras de infraestructura. Al revés, se emplea en la realización de transacciones financieras, que en lugar de contribuir a crear un tipo de riqueza material que satisfaga la demanda de los consumidores, crea, más bien, un tipo de riqueza artificial fundamentado en papeles comerciales… todo eso desborda la imaginación y toda capacidad de raciocinio1.

Los mercados bursátiles funcionan las veinticuatro horas en todo el mundo, realizando transacciones a la velocidad de la luz, la mayor parte de ellas mediante algoritmos que deciden por sí las compras y ventas, en una “timba” global que mueve 6.000 millones de dólares diarios, donde la deuda total de privados y estados es de unos 200 billones de dólares, tres veces el PBI de todos los países sumados. El capitalismo ya no pone el centro en producir bienes, sino dinero con dinero, papeles con papel, símbolos con símbolos.  Así es como tuvo el reventón de 2008, del que no se recuperó ni, en términos de producción de economía real, se recuperará. Cabe preguntarse, esas masas inmensas de dinero de corporaciones o privados ¿adónde va? En enorme medida, hacia otra creación rutilante: las guaridas fiscales, donde se ocultan los nombres, la procedencia de los bienes queda escondida y no se pagan impuestos en los países donde la riqueza se produjo. Puede ser más sofisticado: dos tercios del comercio mundial se realiza en el interior de las trasnacionales que son dueñas del planeta y tienen sedes desparramadas por él. Lo “normal” es manipular los precios de transferencia. ¿Qué es? La multinacional X, desde su comando único de las subdivisiones que  se asientan –con nombres diferentes, o ligeramente cambiados, o el mismo- en distintos paraísos fiscales hace aparecer las ganancias donde los impuestos son más bajos –o mediante préstamos financieros intermedios, logren ser nulos- mientras los costos los emerge donde los impuestos son altos pero se descuentan de los tributos. ¿Se produjo más o mejor mercancía? No, tiene la misma calidad y costó igual. Lo que sucedió es que la corporación se embolsó la parte que legalmente debió entregar al/los Estados como  dinero que le correspondía aportar por la educación de sus técnicos y trabajadores, desde los peones a los técnicos y científicos, la salud de ellos, el uso de carreteras, tierra, agua, seguridad y todo cuanto en la sociedad en su conjunto asume como imprescindible prestación social para la supervivencia de una comunidad organizada. Una “industria” de unos 60 paraísos fiscales se dedica a producir ineficiencia en la economía mundial. Y lo logra. Todos los años se reúne el G20 y declama la necesidad de transparentar los “paraísos fiscales”. Jamás tomaron una medida concreta ni lo harán: el centro mayor de guaridas es Europa Occidental, el segundo la City de Londres y el tercero Estados Unidos.

Las externalidades negativas son pavorosas. Oxfam informó en enero de 2018 que el  82% del dinero que se generó en el mundo en 2017 fue al 1% más rico de la población global y que ocho individuos, cuya lista proporciona, tienen más que la mitad de esos habitantes (3.600 millones de seres humanos). Sus datos son de Forbes y el reporte anual Credit Suisse Global Wealth sobre activos, en especial propiedades -obviamente, los que no están ocultos- menos deudas2. Thomas Piketty evidencia que si el ritmo de divergencia entre los multimillonarios y los demás mortales se aplica a los 1.400 multimillonarios que se detectaron en 2013, el 1,5% de todo el capital mundial que tenían entonces llegaría al 60% al finalizar el siglo, demostrando la tremenda fuerza centrípeta de las grandes fortunas, frontalmente opuesta a la centrífuga que implicaría el famoso “derrame”. El 0,00000001 % de la población sería dueña de más de la mitad del planeta; menos de la mitad, sería para el 99,99999999% restante: un “derramamiento” con efecto asfixiante letal3.

Pero podríamos no llegar a ese extremo por un motivo infinitamente peor: el capitalismo neoliberal (con las finanzas al mando) está creando las condiciones para la desaparición de toda forma de vida en la tierra, incluida la nuestra. Datos duros proporcionan cientos de científicos de 62 países,  nucleados por la Administración Oceánica y Atmosférica de EE.UU, basados en hallazgos relativos al cambio climático volcados en el informe de 2016. Señalaron que, como en 2014, el  2015 superó en temperatura al anterior. Los océanos no logran absorber los gases del efecto invernadero que producimos y la temperatura global sube exponencialmente. El Pacífico Oriental estuvo dos grados más caliente y el Océano Ártico alcanzó un récord de ocho grados más que su media histórica. La capa de hielo del Ártico tuvo el nivel más bajo desde que se empezó a medir 37 años atrás. Algas tóxicas se propagan desde el Pacífico noroccidental hasta la costa de Australia, matando corales, peces, aves y mamíferos. Las especies marinas del Ártico están luchando por adaptarse a las grandes migraciones de competidores atraídos por las aguas cálidas y por comerse la cantidad limitada de comida. Si el hielo de Groenlandia se derrite por completo, como está ocurriendo, su desaparición hará subir los niveles marinos unos siete metros. El 2017 fue más caluroso aún, aunque no alcanzó al 2016, el más caliente de la historia. Se esperan altas tasas de muertes humanas por inundaciones, sequías, incendios forestales y  tormentas violentas, así como más refugiados climáticos, escasez de comida y agua, ésta en especial para los dependientes de los glaciares. Amenaza espantosa es el esperable derretimiento del permafrost –capa de suelo congelada- en Siberia y Alaska: liberaría unas 1.400 millones de toneladas de gas metano (20 veces más dañino que el CO2) que provocaría un cambio climático irreversible y tendría lugar un geocidio, aunque “puede que ya hayamos pasado el punto de no retorno”, como manifestó la reconocida  ambientalista Susan George en un seminario del CIPDH y UNESCO4. George apunta al meollo: el problema real es que enfrentamos a adversarios que no se preocupan en absoluto de los derechos humanos o del cambio climático, que solo quieren una cosa: que todo siga igual para acumular una interminable cantidad de dinero usando todos los recursos disponibles, sin importar los costes para la naturaleza y la vida humanaLa competencia, el éxito, y la meta: el dinero. A eso se reduce el sentido de la existencia. Sobre éste ya siglo medio se escribió que en este sistema “todo se puede comprar y vender. La circulación es como la gran retorta social a la que se lanza todo, para salir de ella cristalizado en dinero.  Y de esta alquimia no escapan ni los huesos de los santos ni otras res sacrosantae extra commercium hominum… el dinero es también una mercancía, un objeto material, que puede convertirse en propiedad privada de cualquiera”5. De este modo, el poder social se convierte en poder privado de un particular. Por eso, la sociedad antigua la denuncia como la moneda corrosiva de su orden económico y moral.

El papa Francisco poco menos que grita desesperado por la suerte de la vida en el planeta. Citando a Paulo VI reitera que los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados por un auténtico progreso social y moral, se vuelven en definitiva contra el hombre. Francisco dice que el calentamiento global se ve potenciado por el patrón de desarrollo basado en el uso intensivo de combustibles fósiles, que hace al corazón del sistema energético mundial. También ha incidido el aumento en la práctica del cambio de usos del suelo, principalmente la deforestación para agricultura, y que el hábito de gastar y tirar de los sectores más ricos alcanza niveles inauditos, mientras que ya se han rebasado ciertos límites máximos de explotación del planeta, sin resolver el problema de la pobreza. Los recursos naturales están siendo depredados por formas económicas inmediatistas; cuando sólo se busca un rédito económico rápido y fácil, a nadie le interesa su preservación. Los efectos sociales son la exclusión, la inequidad, la fragmentación, el crecimiento de la violencia y el surgimiento de nuevas formas de agresividad social, el narcotráfico y el consumo creciente de drogas entre los más jóvenes, la pérdida de identidad. No hay  una mejora de la calidad de vida, al contrario, se aprecia una verdadera degradación social, una silenciosa ruptura de los lazos de integración y de comunión social. Francisco denuncia las causas: “los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente. Así se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas.” Añade Francisco: “deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros, porque seguimos tolerando que unos se consideren más dignos que otros. Dejamos de advertir que algunos se arrastran en una degradante miseria, sin posibilidades reales de superación, mientras otros ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen, ostentan vanidosamente una supuesta superioridad y dejan tras de sí un nivel de desperdicio que sería imposible generalizar sin destrozar el planeta. Seguimos admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos”. Francisco insiste en que las finanzas ahogan a la economía real, que el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social, mientras tenemos un «superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora». Es claro respecto del factor causal del  angustioso presente: el principio de maximización de la ganancia es una distorsión conceptual de la economía, en donde el mercado crea un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos y las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios, creyendo todos que son libres mientras tengan libertad para consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que integran la minoría que detenta el poder económico y financiero. En esta confusión, la humanidad posmoderna vive con angustia. Hace falta volver a sentir que vale la pena ser buenos honestos. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco (cursivas propias).

Escuchemos a un ateo pragmático norteamericano, como lo es Richard Rorty: “Para quienes adoptan el ideal utilitarista de maximización de la felicidad, el progreso moral consiste en ampliar la franja de personas cuyos deseos tomar en consideración” embarcando en esa línea a John Stuart Mill, John Dewey, Jürgen Habermas y todos los filósofos de la democracia social. Del mismo modo, Gianni Vattimo, en “Una ética para laicos” resume las argumentaciones rortyanas postulando que en el ‘900 la filosofía pasó de la idea de la verdad a la idea de caridad: el valor supremo es la concordancia con los demás; y así sostiene que “lo esencial es la búsqueda compartida de la felicidad, la concordancia y, si se desea, también la caridad6.

Volvamos a un creyente profundo, filósofo de estatura indiscutida como lo es Baruch Spinoza: “… No podemos conocer a nadie más que por sus obras. De ahí que quien abunde en estos frutos, a saber, la caridad, la alegría, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, le fe, la mansedumbre y la continencia, ese tal, ya haya sido instruido por la razón, ya por la Escritura sola, ha sido instruido realmente por Dios y es totalmente feliz7.

En 2018 gobiernan en Argentina la oligarquía y los CEOs de las grandes empresas y la banca nacionales e internacionales, quienes aplican sus inexorables leyes del mercado  mediante la perversión de las instituciones republicanas y arremeten con su eficaz aparato de agitación y propaganda monopolizados logrando cambios en la vida social: la competencia, el éxito y al final el dinero como premio, son el fin dorado, el sentido de la existencia. En la lucha mundial por el clima nada puede esperarse del gobierno argentino:  a cuanto lugar del mundo concurre el Presidente ofrece al país como abastecedor de alimentos (terratenientes sojeros y multinacionales agroexportadoras), posibilidades petroleras (el fracking en Vaca Muerta) y explotaciones mineras a cuyas multinacionales  oferta unas extensiones de tierra tales que confirman que seguirá adelante con la modificación de la ley de glaciares, letal para éstos y la vida que ellos depende. A cambio de esta inmensidad, la cual determina un modelo de país agroexportador y extractor de materias primas sin valor agregado, sólo existen tres proyectos de energía eólica, por cuya venta está denunciado ante la justicia porque consistieron en un favorecimiento enriquecedor del holding de su familia. Nos van a vender nuestro viento, de paso con corrupción dirigida a sus bolsillos. La incidencia sobre el cambio de paradigma es, por lo demás, ridícula: hoy se producen 8 MG eólicamente, los tres contratos cuestionados, si se perpetraran, sumarían 1700 más; en 2015 la potencia de electricidad instalada era de 33.150 MG y con un ministro de energía con pasado de CEO en la empresa Shell y las ofertas del Presidente a los petroleros mundiales está claro qué es lo que crecería. Respecto de nuestra responsabilidad como terrestres, no vamos por el buen camino imprescindible, nuestros dirigentes toman el malo.

Entre la vida y la muerte, eligen las ganancias de las clínicas médicas privadas desfinanciando y desmantelando la salud pública con despidos y eliminación de programas estatales tanto asistenciales como preventivos o de control de sanidad; y  las de las corporaciones farmacéuticas eliminando entregas gratuitas de remedios esenciales a los jubilados por el PAMI, permitiendo la más libre fijación de precios de los medicamentos –que tienen demanda inelástica- , reduciendo la asignación universal por hijo y las jubilaciones y eliminando el plan Remediar – que fuera calificado como el mayor programa del mundo de provisión gratuita de medicamentos ambulatorios- destinado a la población por debajo de la línea de pobreza y sin seguridad social.

Entre el amor y el odio, con audacia eligen el odio. Contra los pueblos originarios, los marginales, los villeros, los menores delincuentes probados o no, pero por sobre todo contra quienes hayan participado o aprobado, o lo hagan ahora, a los gobiernos de 2003/2015, enemigos abyectos cuya ideología de construir un estado fuerte, democrático, nacional y popular que pretendiera disminuir las desigualdades sociales y no obedecer ciegamente a los dictados del capitalismo internacional generó una “brecha” maligna que debe cerrarse a cal y canto.

Entre la alegría y la tristeza, eligen la segunda, en su versión aguda de angustia. Los argentinos padecen políticas –que muchos siguen aprobando- que los puso en la incertidumbre sobre si continuarán con su trabajo, en la certeza de que lo perdieron, en la ansiedad por saber si llegarán a fin de mes; dos millones y medio tienen la seguridad que no alcanzan a comer (si sólo comen y no hacen ningún otro gasto). Intuyen –nadie se los informa- que la situación empeorará, los sueldos y las jubilaciones irán detrás de la inflación que no se detendrá, se avizora un futuro peor para ellos, y sobre todo, para sus hijos.

Entre altruismo y egoísmo, son explícitos. El modelo es el triunfo personal, a como dé lugar, valorado en bienes que se miden en dinero. La patria soy yo, no el otro. El otro que se las arregle, es su problema. De ninguna manera participar en grupos sociales o económicos de colaboración para beneficio del conjunto, tal conducta es de perdedores. Puede, eventualmente, para pocos, constituir una distracción funcional al vacío existencial, pero nunca más allá.

Saber o ignorancia: con ímpetu, promueven la ignorancia. Desfinancian al CONICET, disminuyen la cantidad y los montos de los subsidios para investigaciones, los pagan con destructivos atrasos, dejaron de promover la repatriación de científicos; acosan a la escuela pública librando una cerrada guerra contra los maestros y en especial contra sus ingresos -que ya estaban debajo de la línea de pobreza- y tienen una política activa de destrucción de sus sindicatos; están destruyendo las orquestas sinfónicas, la producción de cine argentino, la televisión pública y en especial han cancelado sus muy buenos programas culturales. En este ambito, resulto fundamental la destrucción de la ley de medios para lograr el monopolio mediático y mentir y desinformar durante todo el día ( y todos los días).

En punto a franqueza, son maestros de la hipocresía. Partieron de un fraude electoral: hicieron exactamente lo contrario a lo que prometieron. Pero después, sus actos han tenido  y garantizan sostener el mismo contenido, sin faltar a uno, en favor de los más ricos, de la oligarquía, de las grandes corporaciones internacionales y alguna nacional, superlativamente de los bancos especialmente extranjeros, y ninguna –ni una- en favor del pueblo. A veces condescienden a dar alguna explicación: mejor no lo hicieran. Duchos en el engaño y la mentira más ramplona, no les importa que se advierta, pareciera que les place que obnubile por incredulidad o exasperación.

Generosidad y codicia. Recordaba el papa Francisco la doctrina social de la iglesia católica según la cual “la política es una de las formas más elevadas de la caridad, porque sirve al bien común”. Los políticos que una mayoría de ciudadanos–muy exigua- eligió para gobernarnos ha demostrado sin pruritos que son un grupo de millonarios que ante todo utilizan el Estado –es decir, a nosotros- para enhebrar un negocio multimillonario tras otro, en favor personal o de amigos, parientes, o grupo de pertenencia social y económico. Muy pocos ejemplos entre los más notorios: maniobrar para el intento –no abandonado- destinado a condonar una multimillonaria deuda de  la familia del Presidente al Estado; modificar inconstitucionalmente el decreto reglamentario de la ley sobre régimen de sinceramiento fiscal, permitiendo a los familiares blanquear fortunas colosales; dejar flotante la cotización del dólar sin previo aviso, provocando una pérdida considerable al Banco Central, con aprovechamiento de los funcionarios que la decidieron;  endeudar astronómicamente a la Nación, a velocidad inusitada y sin precedentes, comprometiendo por mucho mayor tiempo que el de su mandato la independencia nacional; en lo personal, considerar natural manejar sus bienes mediante guaridas fiscales, cuando menos escamoteando ese dinero al pago de gravámenes para utilización social; de igual manera, estimar lógico atesorar sus fortunas en el extranjero. Por supuesto, desmontar todos los mecanismos de control y asegurarse una oficina anticorrupción que convalida sus actos, incluidos los conflictos de intereses de los integrantes del gabinete con las corporaciones a las que pertenecieron o particulares con los que interactúan.

Sobre la elección entre bondad y malicia sobra con lo precedente; entre cobarde y valiente solo cabe recordar la actitud genuflexa, vergonzosa, ante los poderosos del mundo, mendigando inversiones, y al mismo tiempo ofreciendo una política extractivista de nuestros recursos naturales; sin dejar de lado la postura tomada ante la misma Gran Bretaña, traicionando la causa de Malvinas. No escapa aquí la traición al juramento de asunción del gobierno, ni a los intereses de la Patria y el pueblo, cientos de veces.

¿Imprudentes en lugar de cuidadosos? No cabe esa generosa calificación para, por ejemplo, la magnitud y velocidad del endeudamiento externo, que realizan deliberada y concienzudamente para extrañeza de los mismos centros financieros mundiales (que no dejan de aprovechar el regalo).

¿Justicia en lugar de injusticia? El mismo Presidente dijo que quiere jueces “propios” y lo están haciendo a toda marcha con juicios políticos a los magistrados que no responden a las instrucciones del Ejecutivo;  se  demoró con artilugios durante horas la incorporación de un Senador Nacional al Consejo de la Magistratura para evitar que vote contra el juicio político a un juez de la Cámara Federal; se disponen prisiones preventivas en procesos inconsistentes cuando no median riesgos de fuga ni de perturbación de la investigación en supuestos delitos cuya prueba es toda documental y la tienen los jueces; el primera mandatario expresó que a unas 650 personas que le molestan las mandaría en un “cohete a la luna”, que los abogados laboralistas son un grupo de mafiosos, acto seguido a la calumnia realizada a los largamente respetados jueces de cámara del fuero del trabajo por el contenido de sus sentencias favorables a trabajadores; se detiene a opositores con asistencia fílmica para mostrarlos descalzos y en pijama en la televisión con la disculpa del juez porque estaba “presionado”, o exhibirlos en los medios masivos absurdamente disfrazados con excusa de seguridad; denostar mentirosa y despiadadamente a la procuradora general nacional –de extensa e impecable carrera- para obligarla a renunciar;  impulsar una ley de Ministerio Público contra la Constitución que lo somete a la voluntad del Ejecutivo; mantener por ya más de dos años presa sin motivos a la dirigente social Milagro Sala y a sus compañeros mientras la Corte Suprema no resuelve desde hace muchos meses su clara situación de presa política cuando los casos con detenidos se tratan con prioridad en todos los tribunales. Y así decenas, centenares de asuntos abordados desde una injusticia tan tosca como premeditada.

No continuemos, no hace falta. Sin duda, más allá de las posiciones políticas, de las ideologías, desde la perspectiva de la moral y ética más elementales, base de la convivencia humana, estamos gobernados por una facción de malas personas, de mala gente.

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  1. El País, España, 09/7/2016 
  2. BBC, 22/01/18 
  3. Piketty, Tomas, El Capital en el Siglo XXI, FCE, cuadros de págs. 478/9 y nota 5 al pie 
  4. Conciencia: Diálogo Interreligioso, Intercultural y Cambio Climático”, Buenos Aires, septiembre de 2016 
  5. Marx, El Capital, pág. 89, con transcripciones ad hoc de Shakespeare y Sófocles 
  6. págs. 12 y 13. 
  7. Tratado Teológico Político, pág. 168 

http://horizontesdelsur.com.ar/limpios-lindos-y-malos/

 

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