Desandando

La restauración de los derechos de la memoria es un vehículo de liberación. Sin la liberación del contenido reprimido de la memoria, sin la liberación de su poder liberador la sublimación no represiva es inimaginable (…) El tiempo pierde su poder cuando el recuerdo redime el pasado”

-Herbert Marcuse-

Por María Cristina Derdoy para La Insuperable

Desandar años en la existencia de alguien no es tarea fácil, menos si es la propia.

Quiero hacerlo porque puedo, porque mis manos, mis ojos y mi memoria me lo piden.

El próximo 24 de marzo se cumplen 42 años de la instauración de la última dictadura cívico militar que asoló nuestro país.

El primer recuerdo que asoma tiene que ver con el olfato: mi madre me despertó y llegó a mi nariz el aroma del café y tostadas.

La voz de ella me llamaba y a la vez me comunicaba: Golpe de estado, cayó Isabel, ¿qué va a ser de ustedes?

Todo junto en ese momento en que las brumas del sueño todavía anidan en el cerebro y lo único despierto es el olfato percibiendo la llamada del café y las tostadas.

Cuando logré salir de la cama, previo paso por el baño; llegué al comedor pequeño del departamento mínimo y allí estaba mi madre con el mate en la mano, preguntas martillantes y miedo, angustia, desamparo en los ojos.

Todo junto… la voz de ella, la radio con sonidos marciales, la voz del locutor pronunciando…Comunicado N°….

No recuerdo el número del bando militar a esa hora temprana, casi madrugada.

Estaba aún tratando de asomar el sol sobre el mar de otoño en esa costa atlántica desierta por la época del año.

Se veía una bruma liviana que desdibujaba el horizonte marino, se sentían las primeras brisas húmedas y frías.

Las calles desiertas, silenciosas, opresivas como la noticia recibían esa mañana del 24.

Otra vez… recordé vagamente el 55.

Tenía cuatro años y asomada a la ventana en ese cuarto piso veintiún años después evoqué a mi padre enfrentarse serenamente a la furia de vecinos amigables hasta ese momento.

Golpeaban las puertas de la casa y gritaban: ¡Cayó Perón! ¡Cayó Perón!

Mi viejo, el vasco carpintero del barrio trataba amablemente de que cesaran con esa violencia

El otro fue más vívido: año 1966: Derrocamiento de Illia.

Otra casa de pueblo, banda militar, comunicado castrense de la llamada Revolución Argentina. Tenía 15 años.

Le sucedieron otros representantes militares hasta 1973: Cámpora al gobierno y Perón al poder.

La primavera democrática duró poco, porque en ese 1976… otra vez!!!.

Mi madre me interrogaba ¿qué van a hacer? ¿qué va a pasar?

Interrogantes que no podía contestar del todo, lo hacía desde: tal vez no pasa nada, quizás, no te angusties…

Sabía del riesgo, los militantes eran “el blanco móvil”, era la posibilidad de caer en manos de los dictadores.

Cuidarse de hablar de salir, de domicilios.

Olvidarse de nombres, desconocer caras conocidas.

Deshacerse de libros, agendas, escritos.

Borrar toda identificación posible. La clandestinidad era nuestro distintivo desde hacía tiempo.

Ahora había que sumarle la zozobra de esperar que no pasara nada o que pasara todo.

Pasó todo y más…

Compañeros y compañeras desaparecidos, torturados y asesinados.

Persecución y muerte.

Persecución y detenciones clandestinas.

Siete años y siete meses pasaron hasta la recuperación de la democracia.

El viento de la libertad, tímidamente soplaba en brisas que trataban de curar tanto dolor.

Es catártico desandar de a poco esa parte de la historia: 24 de marzo de 1976; se iniciaba la noche más larga y cruel en la vida del pueblo.

Artistas, intelectuales, obreros, dirigentes sociales, dirigentes sindicales y todo el espectro democrático fueron violentados de mil formas posibles.

Fue la violencia estatal amparada por civiles y comulgada por cierto sector de la iglesia, la que imperó y dañó de forma infame a los que actuaban y pensaban diferentes.

¿Cuál es la justificación de la tortura?

¿Cuál es la justificación del asesinato?

¿Cuál es la justificación del robo de recién nacidos?

¿Cuál es la justificación de la violación de mujeres?

¿Cuál es la justificación de las desapariciones?

¿Cuál es la justificación de las tumbas NN?

¿Cuál es?… Y así podría llenar páginas y páginas de interrogantes.

Somos unos cuantos que logramos escapar de las garras de la muerte en esos centros clandestinos, donde el final era inevitablemente morir.

Y esos cuantos tenemos la obligación de comunicar lo que pasaba.

De no callar la verdad en esta época tan plagada de “pos verdades”.

Cuando está flotando en el aire por enésima vez la mal llamada reconciliación y perdón.

¿Qué reconciliación? Difícil pueda perdonar a aquellos que no han mostrado arrepentirse de lo hecho, al contrario, siguen esgrimiendo que fue un servicio a la Patria.

Sin guardar odio ni rencor, porque es parecerse a los que fueron capaces de tanto dolor.

Ejercer la MEMORIA, que es “donde todo está guardado” como dice León

Hablar, escribir, contar es sanador y educativo.

Para que NUNCA MÁS suceda.

Es un deber a cumplir, porque como escribió Miguel Hernández:

Porque soy como el árbol talado, que retoño

y aún tengo la vida

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