La vuelta al mundo en dos cuarentenas

Por Ficcional para Noticias La Insuperable ·

La idea de recrear la dinámica vital desde la quietud es uno de los anhelos que atraviesa este periodo de pandemia que no se sabe cuándo terminará. Desempolvar libros y navegar el ciberespacio son recursos conocidos e ineludibles cuando el universo personal queda reducido a un ínfimo territorio.

Poco a poco la virtualidad va adueñándose de nuestros días. El distanciamiento, la reclusión voluntaria y las nuevas rutinas le dan a las relaciones o actividades  mediadas por la tecnología comunicacional una preponderancia que tiende a hacerse costumbre. Las coordenadas espacio-temporales crujen. El Covid se adueñó de los lugares compartidos, de las calles, de las fronteras y de los caminos.

Los únicos viajes que no inquietan en el contexto pandémico son los de los bits en el éter. Los otros, si se imaginan, cada vez se parecen más a los sueños. Si es imprescindible hacerlos, se convierten en pesadilla. Nadie se atreve a asegurar que todo volverá a ser como antes era. Las tierras lejanas son hoy por hoy, como antaño, casi una ilusión.

El ánimo de cada jornada determina si este arduo presente se considera un paréntesis que pronto se cerrará o no, si se vive una provisionalidad que más temprano que tarde caerá en el olvido o si, en realidad, se trata de un hito que, como la caída de Constantinopla o la Revolución francesa, será la marca convencional de una edad naciente que cambiará tanto la historia como la cotidianeidad e influirá en las cosmovisiones por venir.

La especulación está a la orden del día. Un pequeño logro de la ciencia, una cifra pavorosa o una imagen se convierten con rapidez en la base de cualquier argumentación predictiva. Las opiniones recorren un mundo sin turistas ni mochileros, sin el boca a boca del bar, de la reunión festiva, de las esperas de aeropuerto.

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Ahora las crónicas, relatos y diarios, la evocación e impresiones de los viajeros se han revalorizado como géneros de la nostalgia. El acercamiento a otras costumbres, culturas y paisajes se paladea como ensueño, como el arte del movimiento o la contemplación que fue privilegio de una forma de vivir la pluralidad del mundo que ya parece lejana.

El trotamundos tiene que conformarse con esa metáfora de los medios de locomoción que representan los teléfonos inteligentes y las computadoras. Los libros también tienen su lugar en este periplo de la quietud.  Abundan los viajeros sin equipaje, los navegantes de escritorio y los lectores de patio o balcón.

Sin embargo, estos relatos de viajeros de los que arriba se hablaba vivifican la espera de manera singular porque recuerdan lo que tiende a olvidarse con facilidad: la diversidad atraviesa la vida en todas sus formas y el mundo es mucho más ancho, profundo y complejo que los recortes que los medios nos ponen frente a los ojos reiteradamente. Las miradas, a pesar de todo, encuentran la manera de resistirse al anclaje de la perspectiva única.

En la revista en línea  Escaramuza, por ejemplo, el artículo Boleto literario: lecturas para recorrer el mundo se abre con la frase “Hacemos turismo literario y nos movemos por el mundo sin salir de casa.”. Se trata de una selección de obras de ficción y no-ficción en la que se reseñan “10 libros que incluyen diarios, mapas, reflexiones sobre el camino y alguna receta nutritiva para seguir el viaje” de autores como Bioy, Moravia o Kerouac. Puede verse en https://www.escaramuza.com.uy/paratextos/literatura-y-viajes/item/boleto-literario-lecturas-para-recorrer-el-mundo.html

Pero más allá de lo clásico y, en cierta forma, conocido, tenemos experiencias de personas que sin el oficio literario a cuestas han transitado el mundo atentas a la biodiversidad y a las manifestaciones culturales que la porfía en estandarizar lo humano eclipsa. Muchas veces los relatos de sus vivencias se entrecruzan con los trabajos o proyectos de divulgación que los ocupan.

Por ese camino llegamos hasta Antonio Ordóñez Valverde, trotamundos y amante del reino de los insectos al que nunca dejó de asombrar la biodiversidad del planeta. Hablar de su enorme tarea de divulgación excedería los límites de este artículo. Pero prometemos uno que, si conseguimos que nos asista, refleje la calidad y extensión de su trabajo. Sólo decir que comenzó en los albores de Internet con un sitio de amplia proyección llamado Insectarium Virtual.

Pudimos descubrir algunos de sus apuntes –suponemos que hay muchos más- en el sitio de “Reflexiones y contenidos sobre medioambiente, viajes y naturaleza” enlafloresta.org.

Dejamos aquí como muestra un breve fragmento de uno de sus textos (Mongolia,  agosto de 2018): “Un mongol más bien flaco y ataviado con  el derz tradicional se dirige solemne al micrófono y entonces, lo que parecía iba a ser un soporífero recital de música ininteligible parecida al sonido de fondo de un restaurante asiático, da un giro cuando el joven abre la boca y retumba en todo el auditorio un sonido que nunca antes había escuchado, una especie de canto profundo y lleno de infinita nostalgia, de poderosa presencia que de alguna manera pone una banda sonora a lo que vendría después: la inmensidad mongola, los horizontes infinitos de montañas lejanas y las siluetas de jinetes vagando en un paisaje infinito.”.

Lo cierto es que Antonio es un viajero que en la actualidad, como cualquier hijo de vecino, cumple la cuarentena junto a su familia en la casa que habitan en las afueras de Madrid.

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