Ajedrez y literatura: Auster, Coetzee y algo más

Por Ficcional para Noticias La Insuperable ·

La relación no es desconocida ni novedosa: a lo largo de su historia, la literatura se ha llevado muy bien con el ajedrez. Desde la presencia en una simple comparación -o la predecible metáfora- hasta su centralidad en una obra narrativa, desde lo marginal hasta lo esencial, el milenario juego  ha dejado su huella en páginas que disfrutaron innumerables lectores y en producciones cinematográficas de dispar éxito.

Son muchos los recorridos artísticos que podrían realizarse. Las obras literarias, los personajes, sus creadores, las transposiciones… Los filósofos, cineastas, pintores y artistas en general que se acercaron al ajedrez fueron multitud. Un itinerario variado es, por ejemplo, el que propone el periodista mexicano Hugo Vargas en Fianchetto. El ajedrez como una de las bellas artes. Se trata, claro, de un recorte dentro de un universo de difícil reducción.

Pero la existencia de esta relación ya tradicional, casi siempre amable, poco conflictiva, no ha inhibido a grandes escritores a la hora de analizar desde una perspectiva crítica la influencia negativa que la práctica del ajedrez podría ejercer sobre algunos aspectos de la personalidad, el pensamiento e, incluso, la conducta de aficionados –o profesionales- a los que muchas veces obsesiona.

J. M. Coetzee y Paul Auster abordaron el tema en su intercambio epistolar de 2009. Las cartas a las que nos referiremos pueden encontrarse en el libro Aquí y ahora: cartas 2008-2011[1]. Ambos se focalizaron principalmente en la competencia y, a partir de la narración de una experiencia concreta del nobel sudafricano[2], desgranaron duros conceptos que podrían sorprender a quienes ven en el ajedrez una panacea universal sin claroscuros.

Coetzee, apoyándose en los estados mentales –ofuscación, furia, desinterés por el entorno- que él mismo había experimentado tras empatar una partida que pensaba podía haber ganado, concluía que no le gustaban “las formas del deporte que imitan demasiado fielmente a la guerra, en las que lo único que importa es la victoria y la victoria se convierte en una cuestión de vida o muerte”.

Auster, en su respuesta, calificaba el relato de la partida de su colega más la descripción de sus posteriores consecuencias psíquicas como “historia de terror”, y justificaba haber abandonado la práctica ajedrecística por una cuestión de salud mental: “Es sin duda el juego más obsesivo que ha inventado el hombre, el más perjudicial para la mente.”.

Estas afirmaciones despertaron en su momento algunas críticas, como las del periodista especializado en ajedrez Federico Marín Bellón: “Paul y John no supieron reconducir la pasión; a sus mentes analíticas les faltó sentido común para saber disfrutar de un juego que, incluso como espectador o sin pasar del simple ejercicio de resolver problemas, es el más bello y profundo que existe.”. En el mundillo del ajedrez los reflejos defensivos nunca se hacen esperar.

J. M. Coetzee y P. Auster

Ambos escritores reflexionaban en base a sus vivencias como aficionados de más de medio siglo atrás, época en que las computadoras aún carecían de peso en el ámbito del ajedrez. Sin embargo, esta visión de la competencia que perturba a posteriori puede rastrearse hasta llegar al momento en que la tecnología se acopla en forma contundente al análisis de las partidas.

La letra de la reciente canción de Juga di Prima, Oh Capablanca,  bien podría considerarse como intervención poética que actualiza una problemática que parece persistir a pesar de los cambios formales: las tribulaciones mentales posteriores a una derrota difícil de digerir racionalmente. La cantautora chilena, con olfato refinado, le da a Stockfish[3] un lugar clave en la composición. Carolina Príncipe, en la sección Ajedrez de NLI, realiza un extenso análisis de Oh Capablanca.

El remanso entre febriles actividades de investigación que constituye para el legendario detective de Chandler, Philip Marlowe[4], la presencia del tablero y los trebejos -detenidos quizá en alguna posición de partida memorable- que lo aguarda en su departamento es la imagen contrapuesta  a la crispación neural sin fin que rodea a la competencia.

El ajedrez no competitivo existe, desde luego, pero es poco lo que se habla de él. La imagen del solitario detective frente a las piezas es un reflejo parcial de ese aspecto casi inexplorado del juego. O al menos tan escasamente difundido. La idea de los tres resultados posibles se impone. Y ya se vio que el empate no es precisamente símbolo de paz de espíritu. El mismo personaje de Chandler se ve obligado en más de una ocasión a explicar que no siempre es necesario tener enfrente un rival para disfrutar de las bondades del juego que tanta creatividad ha generado dentro y fuera de los tableros escaqueados.

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Fernando Pessoa

Los jugadores de Ajedrez

Fernando Pessoa

Oí contar que otrora, cuando Persia libraba no sé cuál guerra, cuando la invasión ardía en la ciudad y las mujeres gritaban, dos jugadores de ajedrez jugaban su juego continuo. A la sombra de amplio árbol miraban el tablero antiguo y, junto a cada uno, esperando sus momentos más holgados, cuando había movido la pieza, y ahora esperaba al oponente, un búcaro con vino refrescaba su sobria sed.

Ardían casas, saqueadas eran arcas y paredes; violadas, las mujeres eran puestas contra los muros caídos; atravesados por lanzas, los niños eran sangre en las calles. Pero donde estaban, cerca de la ciudad y lejos de su ruido, los jugadores de ajedrez jugaban el juego del ajedrez.

Aunque con los mensajes del yermo viento les llegaran los gritos y, al pensar, supiesen desde el alma que por cierto las mujeres y las tiernas hijas eran violadas, en esa distancia próxima, en el momento en que lo pensaban, una sombra ligera les pasaba por su frente ajena y vaga… pronto sus ojos tranquilos volvían su atenta confianza al viejo tablero.

Cuando el rey de marfil está en peligro, ¿qué importan la carne y el hueso de las hermanas y de la madre y de los niños? Cuando la torre no cubre la retirada de la reina blanca, el saqueo poco importa. Y cuando la mano confiada pone en jaque al rey del adversario, poco pesa en el alma que allá lejos estén muriendo hijos.

Aunque, de repente, sobre el muro surja la sañuda cara de un guerrero invasor, y pronto deba ensangrentado caer allí el solemne jugador de ajedrez, antes de ese momento —es aún dado al cálculo de un lance para el efecto horas después— se entrega todavía al juego predilecto de los grandes indiferentes.

Caigan ciudades, sufran pueblos, cesen la libertad y la vida, los bienes heredados y protegidos ardan y que sean arrebatados, mas cuando la guerra interrumpa la partida, esté el rey sin jaque, y el peón de marfil más avanzado dispuesto a tomar la torre.

[Firmado con su heterónimo Ricardo Reis, «Os jogadores de xadrez» en: «Odes de publicaçao póstuma», 1935-1994 ]

[1] Buenos Aires, Anagrama & Mondadori, 2012.

[2] Carta de J. M. Coetzee del 6 de abril de 2009, págs. 57-59.

[3] Módulo de análisis computadorizado de gran potencia.

[4] “Tengo algo de lobo solitario, no estoy casado, ya no soy un jovencito y carezco de dinero. He estado en la cárcel más de una vez y no me ocupo de casos de divorcio. Me gustan el whisky y las mujeres, el ajedrez y algunas cosas más. Los policías no me aprecian demasiado, pero hay un par con los que me llevo bien.” (Raymond Chandler, El largo adiós, 1953)

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