Espiar fascina

Por Silvina Belén para Noticias La Insuperable ·

El espionaje está en boca de todos. A los gritos -o con vergonzantes temblores y en voz baja- se comentan las revelaciones de cuatro años de fisgocracia.  Si no fuera por las heridas irreparables que causó a tantas personas, se diría que asistimos a la publicación del texto de una comedia urdido por un voyeur con ínfulas de estadista. En fin: una tragicomedia a la que no le faltan siquiera sus Calixtos, sus Celestinas y sus Melibeas.

Sin las amarguras que podría suponer intentar predecir hasta dónde llegará la justicia o cuántos serán los escarmentados por tanta tropelía llevada adelante con derroche de gastos reservados, la excusa es buena para abordar la fascinación que desde los tiempos de la guerra fría –antes incluso- despierta el espionaje, sobre todo si está bien mezclado con racismo, xenofobia, sacralización de desigualdades,  prejuicios, creación de demonios y placer en deshumanizar al diferente.

Por capricho de soberbia consciente o inconsciente, el Señor 5, pope de la controvertida AFI (ex SIDE) de Cambiemos, estaría dos números antes del personaje considerado –con reservas que más abajo veremos- precursor de los espías: James Bond, la creación del inglés Ian Fleming, conocido como agente 007. Cabe aclarar que la emperatriz de la inteligentzia cambiemita tenía el 8.

El carácter de las narraciones que protagoniza Bond, la manera de presentar a los enemigos del orden natural del mundo que él tendrá el placer de derrotar y los motivos reiterados a lo largo de las novelas en que interviene 007 se convirtieron en una exigencia del público consumidor de la narrativa de espionaje en libro o pantalla grande. Pasó Fleming así a convertirse en sinónimo del género.

Para la historia de la literatura y para la evolución de la novela policial y de suspenso las cosas no son tan favorables a Fleming por más que haya sido un “súper-ventas” en vida y después de ella. El lugar destacado es, en verdad, para Eric Ambler, el autor de La máscara de Dimitrios, renovador en base a calidad de la novela negra y precursor de la de espionaje y suspenso en lengua inglesa.

Aunque el talento de Ambler no haya caído en el olvido de lectores y especialistas, la hegemonía de Fleming en el imaginario del espionaje se impuso por haber despertado en el público un singular apego a que el villano de turno fuera persona ajena a la cultura anglosajona, de impuro origen e inmundas costumbres.  

Y que el espía británico se viese más como un justiciero adinerado –James Bond disfruta de grandes lujos, incompatibles con el salario de un agente público, aunque nunca en las ficciones que protagonizó se diera a conocer el origen de sus altos ingresos- que como un simulador al servicio de la corona, más como un héroe solitario, exquisito en su eficiencia, que restablece el orden del mundo que como engranaje de un oscuro sistema de espionaje institucionalizado.

Bond

Una de las mañas de Fleming para darle verosimilitud a sus relatos caía muy bien en el público consumidor: la referencia a conocidas marcas de productos en sus narraciones era una constante que muchos han visto como oportunas pinceladas de simpático realismo. Mucho no se dice, sin embargo, de recursos tales como azuzar fobias, prejuicios y arbitrarias discriminaciones, constantes mucho menos simpáticas por cierto.

El millonario Bond, que sin necesidad económica servía a la patria isleña y a occidente para la limpieza de feos y sucios, bien podría tener su contrapartida a imagen y semejanza de cualquier país al que se porfía en incorporar al bananerismo. La fisgocracia que imperó en la Argentina del cambio, sin ir más lejos, no debería sorprender a nadie: los antecedentes del voyeur en jefe eran archiconocidos, aunque nadie sospecharía que nacieron por un apego a los libros.

Así que si en estos momentos de retiro hogareño obligatorio la avidez por el suspense del espionaje se le ha despertado a fuerza de noticias que se imponen a pesar del esfuerzo de cierto periodismo venal por soslayarlas, desde esta columna invitamos a la lectura de Ambler  –al pie encontrarán un párrafo de La máscara de Dimitrios-  y a la postergación de Fleming: bastante ya tenemos por ahora con los remedos vernáculos de 007 a la medida del subdesarrollo soñado por el gran fisgón y sus esbirros con gastos reservados.

Para madame Chávez tanto el camino de ida hacia Buenos Aires como el de regreso habían estado pavimentados de oro, con la mayor de las liberalidades. Turca de nacimiento, poseedora de una notable belleza, se había casado y divorciado con éxito de un rico argentino, negociante de carnes; con parte de las ganancias obtenidas en tales transacciones, madame Chávez había comprado un pequeño palacio que en otros tiempos había sido la residencia de una rama menor de la realeza turca. Remoto, aislado por un camino de acceso poco frecuentado y difícil, el palacete dominaba una bahía de fantástica hermosura, y fuera del hecho de que el abastecimiento de agua limpia resultaba insuficiente para servir incluso a uno solo de los nueve baños con que contaba, estaba exquisitamente equipado.

La máscara de Dimitrios, Eric Ambler

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