Encuentros con Judit

Qué mundo maravilloso (V) | post Ajedrez ♟ Olímpico en Budapest 🎞🎵🎬📚

Por Polgarcito para Noticias La Insuperable ·

“Si algo vale la pena hacerse, vale la pena hacerlo mal.”

-Gilbert K. Chesterton

“…hacerlo mal” y lentamente, podríamos añadir nosotros hoy a la paradójica sentencia del creador de Father Brown, uno de los detectives más encantadores que haya dado la literatura (¡y cómo no evocar también aquí a Sir Alec Guinness interpretando ese mismo personaje en el recordado film de 1954!) Es cierto, tardamos unos dos meses en volver con estas crónicas. ¿Pero qué son don meses en la vida actual? Si no me lo preguntan lo sé, ahora si me lo preguntan lo ignoro por completo, diría Agustín de Hipona.

A finales de septiembre, luego de las Olimpiadas en su ciudad, tuvimos nuestra cita a solas con la noche, y a la luna como único y fiel testigo (fingí que podía recitarle estos versos de Borges: “Hay tanta soledad en ese oro/ La luna de las noches no es la luna/ que vio el primer Adán. Los largos siglos/ de la vigilia humana la han colmado/ de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.” … y Judit fingió que no la vi lagrimear al escucharlos).

Como la imaginación está hecha de convenciones de la memoria, puedo ahora recordar con nitidez algunas imágenes y frases junto al singular clima del Danubio. Y a la vez caminar de la mano de ese otro río, el tiempo, y su hermana mayor: la eternidad, aquella que hace posible que algunas cosas sean inolvidables aún antes de ser vividas. La víspera del amor ya es el amor.

La cuestión que siempre vuelve: “El ajedrez, ¿deporte, ciencia o arte?”:

-Son categorías insuficientes. “La competencia es para los caballos, no para los artistas” -citó Judit esta frase de Bela Bartok y me guiñó un ojo.

-Es que el deportista convive con dos clases de tragedias. Una es no poder conseguir el resultado deseado. Y la otra es conseguirlo. Esta última es la verdadera tragedia, dije con aplomo y suficiencia, tratando de no mostrarme ya hipnotizado, completamente rendido ante su siempre renovada belleza.

-Entonces volvemos de nuevo a lo mismo…

-Claro.

-Nuestra consigna oficial sigue en pie…

-¡Y más viva que nunca!

– “El ajedrez es más que un deporte, no menos que una ciencia y tan misterioso como el arte. En definitiva… ¡es un juego!” ¡Jajaja! -recitamos a dúo con voz solemne como si se tratara de un versículo bíblico, y celebramos con ganas nuestra contraseña secreta, la que es puerta de entrada a una cofradía que integramos apenas algunas pocas personas sensatas en este mundo. Ya se sabe, “la aventura puede ser loca, pero los aventureros deben ser cuerdos”.

Entre copas de delicioso vino húngaro repasamos algo de nuestro amor compartido por Wilde y Chesterton y, por supuesto, también reímos mucho, como los niños que seguimos siendo (“El trabajo es el mal de la clase bebedora” fue la divertida cita que más repetimos… ¡Jajaja!).

Le prometí componer con el material de este reencuentro un artículo exclusivo. Aquí va una parte de lo que sucedió (o de lo que yo me inventé que sucedió, que es lo mismo).


Nos conocimos allá lejos y hace tiempo, en Río Gallegos, ciudad del sur patagónico de Argentina, en 1986, en un torneo mundial para juveniles que la trajo junto a toda su familia, papá y mamá Polgar incluidos. Susan, la mayor de las tres hermanas, era la que llevaba la voz cantante, dando reportajes y conversando con casi todos. Se recuerda todavía su entrevista con mi Maestro y amigo personal, Juan Sebastián Morgado para la revista Ajedrez 2000*. Sofía era la más tímida y Judit era… bueno, ¡era Judit!

Oscar Panno la llamaba “la lechucita” por su curiosidad, el hambre de conocimientos y su cuello que constantemente parecía ir girando a 360 grados. En una de esas miradas rotativas se cruzaron nuestros ojos furtivos. Yo tomé la iniciativa (todavía no me explico en qué idioma le habré intentado hablar). Judit fue muy amable y me hizo creer que entendía todo. Por la edad (ambos nacimos el mismo día, el mismo año… o casi) y por esos designios misteriosos de la diosa Caissa nuestras almas se ligaron de inmediato. Podría incluso añadir que nos enamoramos, pero no: yo me enamoré… y ella simplemente estaba allí, jaja. Teníamos 10 años.

De izquierda a derecha: papá y mamá Polgar, Sofía, Susan, Judit
y Juan Sebastián Morgado, director de la revista Ajedrez 2000.


-¿Te acordás de esos días todavía?- le pregunté en la penumbra de la noche de Budapest.

-No hago otra cosa que recordarlos -respondió con rapidez. -¡Qué frío pasamos! Jaja. Fuimos directo del verano de Hungría a ese invierno terrible. Especialmente memorable fue el día que me enseñaste por primera vez a los pingüinos. Era de una belleza muy singular todo aquello.

-A mí me impresionó Susan. ¡Qué enojada que estaba con los Maestros húngaros, jaja! Tenía un carácter bien establecido ya, con fuertes convicciones.

-Pobre Susan… al ser la mayor, le tocó ser nuestra nave insignia. Luchaba para empezar a ablandar las cabezas de muchos, abrir una brecha entre tanto machismo dentro del ambiente. Es más, ella en Río Gallegos jugó en la sección abierta mientras que yo todavía lo hacía en la femenina. Pero es una persona muy dulce…

-No lo dudo. Si no fuera por ella, nosotros no estaríamos acá, ¿verdad? Con su conocimiento del español (¡ya entonces dominaba unos 7 idiomas!) nos ayudaba a comunicarnos y nos avisaba si tus padres andaban cerca “vigilando”.

-¡Jajaja! Es cierto. Una buena hermana, muy compinche.

-Judit, decime una cosa… ¿vos comprendés que siempre has sido mi amor imposible, verdad?

Me miró sorprendida, como si le hubiera capturado en h7 con mi alfil blanco, por un instante que se me hizo eterno. Luego, ya recompuesta de mi “presente argentino”, sonrió de manera enigmática y entornando los ojos respondió:

-Todos los amores verdaderos son imposibles.


-Ese poema que citaste hace un rato me hizo recordar algo especial: los cuentos que papá me leía antes de dormir.

-Ah, ¿si?

-Uno de mis relatos favoritos trataba justamente sobre de la luna.

-¿Cómo es eso?

-Claro. Era algo más o menos así: “Hubo un tiempo en que la Luna allá arriba se sentía tan sola como los hombres acá abajo. Por lo tanto, se alegró mucho cuando vio que Leonov se acercaba a ella en 1965. Pero resulta que el bueno de Alexei pronto le tiró encima gruesos volúmenes con la prédica de Lenin, y la quería obligar a que se los aprendiera de memoria. Esa amistad, por tanto, no duró mucho. Luego, otro señor de nombre White quiso conocerla en 1967. Pero la cosa tampoco funcionó: Ed le dio a beber Coca Cola y, hablándole del concepto de “guerra preventiva”, la quiso forzar a comprar armamentos. Ella se asustó mucho, ¡y con razón! Al conocer de cerca a estos (y otros) hombres empezó a valorar de nuevo su antigua soledad. Cuentan que la Luna escuchó en esos días solamente una frase que valía la pena recordarse: «¿Cómo demonios vamos a ir a la Luna si no somos capaces de hablar con el vecino de al lado?» La pronunció Gus Grisson, astronauta que moriría días después en la misión Apolo 1…”

-Guau… ¡Qué lindo, Judit!

-Yo escuchaba fascinada esa clase de historias. Mi papá tenía una imaginación poética, pese a que proyectaba una imagen pragmática.

-Y la poesía precisamente es lo que todavía nos salva, ¿no?

-Si. Es nuestro último refugio contra la locura.

-Ese mundo en que ambos nacimos ya no existe, ¿te diste cuenta?

-Lo más triste, creo, es que el mundo actual tampoco existe, aunque la mayoría todavía no se entera. Si hoy la paz mundial depende de personas como Trump o Putin… ¡imaginate la clase de “existencia” que podemos esperar! La Luna tiene razón en querer seguir lejos de nosotros.

-… -¿Te acordás de esa película de Woody Allen?

– ¿Cuál?

– No sé, pero el guión incluía esta genialidad: “Más que en ningún otro momento de la historia, la humanidad se halla en una encrucijada. Un camino conduce a la desesperación absoluta. El otro, a la extinción total. Quiera Dios que tengamos la sabiduría de elegir correctamente…”

– ¡Jajaja!

-… -Yo sólo me acuerdo bien de Casablanca…

– “El mundo se derrumba y nosotros…

-… ¡nosotros queremos seguir jugando al ajedrez!”

– ¡Jajaja!


Cuenta Stefan Zweig en el prólogo de su Encuentros con libros que, al descubrir que uno de sus nuevos amigos era analfabeto, se planteó cómo se podía sobrevivir sin literatura, algo que a él mismo le resultaba simplemente inconcebible. «¿Cómo sería el no saber leer?», se pregunta atónito. «Ni siquiera se imaginan el deslumbrante encanto que puede esconder cualquiera de las líneas de un libro […], no conoce la profunda conmoción que se experimenta al comprobar que el destino del protagonista de un relato ha pasado a formar parte de nuestra propia vida casi sin que nos demos cuenta».

Hoy, al pensar en el ajedrez y mi amiga Judit, me siento igual. «¿Cómo sería el no saber mover las piezas? ¿Cómo sería el no haberla conocido?» Mis relatos de estas citas privilegiadas con ella (Encuentros con Judit no sería un mal título para un futuro libro, ¿verdad?) reflejan mi deseo de conjurar ese riesgo.

Quedamos en volver a vernos en Singapur. Ha empezado en estos días un nuevo match por el título mundial.


-Desde que existe el tablero de ajedrez ya no estamos completamente solos- me dijo con aire de nostalgia al despedirnos en Budapest.

-“Hay tanta soledad [también] en ese [otro] oro…”- intenté de nuevo la cita, pero ya con voz entrecortada.

-Tal vez…- se quedó pensativa Judit, mientras me miraba con ojos vidriosos tomándome de los hombros con ambas manos- tal vez sea así, pero en medio del naufragio tenemos que aferrarnos igual a lo que queda…

-…

-…

-¿… que sería…?

-No sé, podés pensar que soy ingenua, o una idealista incluso, pero siento que todavía tiene que existir algo, algo que nos saque o remolque de todo esto. Llamémoslo las balsas de la imaginación.

-Mmm… sí. Creo que entiendo. Madera debe haber para eso, supongo.

-El problema sería cuando vienen ahora los ingenieros de este tiempo suicida que quieren hacer de esas balsas otros nuevos Titanics, ¿no?

(La imagen era poderosa. Y por un momento alcancé a vislumbrar todo el ciclo, el eterno retorno. El mar, la tormenta, la playa en el horizonte, los náufragos siendo despojados de sus humildes balsas [o peor aún, ¡entregándolas de buena gana!], la construcción de nuevos Titanics, el lujo que lleva al hundimiento, la soberbia de los insumergibles… ¡y de vuelta a empezar! Pero cada vez con peores balsas, menos madera, Olympics peor construidos, pasajeros más enajenados, náufragos más tristes, viajes cada vez más cortos, islas cada vez más lejanas. Y de fondo, siempre helada, la inmensa perversidad de la noche con sus icebergs hechos de infinita ausencia…)

Sin darme cuenta tomé sus manos pequeñas desde mis hombros y las bajé con delicadeza, hasta que las cuatro fueron una sola, entrelazadas:

-Como decía esa frase del “Peyrou londinense”, ¿te acordás?

-¿Cuál?

-“La fantasía nunca arrastra a la locura. Lo que lleva a la locura es precisamente la razón. Los poetas no se vuelven locos, pero sí aquellos ajedrecistas que se olvidan de la poesía.”

-¡Claro! ¡Sí! Así es…¡exactamente así es!- me dijo emocionada mientras abría grandes sus ojos como la niña que sigue siendo. Una niña que conocí hace casi 40 años, y que es capaz aún de seguir avanzando por el camino de los asombros… sean estos los simpáticos pingüinos del fin del mundo, los mágicos cuentos nocturnos de papá, los versos tristes de Borges, la misteriosamente eterna Casablanca o nuestro infinito ajedrez.

Nos volvimos a fundir en un abrazo que parecía estar hecho de mármol, pero esta vez en silencio. La última palabra la tuvo una luna porteña que besaba en secreto con su luz maciza al Danubio, río brillante como el oro, como un fuego congelado por el tiempo en la quietud celestial de esa tímida noche.

(Continuará)


*Había habido una polémica con varios Maestros húngaros (entre ellos Adorjan y Ribli) que enojados con el juego de Susan, por cómo manejaba la variante Ragozin en el Gambito de Dama y cosas así, estaban criticando abiertamente, y con un fuerte sesgo machista, a las chicas Polgar. “Yo esperaba que en vez de salir a hacer declaraciones públicas se acercaran a ayudarme […] Yo creo que, si Argentina tuviera una jugadora promisoria, con talento y joven, sería muy dudoso que dirigentes o maestros salieran a boicotearla, ¿no?” dijo Susan aquella vez. Se ve que todavía no conocía bien nuestro país…

Polgarcito

Desde Singapur – 28 de noviembre de 2024


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5 Comentarios

  1. Gracias a Judit el ajedrez femenino pudo avanzar algunos pasos que con los vientos politicos de ultra derecha en el mundo pronto se perderan.

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