
No son patrimonio exclusivo de supermercados y almacenes: hay creaciones que satisfacen a espíritus exigentes más allá de una denominación acreditada por fama o supuesta calidad.
Por Alfonsina Madry para NLI ·
Las nuevas membresías plenas suelen ser infrecuentes en los clubes de la celebridad: hay muchas vitalicias, honoríficas e inmortales; o que parecerían ser inmortales o perpetuas. A veces se concede alguna transitoria, a prueba, pero no mucho más. Lo de la fama no siempre es puro cuento. Perdura más de lo que querrían los que integran las listas de espera.
Así como doña Lucía no revisa el resultado de los balances de La Campagnola antes de decidirse por pagar algo más por unos tomates en conserva, tampoco su nieta deja de llamarle Scotch a la cinta adhesiva, por más que su abuela persista en llamarla Durex e ignore 3M. Pero ambas saben muy bien que los higos con membresía de lujo son de Esmirna, las frutillas de Coronda y la canela de Ceylán.

Y si fueran aficionadas al policial, seguramente le darían prioridad a un caso de Holmes, Poirot, Marlowe, Maigret o –hasta, quizá- Wallander pendiente de lectura antes de concederle la oportunidad a un bueno por conocer. Así son las cosas aunque, de una u otra manera, las segundas marcas se las ingenian para mantener a flote su guerra de guerrillas en pos de la membresía vacante.
Un puñado de escritores y personajes –detectives o policías- son primeras marcas en el orbe de la narrativa policial, en su particular mercado. Como la afición al género muchas veces significa una adicción venial, los editores despliegan estrategias de venta para tentar, según la época, al ávido lector, entusiasta casi siempre de un comisario, detective o investigador de alcurnia libresca.
Buena parte de los autores que encabezan los clubes de la fama –ellos mismos y/o sus personajes constituidos en primeras marcas-, también lideraron, oportunamente, pequeñas revoluciones literarias, grandes para el género: “Por fuera y por dentro de las tradiciones que lucen dominantes, entonces, el policial registra pequeñas revoluciones”, señala al respecto Silvina Belén.

Si innovar en el terreno de las conservas vegetales o las leches descremadas de bajos costos es difícil, lo mismo sucede en los dominios de la narrativa policíaca y de suspenso. Tanto las PyMES de la industria alimentaria como los escritores y las editoriales corren grandes riesgos: góndolas esquivas, consumidores desconfiados, lectores rígidos e inclementes tradicionalistas penden como espada de Damocles que amenaza cualquier atisbo de audacia o exceso.
Transgredir las reglas del género, el tácito pacto con el lector, ya sea en la clásica novela problema, la de suspenso o en la serie negra, podría pagarse caro, incluso hoy en día. En cuanto a los perfiles del investigador –policía, detective vocacional o de profesión, periodista, abogado, médico forense- como protagonista, dan la impresión de haber sido todos prácticamente cubiertos desde el siglo pasado por personajes insuperables.
Con las membresías restringidas desde la década del sesenta o, como mucho, la del setenta, con más o menos suerte, la guerrilla persistió, pero se acabaron las pequeñas grandes revoluciones. Para las segundas marcas, a partir de aquí, el camino fue siempre cuesta arriba. Ni siquiera el renovado furor del policial que floreció en nuestro siglo mostró un número abultado de excepciones.

Se sumaron escenarios antes inexplorados, idiosincrasias culturales, cierto exotismo pero, en el fondo, no hubo en los clubes incorporaciones significativas de líderes revolucionarios ni estadistas. Brilló algún guerrillero osado, cobraron fama segundas marcas cualificadas y se apostó fuerte a una que otra membresía provisional, aunque no mucho más.
Cincuenta y pico de años de excepciones no es poco. Ante el imperio de la regla, hubo olvidos injustificados. La televisión primero y, más tarde, el streaming, fueron al rescate de perlas soslayadas. En cierta forma, hicieron justicia; también mejoraron o afianzaron el valor de personajes peor o mejor construidos por autores de dispar talento.
Un ejemplo finisecular: el personaje de Colin Dexter, Endeavour Morse, inspector jefe, entró al club gracias a los buenos oficios de la TV británica (Inspector Morse, ITV, 1987-2000). La impecable actuación de John Thaw –fallecido en 2002- le dio a Morse un espesor del que carecía en los textos de su creador literario.

En 1991, Henning Mankell publicó la novela Asesinos sin rostro: fue el debut de su gran personaje, Kurt Wallader, inspector de la comisaría de la localidad sueca de Ystad. Desde 1994 hasta 2016 Wallander tuvo sus miniseries y series de TV, primero en Suecia y finalmente en Inglaterra. La última novela del ciclo literario Wallander se publicó en 2013.
Eran tiempos en parte coincidentes con un batacazo editorial escandinavo: la trilogía Millennium (2005-2007), de Stieg Larsson. Un gran furor por los autores nórdicos recorrió occidente. Hubo ventas cuantiosas, pero pocos personajes se alzaron con la membresía plena.
Esta ola transitoria potenció la producción narrativa de otros escritores europeos y la reedición de policiales de calidad que antaño habían pasado por las mesas de novedades sin acercarse a la categoría de superventas.

Como Mankell, otros talentosos narradores dedicaron parte de su trabajo al policial. Pocos, sin embargo, lograron que sus personajes del género superaran la jerarquía de segunda marca. Salvo Montalbano, Kurt Wallander, Guido Brunetti y Kostas Jaritos, en ese orden de prioridad, tal vez logren en algún momento asegurarse la membresía a largo plazo.
Nada es seguro ni fácilmente previsible: hubo membresías provisorias que languidecieron con bastante rapidez a pesar de los buenos pronósticos. Por razones de espacio, ejemplificaremos con un solo personaje significativo, nacido en la ficción de la década del setenta: el detective privado Albert Samson, protagonista de ocho novelas de Michael Z. Lewin.
El autor no renunció a los postulados de la serie negra ni a la figura del detective independiente, que trabaja por amor a sus honorarios. Tampoco descartó corrupción, sexo y violencia. Su búsqueda de originalidad estaba orientada al contexto de las acciones y a una profundización de la verosimilitud en todo aspecto.

Michael Lewin eligió un escenario poco explotado en el género: Indianápolis. Samsom, protagonista y narrador, representante de la clase media desfavorecida, tiene la particularidad de alejarse del arquetipo del detective, de los perfiles forjados por los precursores y maestros de la novela negra, en los momentos precisos, justo cuando parecería que estuviese acercándose a ellos para explotar la costumbre receptora.
Las claves del ambiente, el personaje, el tono y las apariencias de las historias están en la cotidianeidad, en la pátina doméstica que envuelve los casos y la existencia de un protagonista que alterna la investigación con trabajos –changas diríamos nosotros- de poco glamour que lo ayudan económicamente a subsistir.

Samson vive solo pero no es un solitario: es divorciado, tiene una pequeña hija a la que escribe cartas, aspira a formar un hogar con su actual novia, que también tiene una hija, y visita a su madre, dueña de un bar. No es aficionado a los destilados fuertes ni a las armas, no vive desencantado: ni desconfía de todos ni cree que su vida o cisión del mundo jamás cambiará.
La novela debut de este detective, Acertar con la pregunta, es de 1971. La traducción castellana se publicó al año siguiente en la colección El séptimo círculo. Flotaba cierta expectativa de originalidad en torno al personaje y al estilo de Lewin. La voz narrativa, el argumento y la manera de sostener la trama prometían algo distinto aunque compatible con los límites del género.

Albert Samson sorprende alternando eficiencia con chapuzas, osadía con temores y nerviosismo. Su acidez e ironía van menos orientadas a la sociedad que a la autocrítica. Al promediar la novela, los indicios de posible irrupción de la violencia son pocos: la habrá, pero cerca del desenlace. Corrupción y miserias también tardarán en aflorar. El ritmo no es el acostumbrado, pero el suspenso igual domina.
Acertar con la pregunta es una novela que aún puede hallarse con relativa facilidad y muestra uno de los muchos intentos, prometedores pero a la postre fallidos, de crear un detective perenne. Ni el personaje, ni el estilo, ni las vueltas de tuerca narrativas que ensayó Michael Lewin fueron suficientes para superar la jerarquía propia de las segundas marcas.

Si revisamos, por ejemplo, el ambicioso diccionario que en 1985 publicó un especialista en novela negra, Javier Coma –Diccionario de la novela negra norteamericana, Madrid, Anagrama-, constataremos que ni Samson, ni Lewin, ni ninguna de sus novelas aparecen entre las más de ciento cincuenta entradas que conforman la obra.
El personaje de Lewin puede haber ayudado o no a inspirar otros con mejor suerte en el club. Sea como fuere, esta primera novela cuenta con atractivos y singularidad suficientes como para interesar a los amantes del policial.
Como en el supermercado o el almacén, no todas las segundas marcas son un remedo barato y sospechoso de las primeras que, a veces sin notable ni evidente virtud, acaparan la identificación con la calidad superior. Puede haber sorpresas agradables.
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