
La tan arbitraria como dañina figura de la política se convierte en vital elemento de apoyo para redondear la caracterización de los personajes de una novela.
Por Silvina Belén para NLI ·
Esta familia. Estas personas
lamentables, bien intencionadas.
-DJP.
En “Cuentos de novela” hicimos referencia a Vida de lago, de David James Poissant. Se publicó en 2020. La pandemia aún no había pasado al olvido. Donald Trump ocupaba la presidencia de Estados Unidos por primera vez y se ufanaba de ingerir lavandina para protegerse del Covid. El magnate esperpéntico y mediático se había convertido en impredecible, peligroso e irresponsable autócrata.
En un pasaje decisivo del relato de Poissant, con los protagonistas reunidos en torno a la mesa, promediando las acciones de la novela, la alusión a Trump desencadena una controversia clave para el lector: el enfrentamiento verbal le permitirá ahondar en aspectos significativos de personajes complejos, hasta allí esforzados por controlarse, disimular frustraciones, miedos y dolor.
Ellos comparten por última vez, durante tres días estivales de 2018, antes de su venta, la casa familiar de veraneo en un paraje lacustre estadounidense. Recién llegados, viven de cerca la tragedia de la muerte de un niño, ahogado en el lago: uno de los protagonistas, Michael, intentará salvarlo, pero sin éxito. El duelo atraviesa el ánimo de todos, una atmósfera de tristeza invadirá la casa.
La convivencia de despedida reúne a Lisa y Richard Starling -ambos a punto de jubilarse-, un matrimonio ya mayor, sus dos hijos, Michael y Thad, y sus parejas, Diane y Jake. Los padres representan una clase media alta en vías de extinción, con resabios progresistas, sin sobresaltos financieros. Los hijos, aunque adultos, siguen en parte dependiendo de ellos para subsistir o sobrellevar la incertidumbre existencial.
Thad, el hijo sin trabajo al que mantiene su pareja, Jake –pintor exitoso, precoz millonario-, involuntariamente, enciende la mecha durante la comida. Habla de las noticias. Su madre se opone, vehemente, a que se haga cualquier referencia a las andanzas presidenciales.
-Esta casa es un lugar de paz. Esta comida es la cena que yo preparé. Ese hombre [Trump] concentra demasiado nuestra atención. No es bienvenido aquí. No esta semana. No a mi mesa. No en mi casa.
Michael -hasta el momento secreto votante del magnate-, que oculta su alcoholismo, un trabajo que lo avergüenza y su inminente ruina económica, no la complace porque Trump le vendrá como anillo al dedo: está decidido a que el volcán de sus frustraciones materiales y espirituales entre en erupción.
-No es tu casa –dice Michael.
-Durante una semana más lo será.
Si Michael quería captar la atención de todos, ahora la tiene.
La lava interior de Michael ilumina más de lo que quema. Aunque desborde agresividad y él mismo lleve la voz cantante del diálogo hostil, la escena propicia un efecto dolorosamente liberador para todos. Con silencios, actitud o largas o breves intervenciones, cada uno de los protagonistas se prepara para despojarse del velo que había creído necesario interponer ante los demás.

La superficie de los parlamentos revela quién votó a Trump, quiénes a Hilary y quién al tercer partido, “desperdiciando” el sufragio. Reproches, argumentos y golpes bajos se entrecruzan. Desde las raíces de las palabras asoman desilusiones, resentimiento, inocuas revanchas pero también incomprensión, creencias, justificaciones y una enorme incomodidad con el inasible presente.
Michael respira hondo.
-Tal vez yo sea deplorable, pero ustedes también. Todos ustedes porque, ¿saben una cosa?, estos son los Estados Unidos de América. Todo el mundo es deplorable para alguien.
Jake, del que en principio se ha visto más el perfil frívolo y promiscuo que los atributos del talento, la sensibilidad y la inteligencia, resulta finalmente ser el más apto para comprender el trauma que tan humana y dolorosamente sobrelleva la familia de Thad. Parece intuir que él es la llave que cerrará un enfrentamiento arduo pero estéril.
Y Jake les hace un regalo a los Starling que tiene la ventaja de ser verdad.
-Escuchen –dice-. Yo no voté.
Todos los ojos se clavan en él. Las sienes palpitan. Y Jake no puede evitar sonreír. Aunque sea solo por esta noche, se ha convertido para esta familia, en eso que siempre fue para la suya. Es el enemigo común, el flagelo contra el que todos pueden descargar su desprecio. Esta noche Jake es la voz que los salva de ellos mismos.
La experiencia como chivo expiatorio, como culpable vicario, lo ayudará a saber cómo inmolarse transitoriamente en favor de todos. El fin de una disputa verbal con reproches, juicios de valor e incipientes heridas será el punto de inflexión inesperadamente virtuoso para desatar los nudos que darán paso a un desenlace con protagonistas ya caracterizados en profundidad.
Se clarifican miedos, motivaciones, límites y resentimientos. Los personajes son ahora personas en un contexto social insoslayable. Atravesaron el simbólico descenso al inframundo de la mano de una política agresiva, siempre injusta e hipócrita, cada día más excluyente y amenazadora.
Este pasaje –páginas 191-197 de la edición abajo citada- con impronta escénica es un tesoro narrativo. También humano, sociológico y político. Tal vez sea el único ejemplo que justifique mentar el apellido Trump en una creación artística. Y, no menos importante, una atractiva excusa para recomendar la lectura de Vida de lago.
Poissant, David James. Vida de lago. Buenos Aires, Edhasa, 2020. Traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc. 372 páginas.
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