
Una mirada irreverente descalabra las formas habituales de referir los desastres y pérdidas irreparables que solemos considerar catástrofes.
Por Alfonsina Madry para NLI
Las catástrofes están a la orden del día en el seno de la vida social planetaria. Sin solución de continuidad, funestas noticias atraviesan el éter desde que las comunicaciones eficientes achicaron el mundo. E intuimos que hay muchas más que no son noticia pero deberían serlo. Además, sabemos que no pocas se exageran o minimizan o, peor, se tergiversan desde el vamos.
Según el estilo de la fuente o tácitas clasificaciones, nos hablarán de desastres naturales, tragedias humanitarias, accidentes fatales, debacles y todo lo que las ideas afines a lo catastrófico sean capaces de expresar en el más serio de los tonos. La catástrofe siempre implica pérdida y duelo para unos u otros. Hay que respetar y lamentar, al menos en las formas.
Dejando de lado las gancheras catástrofes metafóricas, como las que terminan siendo un penal errado en una final de fútbol y decepciones por el estilo, la costumbre de la solemnidad hace difícil pensar que lo catastrófico pueda mover a risa, inscribirse en el territorio de lo insólito, resultar grotesco en extremo o indignantemente ridículo.
Sin embargo, a contramano de lo habitual, un original decálogo muestra la otra cara de la luna de las catástrofes. Se lo debemos a la autora menos pensada: Patricia Highsmith. En la última etapa de su producción narrativa, publicó una colección de relatos en los que el humor y la ironía atraviesan situaciones grotescas, a veces al borde del disparate, de la hipérbole o de lo verosímil pero insólito.

Highsmith, catedrática del suspenso, el engaño, el crimen y la intriga psicológica, esta vez cambia de asignatura pero mantiene su solvencia como narradora: pergeña historias que atrapan y, al mismo tiempo, con humor entre negro y ácido, sorprenden e invitan a la analogía.
Aunque presentes, no son esta vez ni el suspenso ni la inquietud la base constructiva de los relatos: el abanico de pérdida y ruina descansa sobre pilares como, entre otros, la obcecación, las miserias políticas o corporativas, las creencias irracionales y las desmesuras.
Diez cuentos pasan revista a situaciones extremas con ADN de tragicomedia: desde la pacífica ballena que a fuerza de humanas injurias siembra muerte y fantasía hasta las cucarachas que, en opaco pero hilarante realismo mágico urbano, invaden un flamante complejo de viviendas de lujo, nunca faltan imprevisiones, miopía o ceguera ante las señales tempranas del desastre inminente.
La autora, gracias a la hipérbole y el humor, suaviza atmósferas macabras pero, si cabe, profundiza la crítica social. Los personajes ridiculizados son casi siempre una caricatura construida a partir de mezquindad e indolencia.

La muerte, tan ligada a la catástrofe, tiene incluso su contracara, también catastrófica, en el relato “Sin un final a la vista”. Una anciana que desafía cualquier récord de longevidad y sobrevive a todos los que les ha hecho la vida miserable, se eterniza en un asilo. La suerte quiere que sus fondos para gastos médicos no se agoten.
Aun siendo una piltrafa, la matusalén de geriátrico se las arregla para hacer de la rutina de sus cuidadores un calvario. Pero como su porfía en durar y durar la ha convertido en una atracción que genera beneficios, mantenerla viva es un buen negocio para los pocos que no la sufren día a día.
Este cuento entronca con otras creaciones de Patricia Highsmith que tratan el tema de la ancianidad, directa o indirectamente, como “Tener ancianos en casa” y “Bajo la mirada de un ángel sombrío”, incluidos en su colección La casa negra y comentados aquí, en NLI, por Silvina Belén en el artículo “Estafadores y estafados”.
Catástrofes[i] (Tales of Natural and Unnatural Catastrophes, 1987), como señalábamos más arriba, reúne diez cuentos que proponen una mirada menos compungida, menos solemne, de los acontecimientos catastróficos. Los desastres, sus protagonistas y contexto se amplifican, se dislocan, emergen en pugna la ridiculez, la hipocresía y el absurdo al tiempo que todo se derrumba.

Acostumbrados a condolernos reglamentaria y transitoriamente por desgracias de las que, por lo general, solo nos presentan una punta de iceberg con la etiqueta catástrofe, no nos viene nada mal recorrer este decálogo repleto de sorpresas.
Sus editores afirman que Highsmith afirmaba que “se divirtió escribiendo estos relatos”. Y podría afirmarse también, sin temor al yerro y en tren de afirmar, que, entre otros méritos que reafirman la ductilidad de la autora, son divertidos.


[i] Anagrama. Barcelona, 1988; traducción de Jordi Beltrán. | Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2011; traducción de Jorge Fondebrider.
Descubre más desde Noticias La Insuperable
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
