
Donjuanismo propio y donjuanismo subversivo: Toto Caputo y John Berger en las aguas de los mares de Tenorio.
Por Silvina Belén para NLI ·
De Tirso de Molina a John Berger, la figura de don Juan tuvo un sinnúmero de mutaciones y mil caras. Cuatro siglos de versiones dispares convirtieron el donjuanismo en moneda literaria corriente, hoy ya devaluada.
Popularmente sobrevive en comparaciones difusas o metáforas referidas a la compulsión seductora canallesca, el carácter de burlador o la inescrupulosidad de algún hombre, dentro o, incluso, sobre todo en nuestros días, fuera del plano sexual.
Para la ciudadanía argentina, sistemáticamente burlada en el terreno político-económico, pervive un donjuanismo sin sensualidad pero marcado espíritu canallesco, voraz e inescrupuloso. Su más cercana figura podría considerarse como el don Juan de la finanza, un burlador con el sello del “tan largo me lo fiais” que acuñó Tirso de Molina: sin muchas vueltas, un Toto Caputo.

El “Messi de las finanzas”, por supuesto, habiendo colosos, patos y pelucas, jamás podría ostentar la exclusividad del donjuanismo argento híper-moderno. Aunque no esté solo, sin embargo, acumula rasgos suficientes como para sobresalir entre sus pares, los burladores vernáculos. Hasta podría decirse que es la frutilla del postre de la tradicional repostería que nos empacha de miserias.
Reincidente, con arrogancia enternecida por un tartamudeo real o fingido –quién sabe-, con esa dicción a medio camino entre la oligárquica papa en la boca y el tono heredado de vendedores de tiempo compartido o parcelas de cementerio, con pinta de tahúr redimido en la escuela dominical evangélica y el colegio nocturno, cultiva el “tan largo me lo fiais” bajo la égida del “esta vez es diferente”.

Aunque se sabe que tiene la fuga pre-cocida en USA para cuando aquí se presente el convidado de piedra, con cónyuge y vástagos a la espera y al cuidado del tío Sam, en el impasse capitaliza el culto de secreta veneración ciudadana a “la mordida” de dentadura y guante blancos. Muerde aquí, muerde allá y, para seducir, agita la lata en la que sueñan meter la mano los aprendices de brujo burlador.
Toto es una mutación, no artística sino pedestre –de ilusoria seducción para algunos, repugnante para otros-, de un personaje que hasta supo ser subversivo en la pluma de John Berger. Pero al nuestro lo precedieron mañaras, bradomines y otros donjuanes que, aunque no tan en extremo chabacano, anticipaban el porvenir.

Tal vez John Berger, a fines de 1971, haya sido el que le dio punto final, con escándalo incluido, a un recorrido que, no por agotado, merecía tanto castigo como tener a un Caputo metido en la tradición. Así que, para disimular en lo posible los infaustos aportes nacionales, vamos a cerrar con G. (1971), la novela del escritor inglés que hizo ruido cuando en 1972 se llevó el premio Booker.
El don Juan de Berger, que podría ser Giovanni pero siempre es lacónicamente G. en la novela, aparece como un desterrado, un migrante perpetuo en la Europa que se encamina hacia la Primera Guerra Mundial. El marco socio-histórico de las experiencias sexuales de G. es significativo políticamente aunque, en principio, al personaje parezcan no inmutarlo los acontecimientos que estallan a su alrededor.
Pero G. no es ni un apático ni un burlador. En la novela, de carácter “experimental”, con intrusiones de autor, digresiones y pasajes cuasi-ensayísticos, las acciones caracterizan al personaje: puede entenderse que su derrotero sexual, ligado a una vitalidad liberadora para sí y para las mujeres con las que se relaciona, es una suerte de revolución que no podrá prosperar.

El G. subversivo, que rompe los límites clasistas a través de la sexualidad, que no burla sino que integra a la mujer, a la postre llegará a involucrarse en los acontecimientos de su tiempo, en la lucha política. Pero esto será su fin: morirá asesinado. La mujer que recupera su individualidad, la cosificación superada, la explotación puesta en evidencia y el clasismo trascendido serán quimera otra vez.
La revolución en ciernes hermanada con la sexualidad quizá nunca prosperará. La promesa de algo distinto a lo que en verdad hoy tenemos se irá con G. Se vislumbra que tras la muerte del protagonista no habrá nada mejor que el feudalismo y la sociedad burguesa precedentes, más bien todo lo contrario.

El último don Juan preanuncia desilusiones que llegarán mucho después, tras prolongados espejismos. En 1972, como arriba dijimos y contra todo pronóstico, John Berger gana el Booker Prize por G.; el autor decide donar la mitad del dinero de este premio al Partido Pantera Negra británico. Critica, además, a Booker-McConnall por explotar vilmente el comercio en el Caribe durante más de un siglo. Todo un escándalo.
La intuición que Berger en la década del setenta metaforizó en esta novela parece haber cobrado forma concreta ahora: podemos esperar el donjuanismo abyecto de los totos pero no más evoluciones como las de G.: con él empezó y terminó, en aguas del Adriático, la posibilidad de imaginar un don Juan no ligado a la decadencia.
Descubre más desde Noticias La Insuperable
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
