Por un perro

Libros, textos y canciones que nos dicen mucho acerca de una convivencia milenaria no exenta de ácidas críticas.

Por Jorgelina Áster para NLI

Vaga su recuerdo por los sentimientos
para derramarlos en esta canción.

-Alberto Cortez

Convivir con un perrito o una perrita es reconfortante. Al menos eso dicen los humanos convivientes. Los detractores de esta costumbre critican el creciente número de canes en los centros urbanos, los recursos que se dilapidan en su manutención y el bochorno que representa que algunos perros vivan mejor que muchísimas personas desfavorecidas por la injusticia del mundo.

Estos implacables críticos alaban al hombre de campo, que sabe dar a los animales –según ellos- el lugar que merecen sin el menor alarde de afecto, algo reservado exclusivamente para el prójimo. Los animales están para trabajar, vigilar, cazar, o para alimentarnos con sus carnes cuando son ganado. Y punto. Oponer razones del corazón sería en vano: “¡Adopte un niño!” le dirán. O algo por el estilo.

La censura de estos catones da por sentado que se trata de un vicio híper-moderno, relacionado tanto con las taras urbanas de la época como con las locuras propias de veganos y rescatistas ociosos. Con la tautología “un perro es un perro” creen asegurarse la última palabra en cualquier intercambio de pareceres.

Desestiman, por ignorancia o a sabiendas, más allá de eso de que para el saber popular el perro es el mejor amigo del hombre, los muchos antecedentes de amor, convivencia y afecto que, en la ciudad o el campo, se registran desde, al menos y sin indagar en profundidad,  los tiempos de Homero.

Cantautores con décadas de protagonismo durante el siglo XX, sin ir más lejos, compusieron exitosas canciones como “Callejero”, de Alberto Cortez,  y “Malasangre”, de Joan Manuel Serrat. En Resistencia, el perro Fernando es prócer. Y el lagrimón de Odiseo en Ítaca al ver moribundo a su querido Argos ha recorrido milenios.

Hasta en la narrativa policial y de suspenso abundan los perros con protagonismo, y no nos referimos a los de policía. Como no es posible cubrir tan amplia gama de presencias caninas, ejemplificaremos con la novela de Patricia Highsmith, Rescate por un perro, y las de Unni Lindell en su serie de la agente Marian Dalhe, que convive con una bóxer, Birka, y hasta la lleva al trabajo, para horror de su jefe.

Mi perra Tulip (My Dog Tulip, 1956), uno de los sobresalientes escritos autobiográficos de J. R. Ackerley, es un ejemplo de calidad que no habría que pasar por alto. Un artículo de Silvina Belén, «Perra vida«, publicado en NLI el pasado 14 de febrero, se refiere extensamente a esta obra.

La literatura en general, las obras de ficción y no-ficción, se ocupan del perro mucho más de lo que suponemos. Podría ensayarse un interminable repertorio de citas. Hugo Ditaranto recoge unas cuantas célebres en Fernando un perro de verdad. Afortunadamente, las autoridades provinciales de Chaco pusieron en línea una versión facsimilar de la obra en formato PDF.

Ditaranto publicó en 1986 este libro -hoy ya clásico- dedicado al prócer canino que vivió en Resistencia. Eligió narrarlo como si se tratara de una autobiografía escrita por el propio Fernando. Ese es el texto principal. Pero incluyó también paratextos de diversa índole, entre los que transcribe notas de prensa de la época –Fernando falleció el 28 de mayo de 1963-.

Muchos años después de la publicación de Fernando un perro de verdad, a fines de 2003, en memorable nota de contratapa de Página/12, apareció “Un cuento de Navidad: El Perro Fernando”, de Mempo Giardinelli, casi casi una prosa poética. Concluye así:

Hoy en Resistencia hay tres esculturas que evocan a Fernando. La que se supone mausoleo oficial está todavía sobre la calle Brown. Otra está como escondida bajo un manto de chibatos en la avenida Avalos, cerca del Club de Regatas. Y la tercera, que es la más grande y pretenciosa, y que creo que inauguraron los milicos durante la dictadura, está en una esquina de la Casa de Gobierno y frente a la Plaza. Curiosamente –así funciona el humor involuntario– tiene la cola alzada y apunta el culo hacia las ventanas de la gobernación.

Sólo ahora advierto que han pasado más de cuarenta años y este texto me parece triste. Debe ser la Navidad, que siempre lo llena a uno de nostalgias.

Son muchas las cosas que se hacen por y para un perro mientras los censores vociferan horror: se crean canciones, personajes de ficción, se registra su historia, se los ama, cuida y evoca. Con los gatos sucede algo similar, pero esa es otra historia.



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