Los tiempos de la política, los tiempos de la ciencia y la historia larga de tres Premios Nobel argentinos.
Por Roque Pérez y Tomás Palazzo para NLI

Existe una diferencia fundamental entre la historia política y la historia de la ciencia que, con frecuencia, pasa inadvertida incluso en trabajos escritos por historiadores. Mientras la primera suele organizarse en torno a gobiernos, rupturas institucionales o modelos económicos relativamente breves, la segunda se desarrolla según una temporalidad mucho más extensa, en la que la formación de investigadores, la consolidación de escuelas científicas y la maduración de los descubrimientos requieren décadas. Cuando ambas cronologías se superponen sin los recaudos metodológicos necesarios, el resultado suele ser una simplificación que, aunque útil desde el punto de vista narrativo, termina desdibujando la complejidad del proceso histórico.
El artículo «¿Cómo era Argentina antes de la devastación?», publicado por Ezequiel Adamovsky en elDiarioAR, constituye un excelente ejemplo de esa tensión. Su objetivo central no consiste en escribir una historia de la ciencia argentina, sino en cuestionar la idea —muy difundida en ciertos discursos políticos y mediáticos— de que el país arrastraba una decadencia estructural desde mediados del siglo XX. Para ello, Adamovsky contrapone una serie de indicadores económicos, sociales e institucionales que describen a la Argentina previa al golpe de 1976 como una sociedad con altos niveles de industrialización, distribución del ingreso, movilidad social y desarrollo científico.
Dentro de esa enumeración aparecen dos referencias particularmente significativas: los Premios Nobel obtenidos por Bernardo Houssay en 1947 y Luis Federico Leloir en 1970. La intención del autor es evidente. Ambos galardones funcionan como indicadores simbólicos de un país que había logrado insertarse en la elite científica internacional antes del ciclo económico inaugurado por la dictadura de 1976. Sin embargo, precisamente porque se trata de símbolos tan potentes, merecen un análisis mucho más cuidadoso que el que permite una simple referencia cronológica.
La hipótesis de este ensayo es que la utilización de los Premios Nobel como evidencia de un determinado ciclo político presenta una limitación historiográfica importante, porque desconoce el carácter acumulativo, institucional y transgeneracional del desarrollo científico. Paradójicamente, el caso que Adamovsky omite —el de César Milstein— no debilita su argumento general, sino que lo fortalece, ya que pone de manifiesto con mayor claridad la profundidad histórica de las capacidades científicas construidas por la Argentina durante gran parte del siglo XX.
La ciencia no tiene el tiempo de los gobiernos
Uno de los problemas más frecuentes en la historia de la ciencia consiste en atribuir los grandes descubrimientos a los gobiernos bajo los cuales fueron anunciados o premiados. Esa tentación responde a una lógica comprensible: los procesos políticos suelen organizarse en períodos relativamente claros —presidencias, dictaduras, restauraciones democráticas— mientras que la producción científica carece de esos cortes nítidos. Sin embargo, esa diferencia temporal obliga precisamente a evitar asociaciones demasiado lineales.
Un Premio Nobel rara vez reconoce un descubrimiento reciente. La Academia Sueca suele esperar muchos años antes de otorgarlo, tanto para verificar la trascendencia del hallazgo como para confirmar experimentalmente sus resultados. En consecuencia, el año del premio constituye apenas el último eslabón de una cadena que comenzó mucho antes. Detrás de cada Nobel existe una historia compuesta por escuelas científicas, maestros, discípulos, instituciones universitarias, organismos de financiamiento, bibliotecas, laboratorios y redes internacionales de cooperación que se desarrollan durante décadas.
La historia científica argentina confirma plenamente esa lógica. Ninguno de sus tres Premios Nobel puede comprenderse observando únicamente el contexto político en que fue entregado. Cada uno representa la culminación de procesos iniciados mucho tiempo antes y sostenidos por una combinación variable de inversión estatal, aportes privados y vínculos internacionales. Pensarlos exclusivamente como productos del año 1947, 1970 o 1984 implica reducir trayectorias científicas extraordinariamente complejas a una simple coincidencia cronológica.
La ciencia tiene una temporalidad propia. Mientras la historia política se mide en gobiernos y la historia económica en ciclos, la historia de la ciencia se mide en generaciones.
Bernardo Houssay y la construcción de una escuela científica
El caso de Bernardo Houssay resulta particularmente ilustrativo. Cuando recibió el Premio Nobel de Medicina en 1947, ya era uno de los fisiólogos más prestigiosos del mundo. Había comenzado más de treinta años antes, cuando la Universidad de Buenos Aires atravesaba un profundo proceso de modernización inspirado en los grandes centros europeos.
Toda la formación de Houssay transcurrió en instituciones públicas argentinas. Estudió Farmacia y Medicina en la Universidad de Buenos Aires, desarrolló allí su carrera docente y convirtió el Instituto de Fisiología en uno de los principales centros de investigación biomédica del continente. Fue precisamente en ese instituto donde se realizaron los trabajos fundamentales sobre la función de la hipófisis en el metabolismo de los hidratos de carbono, investigaciones que décadas más tarde serían reconocidas con el Nobel.
Este dato posee una enorme importancia historiográfica. Si el premio fue anunciado en 1947, la mayor parte del trabajo científico que lo hizo posible ya estaba realizado mucho antes. Ello no significa desconocer el papel desempeñado posteriormente por el Instituto de Biología y Medicina Experimental, sostenido gracias a aportes privados y fundaciones internacionales luego del desplazamiento de Houssay de la Universidad producto del Golpe del 43. Significa, simplemente, reconocer que el Nobel no puede atribuirse linealmente a un determinado contexto político porque constituye el resultado acumulado de un sistema universitario construido durante varias décadas.
En realidad, Houssay representa algo más importante que un investigador brillante: representa la consolidación de una escuela científica nacional capaz de formar discípulos que continuarían expandiendo su legado durante medio siglo.
Leloir y el equilibrio entre Estado, filantropía y comunidad científica
La trayectoria de Luis Federico Leloir permite observar otro aspecto esencial del desarrollo científico argentino: la imposibilidad de explicar sus mayores logros mediante una oposición simplista entre Estado y sector privado.
Al igual que Houssay, Leloir recibió toda su formación en instituciones públicas. Se graduó como médico en la Universidad de Buenos Aires y realizó su aprendizaje científico bajo la dirección del propio Houssay. Sin embargo, las investigaciones que culminaron con el Nobel de Química en 1970 fueron desarrolladas principalmente en el Instituto Campomar, una institución financiada inicialmente por la familia Campomar pero integrada por investigadores provenientes de la universidad pública y posteriormente vinculada al CONICET.
Este modelo constituye probablemente una de las experiencias más originales de la ciencia argentina del siglo XX. El éxito del Instituto Campomar no derivó exclusivamente del financiamiento privado ni exclusivamente del apoyo estatal. Fue posible gracias a la convergencia entre ambos, complementada por una intensa circulación internacional de investigadores, becas y conocimientos.
La experiencia de Leloir demuestra, por lo tanto, que la excelencia científica argentina surgió de un ecosistema institucional mucho más complejo que las dicotomías habituales entre Estado y mercado. Reducir su Nobel a cualquiera de esos factores supone empobrecer una historia que, precisamente, se caracterizó por la cooperación entre diferentes formas de financiamiento.
El Nobel que completa la historia
Es en este punto donde la ausencia de César Milstein adquiere una relevancia historiográfica inesperada.
Milstein recibió el Premio Nobel de Medicina en 1984 por el desarrollo de la técnica de los anticuerpos monoclonales. A primera vista, podría parecer que este galardón pertenece a una etapa completamente distinta de la historia argentina. Sin embargo, un examen más detenido revela exactamente lo contrario.
Toda la formación de Milstein fue argentina y pública. Estudió en la Universidad Nacional del Sur, obtuvo su doctorado en la Universidad de Buenos Aires y desarrolló sus primeras investigaciones en el Instituto Malbrán. Incluso su perfeccionamiento en Cambridge fue posible gracias a una beca obtenida cuando ya era un investigador formado dentro del sistema científico nacional.
El descubrimiento premiado se produjo en Gran Bretaña y fue financiado por el Medical Research Council, organismo público británico. Sin embargo, el investigador que realizó ese descubrimiento era producto directo de la tradición científica argentina inaugurada por Houssay y consolidada por instituciones como la Universidad de Buenos Aires y el Malbrán.
Aquí reside el aspecto más interesante del problema. Milstein no representa una ruptura con la historia científica argentina sino su prolongación. Su trayectoria demuestra que las capacidades construidas durante décadas continuaban produciendo investigadores de excelencia internacional incluso cuando las condiciones institucionales del país ya no permitían retenerlos.
En otras palabras, el Nobel de 1984 constituye una evidencia particularmente poderosa de la calidad alcanzada por el sistema educativo y científico argentino durante la primera mitad del siglo XX.
La paradoja de la omisión
Es precisamente aquí donde el artículo de Adamovsky presenta, a nuestro juicio, su principal limitación metodológica.
No porque su diagnóstico general sobre la Argentina previa a 1976 resulte equivocado. Muy por el contrario, buena parte de la evidencia económica, social e industrial presentada en su trabajo encuentra respaldo en investigaciones especializadas y forma parte de un debate historiográfico ampliamente documentado.
La dificultad aparece cuando los Premios Nobel son incorporados como marcadores cronológicos de ese proceso.
Si el propósito consiste en demostrar la existencia de una comunidad científica vigorosa antes de 1976, entonces Milstein debería ocupar un lugar tan importante como Houssay y Leloir. Su exclusión priva al argumento del ejemplo que mejor ilustra la persistencia histórica de aquellas capacidades institucionales.
Naturalmente, no corresponde atribuir intenciones al autor. Existen múltiples razones posibles para esa selección, desde limitaciones de espacio hasta una decisión narrativa orientada a privilegiar únicamente los Nobel obtenidos antes del golpe de Estado. Sin embargo, cualquiera haya sido el motivo, la consecuencia historiográfica es la misma: el lector pierde la oportunidad de observar el fenómeno científico en toda su profundidad temporal.
Paradójicamente, la incorporación de Milstein habría fortalecido la tesis central del artículo. Su historia demuestra que las inversiones realizadas durante décadas en educación pública, investigación universitaria y formación de recursos humanos continuaron produciendo resultados de excelencia incluso cuando esos investigadores debieron desarrollar parte de sus carreras en el exterior.
Los Premios Nobel no son fotografías de un gobierno; son fósiles de un sistema científico. Cuando aparecen, revelan la existencia de un ecosistema que comenzó a formarse décadas antes. Por eso su verdadero valor histórico no consiste en decirnos cómo era el país el año en que fueron otorgados, sino cómo había sido capaz de pensarse, organizarse y sostenerse durante una generación entera.
Más allá de los Nobel
Quizá la enseñanza más importante que ofrecen los tres Premios Nobel argentinos sea que ninguno de ellos puede entenderse aislado de los otros.
Houssay construyó una escuela.
Leloir perfeccionó y expandió esa tradición mediante un modelo institucional original que integró universidad pública, filantropía privada y cooperación internacional.
Milstein proyectó internacionalmente aquella misma tradición cuando las condiciones políticas y científicas argentinas dejaron de ofrecerle un ámbito adecuado para desarrollar su investigación.
Los tres forman parte de una misma historia.
Una historia cuyo protagonista principal no es un gobierno determinado ni una coyuntura económica específica, sino la lenta construcción de un sistema científico nacional capaz de producir conocimiento de frontera durante varias generaciones consecutivas.
Por esa razón, utilizar los Premios Nobel como indicadores directos del éxito de un ciclo político resulta metodológicamente insuficiente. Los Nobel son indicadores de procesos largos, acumulativos y profundamente institucionales. Hablan menos del año en que fueron entregados que de las décadas que los hicieron posibles.
Conclusión
La principal virtud del artículo de Adamovsky consiste en cuestionar una narrativa simplificadora sobre la supuesta decadencia inevitable de la Argentina desde mediados del siglo XX. Su reconstrucción del desempeño económico, social e industrial previo a 1976 constituye un aporte valioso para ese debate. Sin embargo, cuando el análisis se desplaza hacia la historia de la ciencia, la utilización de los Premios Nobel como evidencia cronológica revela una limitación conceptual que merece ser señalada.
La omisión de César Milstein no invalida la tesis del autor, pero sí la vuelve menos completa. Incorporar el Nobel de 1984 obliga a abandonar una lectura basada exclusivamente en la sucesión de gobiernos para adoptar otra, más propia de la historia de la ciencia, fundada en la larga duración de las instituciones, las comunidades académicas y la formación de investigadores.
Visto desde esa perspectiva, Houssay, Leloir y Milstein dejan de ser tres episodios separados para convertirse en la expresión de un mismo proceso histórico: la construcción de una cultura científica que fue capaz de combinar universidad pública, inversión estatal, iniciativa privada y cooperación internacional hasta producir una de las tradiciones de investigación más prestigiosas de América Latina.
Esta lectura ofrece además una clave para pensar el presente. Si la historia de Houssay, Leloir y Milstein enseña que los grandes logros científicos son el resultado de políticas sostenidas durante décadas, también obliga a analizar con la misma perspectiva los ciclos más recientes. La expansión del sistema científico experimentada entre 2003 y 2015 —expresada en la jerarquización del Ministerio de Ciencia, el fortalecimiento del CONICET, la repatriación de investigadores mediante el Programa Raíces, la creación de universidades nacionales y el incremento de la inversión pública en infraestructura y recursos humanos— probablemente no pueda evaluarse por los resultados inmediatos que produjo, sino por los que debería haber producido en las décadas siguientes. Del mismo modo, la reducción del financiamiento, la paralización de programas estratégicos, la pérdida de poder adquisitivo de investigadores y becarios y la creciente emigración de recursos humanos altamente calificados difícilmente encuentren su expresión más evidente en el presente. Si la historia de los Premios Nobel argentinos demuestra algo, es que los efectos de las decisiones adoptadas sobre educación superior y ciencia suelen hacerse visibles una generación después.
La omisión de César Milstein no invalida la tesis del autor, pero sí la vuelve menos completa. Incorporar el Nobel de 1984 obliga a abandonar una lectura basada exclusivamente en la sucesión de gobiernos para adoptar otra, más propia de la historia de la ciencia, fundada en la larga duración de las instituciones, las comunidades académicas y la formación de investigadores. Visto desde esa perspectiva, Houssay, Leloir y Milstein dejan de ser tres episodios separados para convertirse en la expresión de un mismo proceso histórico: la construcción de una cultura científica que fue capaz de combinar universidad pública, inversión estatal, iniciativa privada y cooperación internacional hasta producir una de las tradiciones de investigación más prestigiosas de América Latina. Quizá la mayor paradoja sea que esta misma lógica obliga a mirar con preocupación el futuro. Si las decisiones que hicieron posibles los Nobel comenzaron a rendir frutos treinta o cuarenta años después, también es razonable suponer que las políticas de desinversión científica del presente proyectarán sus consecuencias mucho más allá de los gobiernos que las impulsan. La historia de la ciencia enseña que las capacidades pueden tardar generaciones en construirse y apenas unos pocos años en comenzar a desarticularse, aunque esa pérdida sólo se haga plenamente visible cuando ya resulte extremadamente difícil revertirla.
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