Una nueva ofensiva estadounidense sobre territorio iraní pulverizó la frágil calma alcanzada días atrás y volvió a colocar al estrecho de Ormuz en el centro de la escena internacional. El recrudecimiento del conflicto amenaza con extender la guerra a toda la región, disparar los precios del petróleo y profundizar una disputa geopolítica que trasciende largamente a Washington y Teherán.
Por Bruno A. Monteverde para NLI

Hay conflictos que nunca terminan de apagarse. Apenas parecen retroceder, encuentran un nuevo motivo para volver a estallar. Eso es exactamente lo que ocurre entre Estados Unidos e Irán. Cuando todavía el mundo analizaba los alcances de la frágil tregua anunciada días atrás, una nueva serie de bombardeos estadounidenses sobre objetivos militares iraníes volvió a colocar a Medio Oriente al borde de una escalada imprevisible. Lejos de consolidarse un proceso diplomático, la región ingresó en una nueva fase de confrontación donde cada represalia alimenta la siguiente y donde cualquier error de cálculo puede terminar involucrando a buena parte del planeta.
La administración estadounidense justificó la operación afirmando que Irán había incumplido los compromisos asumidos tras los últimos contactos diplomáticos al promover nuevos ataques contra embarcaciones comerciales que navegaban por el estrecho de Ormuz. Bajo ese argumento, fuerzas norteamericanas atacaron instalaciones militares, sistemas de defensa antiaérea, radares costeros y depósitos de armamento utilizados por la Guardia Revolucionaria iraní. Washington insistió en que la ofensiva buscó garantizar la libertad de navegación y proteger el comercio internacional, aunque para Teherán se trató de un nuevo acto de agresión contra su soberanía.
La respuesta iraní no se hizo esperar. Autoridades del régimen calificaron el bombardeo como una violación del derecho internacional y advirtieron que cualquier nuevo ataque recibirá una contestación «contundente». Poco después comenzaron a conocerse informes sobre el lanzamiento de drones y misiles contra posiciones militares estadounidenses desplegadas en distintos países del Golfo Pérsico, reavivando el temor a que el conflicto deje definitivamente de ser un enfrentamiento bilateral para transformarse en una guerra regional.
El estrecho que puede paralizar la economía mundial
Aunque muchas veces aparece mencionado apenas como un punto en el mapa, el estrecho de Ormuz constituye uno de los lugares más estratégicos del planeta. Ese corredor marítimo, de apenas unas decenas de kilómetros de ancho en su paso más angosto, conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico y concentra una parte sustancial del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado.
Cada día atraviesan esas aguas millones de barriles de crudo provenientes de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak, Qatar e Irán. Buena parte del abastecimiento energético de Europa y, sobre todo, de Asia depende de que ese tránsito permanezca abierto. Por esa razón, cualquier amenaza sobre Ormuz repercute inmediatamente en los mercados internacionales.
No se trata solamente del precio del petróleo. El incremento del costo de la energía termina trasladándose al transporte marítimo, la producción industrial, la logística y, finalmente, al bolsillo de millones de personas a través de una mayor inflación. Por eso, cada misil lanzado en esa región tiene consecuencias que trascienden ampliamente las fronteras de Medio Oriente.
No es casual que Estados Unidos mantenga desde hace décadas una importante presencia naval en el Golfo Pérsico. Su Quinta Flota, con base en Baréin, tiene precisamente entre sus principales misiones garantizar la seguridad de la navegación en Ormuz. Esa presencia militar permanente, sin embargo, también constituye uno de los principales motivos de fricción con la República Islámica, que considera esas fuerzas una amenaza directa sobre su territorio.
Una rivalidad construida durante casi medio siglo
El nuevo intercambio de bombardeos no puede entenderse como un episodio aislado. La confrontación entre Washington y Teherán lleva casi cinco décadas alimentándose de crisis sucesivas.
La ruptura comenzó con la Revolución Islámica de 1979, cuando el derrocamiento del sah Mohammad Reza Pahlavi —histórico aliado de Estados Unidos— modificó por completo el equilibrio político regional. La toma de la embajada estadounidense en Teherán y el secuestro de decenas de diplomáticos marcaron el inicio de una enemistad que nunca logró recomponerse.
Desde entonces hubo sanciones económicas, operaciones de inteligencia, asesinatos selectivos de científicos nucleares, ataques cibernéticos, enfrentamientos indirectos mediante fuerzas aliadas en distintos países y episodios de enorme gravedad, como el asesinato del general Qasem Soleimani en 2020 ordenado por Washington. La guerra abierta fue evitada en varias oportunidades, aunque siempre quedó latente.
En los últimos años esa tensión se profundizó alrededor del programa nuclear iraní. Mientras Teherán sostiene que su desarrollo atómico tiene fines civiles, Estados Unidos e Israel denuncian desde hace años que el régimen busca obtener capacidad para fabricar armamento nuclear. Esa sospecha explica buena parte de la presión militar y económica ejercida sobre la República Islámica.
Una región donde intervienen todas las grandes potencias
La importancia del conflicto excede ampliamente a sus protagonistas directos. Estados Unidos continúa siendo el principal sostén militar de Israel y mantiene bases en numerosos países de Medio Oriente. Del otro lado, Irán consolidó durante las últimas décadas una extensa red de alianzas políticas y militares con organizaciones y gobiernos de la región que amplifican enormemente cualquier enfrentamiento.
Al mismo tiempo, Rusia y China observan con atención el deterioro de la situación. Moscú mantiene una estrecha cooperación estratégica con Teherán, mientras que Beijing se convirtió en uno de los principales compradores del petróleo iraní y apuesta a preservar la estabilidad de una región fundamental para su seguridad energética. Europa, por su parte, enfrenta el desafío de intentar evitar una escalada militar mientras procura contener un nuevo aumento del precio de la energía, justo cuando muchas economías aún arrastran las consecuencias inflacionarias derivadas de conflictos anteriores.
En ese escenario, Naciones Unidas vuelve a quedar prácticamente paralizada por las diferencias entre las principales potencias. Los llamados a la moderación se multiplican, pero la capacidad efectiva del organismo para detener la escalada continúa siendo extremadamente limitada.
La experiencia demuestra que este tipo de conflictos rara vez permanece encapsulado. Las guerras modernas ya no se libran únicamente mediante enfrentamientos convencionales. También incluyen ciberataques, sabotajes, bloqueos comerciales, operaciones encubiertas y disputas financieras que terminan afectando al conjunto del sistema internacional.
Por eso, reducir la nueva ofensiva estadounidense a un simple intercambio de bombardeos sería minimizar un proceso mucho más profundo. Lo que está en juego no es solamente la relación entre Washington y Teherán, sino el equilibrio de una región que concentra buena parte de las reservas energéticas del planeta y donde convergen los intereses estratégicos de prácticamente todas las grandes potencias.
Mientras Estados Unidos insiste en que sus operaciones buscan garantizar la seguridad internacional e Irán promete responder a cualquier nueva agresión, el margen para la diplomacia parece achicarse peligrosamente. La historia reciente demuestra que cada escalada militar en Medio Oriente termina dejando secuelas mucho más amplias que las buscadas inicialmente por sus protagonistas. En un mundo atravesado por tensiones comerciales, reconfiguración de alianzas y disputas por los recursos estratégicos, el riesgo de que este conflicto adquiera dimensiones todavía mayores ya no puede descartarse como una simple hipótesis.
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