Vanya por siempre

Chejov en plenitud: el derrotero de una obra teatral señera y dos versiones que cautivan al público y a la crítica en Buenos aires.

Por Silvina Belén para NLI ·

Como señalamos en distintas oportunidades, la presencia y liderazgo dramático de Antón Chejov en la escena independiente argentina es una constante que desafía e inspira sin solución de continuidad a nuestros directores y actores.

La riqueza del universo chejoviano, dúctil, sin ataduras a coordenadas tempo-espaciales, invita a la recreación. De Ivanov (1887) a El jardín de los cerezos (1903), ninguna de sus obras mayores abandona los escenarios del mundo, y mucho menos los de nuestro país. Incluso las siete de un solo acto, a priori consideradas de menor densidad y tono satírico, siguen generando originales puestas.

Este año, en Buenos Aires, se privilegian dos miradas de Tío Vanya: la de José María López –Kumis Teatro- y la de Simon Stephens, que hizo suya Oscar Barney Finn. Recordemos, como antecedente cercano en nuestro teatro, que en 2013 Marcelo Savignone estrenó Un Vania, y planteó “la continuación de un teatro basado en sus raíces, la contemporaneidad de lo clásico, lo visionario de Chéjov.”.

Un Vania

Antes de abordar las dos versiones en cartel, intentaremos un recorrido conciso que explore las raíces y la continuidad de las que no sin razones artísticas habla Savignone. La reescritura misma está en la génesis de Tío Vanya, y los hallazgos de Chejov, sus intuiciones e innovación no por casualidad siguen siendo pilares del teatro moderno.

El camino inicia con El demonio del bosque (1889), obra titulada Leshi en un principio, y desemboca, diez años más tarde, en Tío Vanya (1899), texto dramático publicado poco antes de su primera representación. Tras el estreno, Chéjov,  que prefería resaltar el patetismo ridículo de la vida, no quedó conforme con la dirección de Stanislavski, que privilegió una gravedad poética honda, coronada por el monólogo de Sonia.

A partir de la reescritura de El demonio del bosque, el autor estructura y tematiza Tío Vanya. Desecha los múltiples escenarios y opta por la unidad de lugar: la finca rural. Rescata solo nueve personajes de los más de veinte de Leshi. George pasa a ser Vanya, no se suicida sino que intenta un asesinato en el que yerra en forma ridícula. Ya no hay melodrama ni final feliz, hay silencios, soledad y frustraciones existenciales atravesadas por el absurdo hiriente. El subtexto chejoviano fluye.

En Tío Vanya Chejov explora el cansancio y la desesperanza de la clase media rusa de provincias, la imposibilidad de construir sentido vital en un marco de ambigüedad y contracciones atravesado por el hastío. Los amoríos sin norte y la pertinacia de los flirteos concluyen en tragedia del absurdo. La única salida parecería ser transcurrir en el refugio de la rutina, las labores repetitivas y la silente amargura.

El dramaturgo y antropólogo social David Lan, entre otros, considera que Tío Vanya es «la primera obra modernista»  y que Chejov «lanza una mirada dura como el diamante hacia nuestro propio siglo». Destaca en las acciones «dos romances obsesivos que no conducen a ninguna parte y un flirteo que trae el desastre».

La traducción y adaptación de Lan de esta obra, según la crítica británica, logró devolverle su ritmo cómico, absurdo y, a la vez, profundamente trágico. El trabajo de Lan sobre el texto dejó de lado cualquier sentimentalismo artificial para revivir la agudeza original del autor. Dirigida por Katie Mitchell, la versión de Lan se estrenó en marzo de 1998 en el Teatro Young Vic de Londres.

La versión de José María López propone una acción dramática de actualidad distópica –aunque, en elección estética polisémica, mantiene los trajes, vestidos y accesorios propios de finales del siglo XIX-, un éxodo citadino hacia el campo en el que afloran conflictos de convivencia, frustraciones y expectativas de realización truncas.

La mirada ecológica, de la que Antón Chejov fue precursor –igual que Ibsen-, la preocupación por la crisis ambiental, se imbrica con las tribulaciones existenciales que atraviesan las almas. Los personajes visten trajes solemnes, sombreros, prendas de época, pero esa apariencia antigua contrasta con los debates contemporáneos sobre la destrucción del planeta, tal vez para reforzar la idea de que la desconexión humana con el entorno es una constante que atraviesa siglos.

La escenografía, a diferencia del vestuario, es minimalista y atemporal. Los actores, con sus prendas tradicionales, se mueven sobre un espacio en penumbras o matizado con contrastes de luz. El diseño despojado no sugiere el pasado pero sí un espacio de aislamiento o, quizá, la atmósfera de un refugio en el distópico marco de la inminente devastación planetaria.

El monólogo final de Sonia, interpretada por Bárbara Hayes, en esta versión se presenta como un discurso de consuelo y resistencia, no sugiere el patetismo ridículo de la vida que pretendía connotar Chejov, sino esperanza. En el interior de lo que suponemos un refugio ante una crisis, las palabras de Sonia invocan la empatía y la resiliencia humanas como antídoto a la destrucción.

En el rumbo abierto por Pompeyo Audivert hacia Habitación Macbeth,  y con los ineludibles antecedentes de trabajos como los de Darío Fo, Steven Berkoff y Robert Lepage, el dramaturgo británico Simon Stephens propone una adaptación de Tío Vanya al unipersonal, con un actor que se desdobla y encarna todos los personajes. Andrew Scott, en el estreno de 2023 (Duke of York’s Theatre de Londres).

El texto dramático de Stephens sitúa la acción en un entorno contemporáneo -el campo de Irlanda-, y el re-adaptado por Oscar Barney Finn en la ruralidad patagónica de un pueblo perdido. El sustrato psicológico y poético de la creación chejoviana se potencia en estas versiones, en esencia intimistas.

Paulo Brunetti, impecable, construye corporal y vocalmente la diversidad de identidades sin más colaboración externa que la iluminación que Claudio del Bianco regula con la maestría de un alquimista del claroscuro y ciertos objetos significativos: anteojos, silla y sillón, vaso y botella.

La prueba de fuego, es decir: el monólogo de Sonia, muestra a un Brunetti con un absoluto dominio de la expresión, la postura, el tono y ritmo vocales. Al actor le corresponde asumir una voz que no expresa el incierto y místico intento de consuelo de Sonia a Vanya con el más allá, con la promesa celestial, sino que resalta la belleza del universo y la dignidad de resistir y sobreponerse al desamor.

Única función de Vanya, versión de José María López, hasta ahora programada: jueves 29/10/2026 a las 20:00 en FUNDACIÓN SAGAI, 25 de Mayo 586, Capital Federal. Dirección general: José María López.Vanya, versión de Simon Stephens, traducción de Marcelo Zapata. ALMAGNA TEATRO, Guardia Vieja 3783, Capital Federal. Domingos a las 19:30, del 05/07/2026 al 30/08/2026. Dirección: O. Barney Finn.

Información complementaria y fichas técnicas:  https://www.alternativateatral.com/      


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