Un peón rural encontró los primeros huesos de Patagotitan mayorum en Chubut y desencadenó el descubrimiento del dinosaurio más grande conocido hasta hoy.
Por Redacción de NLI

En algún momento de hace unos 101 millones de años, cuando la Patagonia era un territorio completamente diferente del que conocemos y los grandes saurópodos recorrían una región de clima y vegetación muy distinta, murió uno de los animales más extraordinarios que alguna vez caminaron sobre la Tierra. Durante millones de años, sus huesos quedaron enterrados bajo capas de sedimentos hasta que una parte de aquel esqueleto volvió a quedar expuesta en un campo de la provincia de Chubut. No fue un laboratorio de una universidad extranjera ni una expedición internacional la que encontró inicialmente aquellos restos, sino un trabajador rural que reconoció algo extraño en el terreno y dio aviso, desencadenando una investigación que terminaría identificando una nueva especie de dinosaurio gigantesco: Patagotitan mayorum, considerado por el Museo Paleontológico Egidio Feruglio como el dinosaurio más grande conocido hasta el momento. El descubrimiento es extraordinario por sus dimensiones, pero también por todo lo que permite contar sobre la ciencia argentina, el patrimonio paleontológico de la Patagonia y la importancia de conservar instituciones capaces de transformar un hallazgo casual en conocimiento científico.
Un hueso perdido en medio de la Patagonia
La historia comenzó cuando Aurelio Hernández, un peón rural que trabajaba en un campo de la familia Mayo, encontró los primeros restos fósiles. El hallazgo se produjo en la zona de la estancia La Flecha, en Chubut, y lo que inicialmente podía parecer simplemente un hueso antiguo terminó conduciendo a una de las campañas paleontológicas más importantes realizadas en la región. El Museo Paleontológico Egidio Feruglio señala que el descubrimiento permitió recuperar más de 150 fósiles pertenecientes a por lo menos seis individuos de la misma especie, una cantidad excepcional para estudiar a un animal de semejantes dimensiones. La importancia científica no estaba solamente en encontrar algo enorme, sino en disponer de suficientes piezas como para reconstruir con un grado de precisión inusual la anatomía de uno de los animales terrestres más gigantescos que haya conocido la ciencia.
A partir de ese momento comenzó un trabajo que se prolongaría durante años y que permite entender una diferencia fundamental entre encontrar un fósil y hacer ciencia con él. El descubrimiento de un hueso constituye apenas el comienzo: después vienen la excavación, la extracción sin destruir las piezas, el traslado, la preparación de los fósiles, su clasificación, las comparaciones anatómicas, los estudios geológicos y finalmente la investigación necesaria para determinar si se está frente a una especie ya conocida o ante algo completamente nuevo. En este caso, el equipo del MEF y especialistas vinculados al CONICET y otras instituciones desarrollaron durante aproximadamente cuatro años una investigación multidisciplinaria que culminó con la descripción formal de la especie en 2017.
El nombre elegido resume parte de la historia. Patagotitan combina la referencia a la Patagonia con la idea de los titanes de la mitología, mientras que mayorum homenajea a la familia Mayo, propietaria del lugar donde fueron encontrados los restos y que permitió el acceso de los investigadores al sitio. Detrás de una denominación científica que puede parecer distante existe, por lo tanto, una cadena humana bastante concreta: un trabajador que encontró los primeros huesos, una familia que permitió continuar la investigación, técnicos que prepararon los fósiles y científicos que estudiaron durante años cada pieza antes de establecer formalmente que se trataba de una especie desconocida.
El animal que obligó a repensar el tamaño de los gigantes

Los titanosaurios forman parte de un grupo de dinosaurios saurópodos caracterizados por sus enormes cuerpos, largos cuellos y colas, y una alimentación basada principalmente en vegetales. Pero Patagotitan mayorum llevó esa escala hasta dimensiones que todavía resultan difíciles de imaginar. La reconstrucción realizada a partir de los fósiles indica un animal de alrededor de 37 metros de longitud, con una masa estimada en decenas de toneladas, suficiente para convertirlo en una referencia fundamental cuando se habla de los animales terrestres más grandes conocidos. La espectacularidad del tamaño, sin embargo, no es lo que por sí sola vuelve importante al hallazgo: la cantidad y diversidad de restos recuperados permitió a los investigadores estudiar aspectos de la anatomía, el crecimiento y la evolución de estos gigantes que antes resultaban mucho más difíciles de determinar.
El descubrimiento fue rápidamente incorporado al debate científico internacional. La revista Nature destacó en 2017 que las excavaciones habían permitido recuperar restos de al menos seis ejemplares de estos gigantes herbívoros y presentó al titán patagónico como el dinosaurio más grande descubierto hasta entonces. La noticia no significaba simplemente que Argentina había encontrado “un dinosaurio enorme”, sino que una formación geológica de la Patagonia estaba proporcionando información decisiva sobre un linaje de animales que alcanzó tamaños extremos durante el Cretácico. La Patagonia, que durante décadas había sido conocida internacionalmente por sus paisajes y por su enorme riqueza fósil, volvía a demostrar que debajo de sus terrenos áridos existía un archivo natural de extraordinario valor científico.
Ese aspecto resulta particularmente importante porque la paleontología no trabaja únicamente con la fascinación que producen los dinosaurios. Cada fósil es una pieza de un problema mucho más amplio: cómo evolucionaron las especies, cómo cambiaron los ecosistemas, qué condiciones ambientales existían millones de años atrás y de qué manera determinados organismos pudieron alcanzar tamaños tan extremos. En ese sentido, Patagotitan permitió estudiar la evolución de los saurópodos gigantes y aportó información sobre su anatomía y sus relaciones evolutivas. Lo que para el público puede comenzar como la historia de un dinosaurio gigantesco termina convirtiéndose, para la ciencia, en una ventana hacia una Patagonia que existió mucho antes de que aparecieran los seres humanos.
Cuando la ciencia argentina convierte un hallazgo en patrimonio
Hay otra dimensión de esta historia que merece tanta atención como el dinosaurio mismo: qué sucede después de un gran descubrimiento científico. Los fósiles no son simples objetos que pueden extraerse de un terreno y trasladarse de un país a otro como piezas comerciales. Constituyen patrimonio paleontológico y forman parte de la memoria natural del territorio. El Museo Paleontológico Egidio Feruglio, con sede en Trelew, desarrolló durante décadas una tarea de investigación, conservación, preparación y divulgación que permitió que una parte de ese patrimonio pudiera estudiarse en Argentina y, al mismo tiempo, ser conocido por visitantes de todo el mundo. La colección del museo reúne decenas de miles de fósiles y constituye uno de los pilares de la actividad paleontológica de la Patagonia.
La dimensión internacional alcanzada por Patagotitan también demuestra que la ciencia producida en la Patagonia no necesita abandonar el territorio para adquirir relevancia mundial. La réplica a escala real del animal fue exhibida en distintos países y durante 2025 una exposición del MEF llegó incluso a Singapur, donde una reproducción de unos 40 metros de largo se convirtió en una de las piezas centrales de la muestra Dinosaurios de la Patagonia. Antes había pasado por Australia, Nueva Zelanda, Brasil y España, entre otros destinos, llevando consigo no solamente la imagen espectacular de un gigante prehistórico sino también el trabajo científico realizado en Chubut.
En definitiva, la historia de Patagotitan mayorum tiene algo que excede ampliamente la fascinación por los dinosaurios. Comienza con un trabajador rural que detecta un hueso en un campo y termina con una investigación capaz de modificar el conocimiento científico sobre los animales terrestres de mayor tamaño que habitaron el planeta. Entre ambos extremos existe todo aquello que muchas veces queda oculto detrás de la espectacularidad de un descubrimiento: instituciones científicas, técnicos, investigadores, campañas de excavación, años de preparación, financiamiento, conservación y conocimiento acumulado. También existe una concepción del patrimonio que entiende que los fósiles de la Patagonia no son solamente restos de un pasado remoto, sino parte de un legado que puede generar investigación, educación, cultura y proyección internacional.
Quizás por eso la imagen más poderosa de esta historia no sea necesariamente la de la enorme réplica de Patagotitan suspendida dentro de un museo, sino aquella primera señal encontrada en el suelo por un trabajador que supo reconocer que allí había algo diferente. Millones de años después de que aquel animal desapareciera, un hueso emergió de la tierra y volvió a poner en movimiento una cadena de conocimiento que atravesó un campo de Chubut, un museo de Trelew, laboratorios, universidades y publicaciones científicas internacionales. El gigante no solamente fue descubierto en la Patagonia: también permitió demostrar que la Patagonia puede ser un lugar donde se descubre, se investiga y se produce ciencia de alcance mundial. Y esa quizá sea la verdadera dimensión de Patagotitan: detrás del animal más grande conocido hay una historia mucho más humana, construida alrededor de la curiosidad, el trabajo paciente y la decisión de convertir un fragmento del pasado en conocimiento para el presente.
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