La comparación que hizo el músico entre la Argentina y una mujer abusada generó repudio, pero también expuso una discusión mucho más profunda: mientras se reclama “tiempo” y “sacrificio” para sostener el rumbo económico del Gobierno, los costos de ese sacrificio recaen una y otra vez sobre los mismos sectores.
Por Lola Santacreta para NLI

Alejandro Lerner eligió una metáfora que no solamente resulta profundamente desafortunada, sino que también permite desnudar una lógica política cada vez más frecuente: cuando se pretende justificar un programa económico que genera costos sociales, se le pide a la sociedad que tenga paciencia, que soporte, que espere y que haga sacrificios. El problema es que detrás de esas palabras aparentemente abstractas hay personas concretas que pierden poder adquisitivo, empleos, derechos, acceso a servicios y posibilidades de proyectar sus vidas. Y mientras tanto, quienes tienen mayores recursos suelen disponer también de mayores herramientas para atravesar las crisis.
Durante su participación en la mesa de Mirtha Legrand, el músico sostuvo que la Argentina necesitaba continuidad para poder cambiar y planteó que el país había sido “violado” y que era “como una mujer abusada por nuestros propios dirigentes, los que nos tendrían que haber dado un servicio”. Lerner agregó que ninguna de las personas que gobernaron durante los últimos 50 años había podido darle al país “el servicio que nosotros nos merecemos”.
La frase provocó críticas porque utiliza una experiencia traumática y concreta como la violencia sexual contra las mujeres para convertirla en una imagen de una discusión económica y política. El problema no es solamente semántico. Una violación no es una metáfora económica: es un delito, una forma extrema de violencia y una experiencia que deja consecuencias físicas, psicológicas y sociales reales. Convertirla en recurso retórico para explicar los problemas de un país banaliza una problemática que afecta a miles de personas y que merece ser tratada con una sensibilidad completamente diferente.
Pero hay algo todavía más interesante detrás de la declaración de Lerner: la idea de que la Argentina necesita seguir haciendo sacrificios.
¿Quién paga siempre la cuenta del sacrificio?
En los discursos políticos y económicos que buscan defender los programas de ajuste aparece con frecuencia una palabra que parece inocente pero que nunca lo es: sacrificio. Se habla de “hacer un esfuerzo”, “aguantar”, “dar tiempo”, “ordenar la economía” y “esperar los resultados”. El problema es que el sacrificio nunca se distribuye de manera homogénea.
No sacrifica lo mismo una familia que deja de comprar determinados alimentos porque el salario no alcanza que una persona con patrimonio dolarizado. No sacrifica lo mismo un jubilado que debe elegir entre medicamentos y comida que quien tiene ingresos suficientes para absorber aumentos. No sacrifica lo mismo un trabajador despedido que una empresa que puede reducir costos laborales. Y tampoco sacrifica lo mismo quien depende de la educación o la salud pública que quien puede pagar una institución privada.
Por eso, cuando se pide “paciencia”, la pregunta periodística inevitable debería ser: ¿paciencia de quién? Cuando se reclama “sacrificio”, ¿quién sacrifica? Y cuando se promete que los resultados llegarán en el futuro, ¿quién tiene garantizado llegar a ese futuro en condiciones de disfrutarlo?
La discusión adquiere todavía mayor importancia cuando la defensa del rumbo económico se construye alrededor de una supuesta necesidad de continuidad. Porque pedir continuidad puede ser razonable en determinados procesos económicos, pero la continuidad no constituye por sí misma una virtud. Un proyecto puede sostenerse durante años y, aun así, profundizar desigualdades, deteriorar condiciones laborales o transferir recursos desde determinados sectores hacia otros.
El problema no es solamente Lerner
Lerner apuntó contra “nuestros propios dirigentes” de los últimos 50 años y planteó que ninguno habría dado a los argentinos el servicio que merecen. Esa mirada tiene una parte indiscutible: la Argentina atravesó crisis recurrentes, endeudamientos, devaluaciones, inflación, desempleo, deterioro institucional y sucesivos fracasos de proyectos económicos de distinto signo. Pero convertir toda la historia reciente en una larga cadena de gobiernos incapaces también puede funcionar como una manera de borrar las diferencias entre modelos económicos y responsabilidades concretas.
No fueron iguales las políticas económicas de todos los gobiernos. No tuvieron los mismos objetivos, los mismos instrumentos ni los mismos efectos sobre trabajadores, jubilados, empresarios, sectores financieros o grandes patrimonios. Y tampoco es correcto presentar a la sociedad argentina como una víctima pasiva que simplemente debe esperar que aparezca, finalmente, el proyecto que la salve.
La pregunta más incómoda es otra: ¿qué proyecto de país se está construyendo hoy y quiénes están pagando su costo?
Porque si el argumento consiste en que durante décadas la Argentina fue maltratada por sus dirigentes, resulta extraño que la respuesta sea pedirle nuevamente a la sociedad que aguante. Si la población fue la perjudicada por décadas de decisiones políticas equivocadas, ¿por qué debería ser nuevamente ella la encargada de financiar la salida?
Cuando el sacrificio siempre viene de abajo
La metáfora de Lerner termina funcionando, paradójicamente, como una fotografía de un problema mucho mayor. Hay un discurso político que presenta el sacrificio como una condición inevitable para alcanzar un futuro mejor, pero el sacrificio se vuelve sospechoso cuando siempre parece recaer sobre los mismos.
Los trabajadores pueden ser llamados a aceptar salarios que pierden contra el costo de vida. Los jubilados pueden ser convocados a comprender que “no hay plata”. Las universidades pueden recibir el mensaje de que deben ajustarse. Los científicos pueden escuchar que deben adaptarse a una nueva realidad. Los hospitales públicos pueden enfrentar restricciones. Las familias pueden ser invitadas a consumir menos. Y, en cada caso, la palabra utilizada para justificarlo suele ser esfuerzo.
Mientras tanto, el poder económico no suele presentarse como un actor al que hay que pedirle sacrificios sino como un actor al que hay que generarle confianza, previsibilidad e incentivos.
Esa diferencia es fundamental. Porque una sociedad democrática puede discutir cuánto debe aportar cada sector para salir de una crisis, pero una cosa muy distinta es convertir el sacrificio de los sectores populares en una especie de requisito moral permanente mientras se supone que los sectores más poderosos deben ser protegidos para garantizar inversiones y crecimiento.
Por eso, más allá de la repudiable comparación utilizada por Alejandro Lerner, la verdadera discusión debería ser mucho más seria. La Argentina no necesita que le expliquen que tiene que sacrificarse. Necesita discutir quién se beneficia, quién pierde y cómo se distribuyen los costos de cualquier transformación económica.
Y quizás allí esté el punto que la metáfora televisiva terminó dejando al descubierto sin proponérselo: después de décadas de crisis, el problema argentino no es solamente encontrar un proyecto que tenga continuidad. Es construir uno en el que la continuidad no signifique que los mismos de siempre continúen pagando la cuenta.
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