Por Alcides Blanco para NLI

Hubo una época, no demasiado lejana pero ya casi completamente desaparecida, en la que mirar una película en casa comenzaba bastante antes de encender el televisor. Había que salir a buscarla. Durante los años 80 y buena parte de los 90, el videoclub se convirtió en una parada habitual para miles de familias argentinas: los viernes por la tarde, los sábados después de hacer las compras o antes de una noche con amigos, había que entrar al local, recorrer estantes, mirar las carátulas y decidir qué película se llevaría a casa. No existían Netflix, YouTube ni algoritmos que recomendaran automáticamente una serie; tampoco había teléfonos inteligentes desde los cuales acceder a un catálogo prácticamente infinito. Para ver determinada película había que encontrarla, alquilarla y devolverla a tiempo. El cine doméstico era todavía una actividad que requería salir a la calle.
El ritual del viernes
Los primeros videoclubes comenzaron a aparecer en la Argentina a comienzos de los años 80, acompañando la expansión de las videocaseteras y de los formatos VHS y Betamax. El fenómeno se aceleró hacia mediados de aquella década y alcanzó una verdadera explosión a fines de los 80 y durante los 90. Una investigación académica sobre la historia del video en Argentina registra que los primeros emprendimientos tuvieron que lidiar incluso con la escasez de material y con copias de procedencia irregular, hasta que el mercado comenzó a organizarse y las distribuidoras legales ampliaron la oferta. Para fines de los 90, según datos citados por La Nación, el país había llegado a tener más de 8.000 videoclubes, una dimensión que permite entender hasta qué punto aquel negocio había ingresado en la vida cotidiana.
Pero para el cliente común, aquella revolución tecnológica tenía una expresión mucho más sencilla: el viernes había que decidir qué película mirar. El videoclub podía estar a pocas cuadras de la casa y, en muchos barrios, se transformaba en un lugar de encuentro. Se entraba buscando una película de acción y se terminaba discutiendo con el empleado sobre una comedia, un policial o una de terror. Había que revisar las cajas, leer la breve sinopsis de la contratapa y comprobar que quedaran ejemplares disponibles. Los estrenos más buscados podían agotarse rápidamente y, en algunos locales, los clientes habituales aprendían que convenía reservarlos con anticipación. Elegir una película era una pequeña aventura y también una negociación familiar.
Para los chicos, además, estaba el universo de las películas infantiles y los dibujos animados; para los adolescentes, el terror y la ciencia ficción tenían un atractivo especial; y para los adultos aparecía una oferta que permitía recuperar películas que ya no estaban en cartelera. El videoclub modificó así la relación entre el público y el cine: una película que había desaparecido de las salas podía volver a aparecer en el living de una casa meses después. La posibilidad de elegir qué mirar, cuándo hacerlo y cuántas veces repetirlo representó un cambio enorme respecto de una televisión que todavía estaba dominada por la programación fija y los horarios establecidos por cada canal.
Rebobinar antes de devolver
El VHS tenía además su propio lenguaje y sus propios problemas. La cinta podía verse con interferencias, deteriorarse o quedar mal posicionada. Existía el famoso tracking, ese ajuste de la imagen que podía ser necesario cuando la reproducción mostraba rayas o una imagen inestable. Y existía una obligación que para muchos usuarios era casi una cuestión de honor: rebobinar la película antes de devolverla.
Las cajas de VHS formaban parte de la estética de aquellos locales. Los pósters ocupaban las paredes, las estanterías estaban llenas de títulos y cada película tenía una carátula que debía convencer al cliente de llevarla. No existía la posibilidad de mirar durante veinte minutos un trailer en internet antes de decidir. Había que confiar en el diseño de la tapa, en la recomendación del empleado, en lo que había contado un amigo o, simplemente, en la intuición. El dueño del videoclub podía convertirse en una especie de bibliotecario cinematográfico del barrio: sabía quién buscaba cine clásico, quién alquilaba siempre terror, quién prefería acción y quién llegaba todos los fines de semana preguntando por las novedades.
En ese sentido, el videoclub era también una red social analógica. La expresión puede parecer exagerada desde la perspectiva actual, pero aquellos lugares funcionaban como pequeños puntos de encuentro donde se hablaba de películas y también de la vida cotidiana. Un histórico videoclub porteño recordó años después que el local había sido precisamente eso: un lugar donde se conversaba sobre cine y sobre cuestiones de todos los días. Esa dimensión explica por qué el cierre de tantos comercios fue vivido por algunos clientes como algo más que la desaparición de un negocio.
La llegada de los DVD prolongó la vida del fenómeno durante un tiempo. El nuevo formato ofrecía mejor imagen, ocupaba menos espacio y permitía incorporar extras, menús y otras prestaciones. Durante los años 90 también aparecieron grandes cadenas que modificaron la escala del negocio. Blockbuster desembarcó en Argentina en 1995, inicialmente con dos locales, y llevó al rubro una lógica más cercana a la gran cadena comercial, con locales amplios, catálogos extensos y una experiencia de compra mucho más estandarizada.
Del videoclub al algoritmo
Lo que terminó con aquella costumbre no fue un solo invento, sino una sucesión de transformaciones. Primero llegó el DVD, luego la televisión por cable multiplicó la cantidad de contenidos disponibles, después internet comenzó a cambiar la distribución audiovisual y finalmente aparecieron las plataformas de streaming. La película dejó de estar físicamente en un estante para convertirse en un archivo disponible desde una pantalla. El consumidor tampoco necesitó salir de su casa, asociarse a un videoclub, pagar un alquiler por 24 o 48 horas ni preocuparse por devolver una caja.
La transformación fue tan profunda que incluso desapareció una parte del esfuerzo que implicaba elegir. En el videoclub había que tomar una decisión porque solamente podían llevarse algunas películas y porque el tiempo de alquiler era limitado. Hoy, en cambio, millones de personas pueden pasar largos minutos desplazándose por catálogos prácticamente infinitos sin encontrar qué mirar. La tecnología solucionó el problema de conseguir una película y creó, paradójicamente, el problema de elegir entre demasiadas.
Algunos videoclubes consiguieron sobrevivir convirtiéndose en espacios especializados, refugios para coleccionistas o negocios dedicados a películas difíciles de encontrar. En distintas ciudades argentinas todavía existen locales que conservan enormes colecciones de VHS y DVD, y algunos de ellos mantienen clientes que comenzaron a alquilar películas cuando eran chicos y regresan décadas después. Un caso documentado recientemente es el de videoclubes que permanecieron activos durante décadas en ciudades como Pilar y General Roca, adaptándose del VHS al DVD y luego a nuevas formas de consumo.
Tal vez por eso el recuerdo del videoclub genera una nostalgia particular. No se extraña solamente la película en VHS, la videocasetera o las cajas de plástico. Se extraña el pequeño viaje que había que hacer para encontrar algo que mirar. Se extraña discutir frente a un estante, descubrir una película por casualidad, esperar que el estreno que todos querían estuviera disponible y regresar a casa con una cinta bajo el brazo. Aquella Argentina necesitaba salir de casa para elegir una película; la Argentina actual puede acceder a miles desde el sillón. Entre ambas experiencias hay una revolución tecnológica enorme, pero también una transformación silenciosa de la vida cotidiana: una de tantas que ocurrieron mientras nadie imaginaba que algún día recordaríamos con cariño la obligación de rebobinar una película antes de devolverla.
Descubre más desde Noticias La Insuperable
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
