Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

Milei llegó este miércoles a la Asamblea General de las Naciones Unidas con una declaración de principios anudada al cuello: una corbata con el rostro de Adam Smith, el economista escocés al que el Presidente considera una de las grandes referencias intelectuales de su vida. Milei explicó que la prenda se la había regalado Gerardo Bongiovanni, titular de la Fundación Libertad, y que, según su recuerdo, podría haber sido originalmente de Milton Friedman o una réplica de las que utilizaba el economista estadounidense. La elección no fue casual: el propio Presidente reconoció que se trataba de una “declaración” y la vinculó con su discurso sobre inteligencia artificial y productividad.
La escena tiene, sin embargo, una segunda lectura bastante más incómoda. Porque una cosa es llevar a Adam Smith en la corbata y otra muy distinta es llevar sus ideas a la política económica. Y si se toma en serio el extenso artículo que Milei escribió sobre Smith al cumplirse los 250 años de La riqueza de las naciones, publicado este año, el contraste con la Argentina de su gobierno permite formular una pregunta elemental: ¿qué parte de Adam Smith está aplicando Milei y qué parte convenientemente deja fuera del nudo?
Milei presenta a Smith como “el padre de la economía” y reivindica especialmente su explicación de la división del trabajo, los rendimientos crecientes, el ahorro, la inversión, el progreso tecnológico, la apertura comercial y la competencia. También convierte la famosa “mano invisible” en una suerte de fundamento filosófico de la superioridad del mercado frente a un Estado rector. En su interpretación, Smith habría anticipado incluso la revolución de la inteligencia artificial: así como la fábrica de alfileres permitía multiplicar la productividad mediante la división de tareas, la IA sería la “fábrica de alfileres del siglo XXI”.
Hasta ahí, el razonamiento tiene una lógica económica reconocible. El problema aparece cuando se transforma esa parte de Smith en una doctrina política casi completa. Porque Adam Smith no escribió un manual para que el Estado desapareciera de la vida económica, ni sostuvo que cualquier reducción estatal fuera automáticamente sinónimo de prosperidad. En el Libro V de La riqueza de las naciones, Smith identifica expresamente obligaciones del soberano vinculadas con la defensa, la administración de justicia y la construcción y mantenimiento de obras públicas e instituciones que pueden ser indispensables para la sociedad aunque su rentabilidad no alcance para que un privado quiera financiarlas. Allí incluye infraestructura y también instituciones destinadas a la educación.
Y esto no es un detalle académico. Es justamente el punto donde la corbata empieza a apretar.
Smith hablaba de mercado, pero también de educación, infraestructura y justicia
Milei reivindica en su artículo la laboriosidad, el ahorro, la inversión y la especialización como motores del crecimiento. Pero Smith entendía que esos procesos necesitaban un entramado institucional. En su análisis de las obras públicas menciona caminos, puentes, canales y puertos, mientras que al abordar la educación reconoce que determinadas instituciones de enseñanza podían formar parte de las funciones del Estado.
Esto permite discutir una de las simplificaciones más habituales de la lectura libertaria de Smith: el escocés no planteaba simplemente “Estado malo, mercado bueno”. Su defensa de la libertad económica estaba acompañada por una teoría bastante más compleja acerca de las condiciones que permiten que esa libertad funcione.
Incluso en La teoría de los sentimientos morales, obra que el propio Milei considera indispensable para comprender La riqueza de las naciones, Smith comienza desde una concepción del ser humano que difícilmente pueda reducirse al individuo encerrado en la maximización de su propio interés. El primer capítulo parte de la capacidad humana de interesarse por la suerte de los demás y desarrolla una teoría moral basada en la simpatía. Más adelante distingue entre justicia y beneficencia, y sostiene que la justicia constituye una obligación social particularmente fuerte.
Es decir: el Adam Smith completo es bastante más incómodo para el mileísmo que el retrato de Adam Smith estampado en una corbata.
La mano invisible no era una licencia para hacer cualquier cosa
Hay otra cuestión todavía más interesante. Milei presenta la “mano invisible” como la expresión de un orden espontáneo en el que individuos guiados por su interés personal terminan promoviendo el bienestar general. Pero el pasaje original de Smith es mucho más específico: está analizando una situación determinada, vinculada con la preferencia de un individuo por invertir su capital dentro de su propio país. Smith dice que ese individuo, buscando su propia seguridad y su propio beneficio, puede terminar promoviendo un resultado que no formaba parte de su intención.
Eso no equivale a afirmar que todo interés privado produce automáticamente bienestar público.
Y Smith tenía buenas razones para desconfiar de los actores económicos cuando acumulaban privilegios. En La riqueza de las naciones fue particularmente duro con los monopolios y con los acuerdos que protegían a comerciantes y fabricantes de la competencia. La protección otorgada a determinados intereses podía terminar perjudicando al conjunto de la sociedad mediante precios más elevados y mercados menos competitivos.
La paradoja resulta inevitable: Milei cita a Smith para combatir al Estado, mientras Smith dedicó una parte sustancial de su obra a analizar los abusos derivados de los privilegios económicos y de las alianzas entre intereses particulares y poder político.
En otras palabras, si el Presidente quiere ponerse la cara de Smith en el pecho, también debería aceptar la parte menos cómoda del legado: el mercado no es una religión y los empresarios tampoco son santos.
De la fábrica de alfileres al bolsillo argentino
El ejemplo de los alfileres es, probablemente, el fragmento de Smith que mejor representa la fascinación intelectual de Milei. Una organización más especializada del trabajo podía multiplicar extraordinariamente la productividad. De allí surge una de las intuiciones fundamentales de la economía moderna: producir más por trabajador permite generar mayor riqueza.
Pero existe una pregunta que el ejemplo de los alfileres no responde por sí solo: ¿cómo se distribuye esa riqueza y qué ocurre con quienes quedan afuera?
Ese interrogante tampoco es ajeno a Smith. Reuters recordó este año, al analizar el 250° aniversario de La riqueza de las naciones, que el autor no solamente defendió el libre comercio y criticó los monopolios: también escribió sobre la concentración de riqueza, la pobreza y la necesidad de que una sociedad verdaderamente próspera no tenga a la mayoría de sus integrantes sumidos en la pobreza.
Ahí aparece el dato que la Argentina de Milei pone sobre la mesa. Según el INDEC, la economía mostró un crecimiento interanual del 2% en el segundo trimestre de 2026, pero el PIB desestacionalizado cayó 0,6% respecto del trimestre anterior. En paralelo, la tasa de desocupación llegó al 7,9% en el segundo trimestre. La industria manufacturera registró además una caída interanual del 5% en julio.
Los salarios, mientras tanto, aumentaron 2,8% en julio y 36,2% interanual, según el organismo estadístico. La inflación de agosto fue del 1,7% mensual. Son datos que muestran una economía con algunos indicadores de crecimiento, pero también con fuertes tensiones en empleo, producción y poder adquisitivo.
Por eso la imagen de la jornada puede leerse con una ironía económica bastante más profunda que el simple chiste de la corbata: Adam Smith alrededor del cuello de Milei mientras una parte de la sociedad siente que el ajuste le aprieta el suyo.
Porque una cosa es defender la productividad y otra es convertir la productividad en una excusa para desentenderse de la distribución de sus beneficios. Una cosa es sostener que el Estado no debe reemplazar al mercado y otra muy distinta es asumir que toda política pública es un obstáculo. Una cosa es defender la apertura económica y otra es suponer que cualquier apertura produce automáticamente una economía más fuerte, industrialmente más competitiva y socialmente más integrada.
El propio Smith sabía que el crecimiento no podía separarse de las instituciones que lo hacían posible. Y sabía también que los intereses particulares podían utilizar el poder para conseguir privilegios. Ese Smith es bastante menos cómodo que el de la corbata.
Milei llegó a Naciones Unidas vestido para homenajear al autor que considera uno de sus grandes maestros. Habló de inteligencia artificial, productividad, libertad económica y de la necesidad de no caer en escenarios distópicos. Pero la Argentina real no se mide solamente por la productividad potencial de una fábrica de alfileres ni por la cantidad de inversiones que pueda atraer una economía abierta. Se mide también por cuántos trabajadores pueden vivir dignamente de su trabajo, cuánta industria logra sobrevivir, qué educación reciben sus jóvenes, qué infraestructura construye el país y qué ocurre con quienes quedan del lado equivocado de la famosa mano invisible.
La corbata puede llevar a Adam Smith. El verdadero desafío para cualquier gobierno que invoque su nombre es bastante menos elegante: hacer que el crecimiento se convierta en bienestar social y no en una sofisticada explicación de por qué siempre deben ajustarse los mismos.
Y ahí aparece la gran contradicción de la postal de Nueva York: Milei quiso llevar a Smith como bandera intelectual. Pero para millones de argentinos, después de casi tres años de gobierno, esa bandera todavía se parece demasiado a una soga.
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