El Monumental se puso de pie, lloró, cantó y abrazó a su capitán. Lionel Messi jugó este martes su último partido con la Selección Argentina, asistió a Nicolás Otamendi y Nicolás Paz, marcó de penal el tercer gol y cerró su historia con la camiseta celeste y blanca de la manera más perfecta: jugando, disfrutando y dejando una última obra para su gente.
Por Ignacio Elfratini para NLI

Hay despedidas que no parecen despedidas hasta que llega el último minuto. Y hay despedidas que empiezan mucho antes de que la pelota empiece a rodar. La de Lionel Messi con la Selección Argentina fue de esas. Desde que salió al campo del Monumental acompañado por sus hijos, desde que la camiseta gigante con el número 10 apareció sobre el césped, desde que comenzó el himno y el propio Messi no pudo contener las lágrimas, quedó claro que aquella noche no se trataba solamente de un partido. Era el final de una historia que atravesó más de dos décadas, varias generaciones y buena parte de la vida emocional de un país. Cuando llegó el minuto 10 y el árbitro detuvo el juego para que más de 85.000 personas se pusieran de pie y ovacionaran al capitán, ya no hubo manera de esconder lo evidente: el fútbol argentino estaba despidiendo a uno de los suyos para siempre.
Argentina le ganó 3-0 a Benín y Messi tuvo exactamente la despedida que el guion parecía estar esperando. Primero apareció como asistidor: a los 48 minutos ejecutó un córner con precisión quirúrgica y Nicolás Otamendi, otro de los históricos de aquella generación dorada que también disputó su último partido con la Albiceleste, conectó una espectacular definición para poner el 1-0. El abrazo entre ambos fue una de esas imágenes que quedan guardadas para siempre: dos campeones del mundo, dos sobrevivientes de una época extraordinaria, compartiendo el último grito antes de cerrar una etapa.
Pero todavía faltaba más. Porque si algo caracterizó a Messi durante toda su carrera con la Selección fue esa capacidad para aparecer una vez más cuando parecía que ya había hecho suficiente. El segundo llegó después de otra intervención decisiva del capitán: Messi volvió a asistir y Nicolás Paz convirtió para poner el 2-0. Y entonces llegó el momento que todo el Monumental estaba esperando. Penal para Argentina, pelota en las manos del 10 y silencio durante un instante que pareció eterno. Messi acomodó la pelota, miró al arco y ejecutó con la serenidad de quien hizo de esas situaciones una costumbre durante veinte años. Gol. El 3-0. El último gol de Messi con la Selección Argentina. El Monumental explotó y sus compañeros corrieron a abrazarlo. No podía terminar de otra manera.
El número final también parece escrito para una película: 208 partidos, 126 goles y 68 asistencias con la camiseta argentina, según los registros difundidos durante su despedida. Messi se va como el futbolista que más veces vistió la camiseta de la Selección y como su máximo goleador histórico, pero sus números apenas alcanzan para explicar lo que significó. Porque durante muchos años la historia del 10 con Argentina estuvo atravesada por la frustración. Finales perdidas, críticas, comparaciones imposibles, noches en las que parecía que el destino se empeñaba en negarle aquello que más quería. Y, sin embargo, siguió. Volvió. Insistió. Hasta que finalmente consiguió cambiar para siempre la historia.
La transformación fue completa. Copa América 2021, Finalissima 2022, Mundial de Qatar 2022 y Copa América 2024. Messi consiguió con la Selección los títulos que durante tantos años le habían sido reclamados como si fueran una deuda personal. Pero hubo algo todavía más importante: consiguió que millones de argentinos volvieran a enamorarse de la camiseta. La generación que había crecido escuchando que Argentina no podía ganar una final pudo finalmente festejar. Los chicos que habían visto llorar a Messi después de las derrotas lo vieron levantar la Copa del Mundo. Y aquellos que alguna vez cuestionaron su lugar en la historia terminaron aceptando una verdad que ya no necesita discusión: Messi es parte inseparable de la historia de la Selección Argentina.
Por eso la noche del Monumental tuvo una emoción diferente. No se despedía solamente a un futbolista. Se despedía al chico de Rosario que debutó con la camiseta mayor en 2005, al pibe que llegó a la Selección cargando una expectativa gigantesca, al capitán que atravesó derrotas y críticas, al jugador que finalmente levantó la Copa del Mundo y al hombre que volvió a ponerse la camiseta argentina una y otra vez aun cuando ya no tenía absolutamente nada que demostrar. Se despedía al 10 que convirtió una camiseta en una parte de la identidad de millones de argentinos.
Y hubo otro detalle que hizo todavía más simbólica la noche. Messi no necesitó retirarse del fútbol para despedirse de la Selección. Todavía tiene fútbol, todavía tiene talento, todavía puede decidir partidos. De hecho, ante Benín volvió a demostrarlo: participó directamente en los tres goles de Argentina, con dos asistencias y un gol, a los 39 años. No fue una exhibición frente a uno de los grandes seleccionados del mundo, ni necesitaba serlo. La importancia estaba en otro lugar. El último partido no era para demostrar que seguía siendo el mejor. Era para decirle adiós a la camiseta que lo acompañó durante 21 años.
Cuando llegó el final, el resultado quedó casi en segundo plano. Argentina 3, Benín 0. Otamendi, Nicolás Paz y Messi. Una última goleada, una última celebración, una última vuelta olímpica emocional. El Monumental volvió a cantar su nombre mientras en el cielo aparecían los homenajes preparados para una noche que la Selección había pensado como una fiesta, pero que terminó siendo también un enorme abrazo colectivo. Messi se fue entre lágrimas, aplausos y una ovación interminable. Como corresponde a un futbolista que durante tantos años hizo llorar a los argentinos primero de tristeza y después de felicidad.
El fútbol seguirá. Habrá nuevos jugadores, nuevos capitanes, nuevas camisetas con el número 10 y nuevas generaciones que intentarán escribir su propia historia. Pero habrá algo que no podrá repetirse. No habrá otro Messi jugando para Argentina. No habrá otro que atraviese dos décadas con la misma camiseta, que sobreviva a tantas tormentas, que cargue semejante responsabilidad y que termine levantando la Copa del Mundo después de haber sido discutido durante tantos años. Por eso esta noche no fue solamente el último partido de Lionel Andrés Messi Cuccittini con la Selección.
Fue el último capítulo de una historia que ya es eterna.
Gracias, Leo. Por las gambetas, los goles, las asistencias, las lágrimas, las finales, la Copa América, la Finalissima, Qatar y, sobre todo, por nunca dejar de volver.
AD10S, capitán. La camiseta argentina ya es para siempre un poco tuya.
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