El 9 de octubre de 1967, en una pequeña escuela de La Higuera, Bolivia, fue asesinado Ernesto “Che” Guevara. Tenía 39 años. Había nacido en Rosario, se había formado como médico y había recorrido América Latina antes de convertirse en uno de los principales dirigentes de la Revolución Cubana. Casi seis décadas después, su rostro sigue apareciendo en banderas, remeras, murales y movilizaciones populares de todo el mundo. Pero detrás de aquella imagen convertida en ícono existe una historia mucho más compleja: la de un argentino que decidió que la injusticia social no podía contemplarse desde lejos y que América Latina debía construir su propio destino.
Por Alcides Blanco para NLI
De Rosario al corazón de la revolución

Ernesto Guevara de la Serna nació en Rosario el 14 de junio de 1928. La medicina, los viajes y el contacto directo con la pobreza latinoamericana fueron moldeando una mirada política que terminaría transformándolo. Sus recorridos por distintos países del continente lo pusieron frente a una realidad que, para él, no podía explicarse solamente como una suma de problemas individuales: pobreza, desigualdad, explotación y dependencia aparecían vinculadas con estructuras económicas y políticas mucho más profundas.
Su encuentro con Fidel Castro y los revolucionarios cubanos cambió definitivamente su vida. Se incorporó al movimiento que desembarcó en Cuba en 1956 y participó de la lucha guerrillera que culminó con el triunfo de la Revolución en enero de 1959. Desde entonces dejó de ser simplemente Ernesto Guevara para convertirse en el Che, una figura central del nuevo proceso político cubano y, rápidamente, en un referente internacional.
Después del triunfo revolucionario ocupó responsabilidades en el nuevo gobierno cubano y participó activamente en la transformación económica del país. Pero su horizonte político excedía a Cuba. Para Guevara, la revolución no podía encerrarse dentro de una frontera: debía extenderse por una América Latina todavía atravesada por desigualdades, gobiernos autoritarios, concentración de la riqueza y fuerte influencia de Estados Unidos.
Bolivia, la última batalla
En 1966 llegó clandestinamente a Bolivia para organizar una experiencia guerrillera que buscaba extender el proceso revolucionario hacia otros países de la región. La campaña terminó fracasando. El 8 de octubre de 1967, Guevara fue capturado por fuerzas bolivianas en la zona de La Higuera y trasladado a una pequeña escuela rural. Al día siguiente, 9 de octubre, fue asesinado.
El Estado argentino ha documentado que Guevara fue capturado el 8 de octubre y acribillado al día siguiente en La Higuera. También existen documentos oficiales argentinos que ubican aquella experiencia guerrillera dentro de la estrategia continental que el Che buscaba desarrollar.
Su muerte no consiguió borrar su figura. Ocurrió exactamente lo contrario. La fotografía de su cuerpo muerto recorrió el mundo, pero fue otra imagen —la célebre fotografía de Alberto Korda— la que terminaría convirtiendo su rostro en uno de los símbolos políticos más reproducidos del siglo XX. Con el tiempo, el Che pasó de ser un dirigente revolucionario concreto a convertirse también en una representación de rebeldía, juventud, internacionalismo y resistencia.
El Che argentino que América Latina hizo suyo
Hay una dimensión particularmente potente para la Argentina: el Che nunca dejó de ser argentino, aun cuando su vida política estuviera marcada por Cuba y por su proyecto revolucionario continental. Su historia pertenece también a la tradición latinoamericana de hombres y mujeres que entendieron que las fronteras nacionales no podían ocultar problemas compartidos.
Incluso Juan Domingo Perón, desde el exilio, reaccionó ante su muerte reivindicando al joven revolucionario argentino. En una carta citada por el Instituto Nacional de Capacitación Política, Perón definió al Che como una de las figuras más extraordinarias producidas por la revolución latinoamericana y destacó su conducta, desprendimiento y espíritu de sacrificio.
Esa dimensión latinoamericana explica buena parte de la persistencia de su figura. El propio Estado argentino, a través de Educ.ar, lo presenta como un ícono de la lucha contra el imperialismo y como un dirigente que pensó la Revolución Cubana como parte de un proyecto más amplio de liberación latinoamericana.
El Che tuvo aciertos, errores, victorias y derrotas. Su estrategia guerrillera fue derrotada en Bolivia y sus posiciones políticas siguen siendo motivo de discusión histórica. Pero reducirlo a una estampita o convertirlo exclusivamente en una caricatura permite evitar aquello que verdaderamente incomoda de su historia: la decisión de poner el cuerpo frente a las injusticias que denunciaba y de intentar transformar en acción aquello que pensaba.
Por eso, cada 9 de octubre no se recuerda solamente la muerte de un hombre. Se recuerda también el nacimiento de un símbolo que sobrevivió a su ejecutor, a las campañas destinadas a desacreditarlo y al paso del tiempo. En 1967 quisieron terminar con el Che Guevara en una escuela perdida de Bolivia. Sin embargo, su nombre terminó recorriendo el planeta.
A 59 años de aquel asesinato, el rostro del Che continúa apareciendo allí donde una generación levanta una bandera contra la desigualdad, el colonialismo o la dominación extranjera. Tal vez esa sea la paradoja definitiva de su historia: quienes pretendieron silenciarlo terminaron convirtiendo su muerte en el comienzo de una leyenda política que todavía incomoda al poder.
Ernesto “Che” Guevara murió en La Higuera. El Che, en cambio, siguió caminando.
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