
Los hípsteres, las barriadas y el búnker de cristal. La lección de las capitales paradójicas: del espejismo de la modernidad al híper-gueto global.
Por Silvina Belén para NLI ·
«Las cafeterías y los hípsteres son solamente el cuerpo visible de un sistema
subterráneo mucho más grande controlado por la especulación inmobiliaria.»
— Leslie Kern, La gentrificación[i] es inevitable y otras mentiras (2022).
Mientras el martillo neumático demuele una vieja casona de pasillo, adentro el Dr. D acomoda sus piezas de madera con la misma meticulosidad con la que desnudó la asimetría de la Sinfonía en gris. Sobre la mesa ratona, junto al tablero, descansan los vasos cortos con uno de los bebedizos de códice revividos por Paloma.
Carolina, con el ojo afilado por las crónicas de tablero, mira de reojo los apuntes del doctor. Él tiene la mente fija en el mapa de la comuna. Viene de caminar las calles de Chacarita, rumiando la amargura del eterno retroceso, o el retorno a lo Mircea que sospechamos la otra vez al repasar las andanzas de don Claudio Sánchez Albornoz.
—Miren eso —dice el doctor, señalando con el caballo negro hacia la ventana que da a la calle—. Un «distrito tecnológico». Un «polo gastronómico». Los pícaros chapuceros de la zonificación nos venden el progreso en vasitos de plástico biodegradable y café de especialidad con demonización de la variedad robusta. Pero esto no es innovación, muchachas. Esto es arqueología del desalojo.
El doctor apoya el caballo en c4, rompe el silencio del PH de Villa Crespo y, como suele acostumbrar cuando vislumbra indolencias o estupidez humana, se sumerge en su cuasi soliloquio, con esa cadencia pausada matizada por la erudición modesta de quien en otros tiempos descifraba las entrelíneas de los gruesos Almanaques Mundiales[ii] en un mar de datos y guarismos.
«Hay tecnologías que no mueren por ineficacia, sino porque el mundo que las sostenía es demolido. Lo mismo pasa con los barrios. El capital financiero actual, este capitalismo de plataformas que opera con la velocidad de la fibra óptica, descubrió que para conquistar una barriada popular primero debe cambiarle la estética. Y ahí es donde entra el ejército hípster.

Es la infantería ligera. Los hípsteres llegan atraídos por el «exotismo» de los talleres mecánicos y los conventillos, abren galerías de arte y barberías con luces de neón, y sin saberlo, lavan el estigma territorial del que habla Loïc Wacquant[iii]. Le pavimentan el camino a los fondos buitre.

Esto es una vieja trampa histórica. En abril de 1822, la Sociedad Americana de Colonización fundó Monrovia bajo la promesa romántica de un refugio de libertad. ¿Y qué hicieron? Replicaron las mansiones coloniales del sur norteamericano, construyeron iglesias metodistas y aislaron a los pueblos indígenas del interior, tratándolos como «salvajes a los que civilizar».
Crearon una burbuja excluyente. El resultado lo conocemos: cuando a mediados de la década de 1970 (y toda la década de 1980) los precios del caucho y el hierro cayeron, la fractura social estalló. El fastuoso Hotel Ducor[iv], el primer cinco estrellas de la región, terminó convertido en un nido de francotiradores y refugiados sin agua.

Lo mismo le pasó al «Manhattan de África Occidental» (otros hablaban de un París africano), la ciudad de Abidján durante el milagro marfileño de los setenta. Inventaron la Ivoirité[v] , un remozado concepto inquisitorial parecido al de cristiano viejo, para segregar al inmigrante cuando las papas quemaban, transformando el Hotel Ivoire[vi] en un campo de batalla.

Deberían habérselo explicado a Alejo, que con ese fanatismo absurdo y bizarro por la selección de Costa de Marfil se olvida de la erudición literaria y el medievalismo cada vez que juegan Los Elefantes.
Se pone la camiseta naranja el muy extravagante, a riesgo de convertirse en hípster, y se desvela gritando los goles de Amad Diallo como si en Abidján ataran los perros con chorizos, ignorando que el nacionalismo futbolero a menudo maquilla el desmoronamiento de los vecindarios periféricos de Yopougon[vii].
O en Angola, donde José Eduardo dos Santos fortificó el centro de cristal de Luanda para las multinacionales petroleras mientras hacinaba a los millones de desplazados de la guerra civil en la miseria de los musseques[viii]. El fin del Estado de Bienestar en Europa y la especulación inmobiliaria en Buenos Aires operan bajo esa misma matriz perversa: la creación de la «ciudad dual»[ix].
El Código Urbanístico de 2018[x] es nuestro propio decreto de exclusión higienista. Convierte el suelo en un activo financiero dolarizado para plataformas temporarias, expulsando a las familias trabajadoras hacia la periferia profunda del conurbano.
Cuando en tiempos de La Radio MAK Rinconet ironizaba con Burundi, además de ridiculizar el discurso sobre esa supuesta «nueva derecha» moderna y eficiente que tanto fascinaba en las páginas de Le Dipló a intelectuales como José Natanson, no estaba haciendo otra cosa que invitarnos a buscar analogías africanas para bajarnos los humos europeístas.
El Estado Social abdica y activa el Estado Penal: persigue al vendedor ambulante, demuele el pulmón de manzana, llena la calle de arquitectura hostil y reduce a los vecinos históricos a la categoría de «consumidores fallidos» de Zygmunt Bauman[xi]. Si no podés pagar el alquiler en dólares ni el brunch de masa madre, sos un desecho del progreso urbano».

El doctor interrumpe su soliloquio, se acomoda los anteojos y le da un sorbo corto al bebedizo académico de Paloma Mas.
—Por eso —concluye, volviendo la mirada hacia los planos desplegados sobre la mesa—, el Amparo Ambiental de los vecinos en Chacarita o las asambleas en Villa Ortúzar no son berrinches conservadores. Son la verdadera resistencia civil contra la deshumanización líquida del hábitat. Si permitimos el desvalijamiento de la memoria barrial, nos vamos a quedar viviendo en una escenografía reluciente[xii], pero absolutamente vacía.
Nosotras nos despedimos mientras la tarde empieza a caer sobre el cemento de la avenida Juan B. Justo. Las dos pensamos en la cantidad de notas al pie que vamos a tener que redactar. Es un lugar común decir que de África por aquí se sabe poco y nada, pero es cierto. Además, nos queda mucha sociología por refrescar.
Y desmenuzar el urbanismo PRO porteño, que es una mezcla de Caballo de Troya y canto de sirenas, como Odisea de naufragios con tormentas que se hicieron más feroces a partir de 2018. Incluso nos llevamos, gracias a la generosidad del doctor, claro, Ciudad feminista: La lucha por el espacio en un mundo diseñado por hombres y La gentrificación es inevitable y otras mentiras, de la canadiense Leslie Kern.

Salimos finalmente a las calles de Villa Crespo con la certeza de que la ciudad no puede ser medida únicamente por la codicia de los tasadores, y que la resistencia silenciosa de los pasillos de las barriadas porteñas es el último dique que nos queda frente a la intemperie de los expulsados.

[i] Concepto acuñado por la socióloga Ruth Glass en 1964. Describe la reestructuración socioespacial de un barrio donde la llegada de las clases medias (gentry) provoca el aumento del costo de vida y el consecuente desplazamiento de los habitantes tradicionales.
[ii] El Almanaque Mundial era la versión en español del libro de referencia estadounidense The World Almanac and Book of Facts, publicado de forma continua desde 1868. Se publicó en Hispanoamérica entre 1954 y 2017, principalmente bajo el sello editorial Televisa.
[iii] «A la habitual privación material derivada de la precariedad de la condición salarial, se añade ahora una herida simbólica específica: la del estigma territorial. (…) Quien reside en un barrio de relegación arrastra consigo una mancha de lugar que funciona como un antecedente penal invisible. El espacio no es solo el escenario donde se despliega la marginalidad, sino el vector mismo que la profundiza, alterando las oportunidades de vida, destruyendo la autoestima de sus habitantes y justificando la brutalidad de la intervención punitiva del Estado.» — Loïc Wacquant, Los condenados de la ciudad.
[iv] Hoy en día, el Hotel Ducor no es más que un gigantesco esqueleto de hormigón y cemento vacío. Se mantiene en pie como un monumento fantasmagórico que domina el paisaje de Monrovia.
[v] Dividió a la población entre «verdaderos marfileños» (con ambos progenitores nacidos en el país) e inmigrantes o descendientes de estos. Fomentó la xenofobia, la discriminación religiosa y étnica. Fue uno de los principales detonantes del golpe de Estado de 1999, la guerra civil de 2002 y la Segunda Guerra Civil Marfileña (2010-2011).
[vi] Hoy conocido como el Sofitel Abidjan Hôtel Ivoire.
[vii] Detrás de la imagen festiva y el dinamismo económico de Yopougon, existe una realidad amarga marcada por la precariedad y las masivas olas de demoliciones forzadas (conocidas localmente como déguerpissements). Las autoridades del Distrito Autónomo de Abiyán han justificado estos planes bajo la necesidad de liberar áreas de alto riesgo propensas a inundaciones mortales, combatir la insalubridad y ampliar la infraestructura vial (como la Autoroute du Nord). Sin embargo, la ejecución de estas medidas ha sumido a miles de familias vulnerables en una profunda crisis humanitaria.
[viii] Los musseques son los asentamientos informales o barrios muy precarios de Luanda, la capital de Angola. Representan la encarnación angoleña del híper-gueto global, que es el espacio urbano periférico y segregado del capitalismo avanzado donde se confina a poblaciones que el sistema económico considera prescindibles.
[ix] «La combinación de crecimiento en los sectores de salarios altos y salarios bajos, junto con la desaparición de los empleos de ingresos medios, ha provocado una profunda polarización social y espacial en las grandes ciudades. (…) Estas transformaciones se manifiestan en la fisonomía de la ciudad a través de una geografía de la centralidad y la marginalidad: el brillo de los nuevos distritos financieros y comerciales coexiste con la decadencia de barrios enteros, donde la economía informal se convierte en la única estrategia de supervivencia para amplios sectores de la población expulsados del circuito formal.» — Saskia Sassen, La ciudad global
[x] Código Urbanístico de la Ciudad de Buenos Aires (Ley N.° 6.099). La «modernización», la «sustentabilidad», completar el «tejido urbano» y crear una «ciudad saludable» funciona en realidad como un caballo de Troya. La búsqueda de una estética limpia, homogénea y ordenada (el ideal del búnker de cristal) sirve para justificar normativas que vuelven expulsivas las condiciones de habitabilidad para los sectores de menores recursos.
[xi] Zygmunt Bauman y los «consumidores fallidos»: En el marco de la modernidad líquida, Bauman explica que la sociedad contemporánea ya no define a los individuos por su rol de productores, sino de consumidores. Quienes quedan fuera del circuito del consumo masivo por falta de capital (como los inquilinos expulsados por alquileres dolarizados) pasan a ser considerados por el sistema urbano como «desechos» o «consumidores fallidos», despojados de sus derechos a la ciudad y empujados a la periferia penal o geográfica.
[xii] «La imagen de la ciudad de cristal me pareció sugerente (…) por el contraste entre la sencilla transparencia que asociamos a este material en la imaginación popular y su condición de proceso solidificado.» — Francisco J. Cuberos Gallardo, La ciudad de cristal.
Descubre más desde Noticias La Insuperable
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

