BOCA GANÓ EL SUPERCLÁSICO, PERO EL ARBITRAJE SE ROBÓ EL PROTAGONISMO: DOS ROJAS PARA RIVER Y RECLAMOS POR UN PENAL

Boca derrotó 1-0 a River en La Bombonera, con un cabezazo de Lautaro Di Lollo, en un Superclásico atravesado por decisiones arbitrales que desataron la furia millonaria. Las expulsiones de Lucas Martínez Quarta y Gonzalo Montiel, una segunda amarilla que River reclamó para Leandro Paredes y un posible penal sobre Nicolás Otamendi instalaron una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede discutirse un triunfo cuando el juez termina convertido en uno de los principales protagonistas de la tarde?

Por Ignacio Elfratini para NLI

Jugador de fútbol con camiseta azul y amarilla celebra un gol frente a la portería.

Una roja que cambió el partido: Martínez Quarta, el VAR y la primera gran controversia

El encuentro quedó condicionado desde los primeros minutos. A los ocho minutos, Lucas Martínez Quarta fue expulsado por una infracción sobre Miguel Merentiel, luego de que el VAR, a cargo de Silvio Trucco, convocara al árbitro Nicolás Ramírez para revisar la jugada. La decisión fue determinante: River quedó con diez futbolistas cuando todavía tenía prácticamente todo el partido por delante.

La discusión no pasa por negar que existió una infracción, sino por establecer si correspondía la tarjeta roja. El análisis arbitral publicado por Miguel Scime en Infobae sostuvo que la falta debió sancionarse con amarilla, porque Merentiel no tenía la posesión ni una posibilidad clara e inmediata de controlar la pelota. La Regla 12 exige evaluar, entre otros factores, la posibilidad real de jugar el balón y la ubicación de los defensores. La controversia, por lo tanto, no es una excusa inventada después del resultado: existe un cuestionamiento técnico concreto sobre una decisión que alteró el desarrollo del Superclásico.

Con superioridad numérica, Boca pudo instalarse más tiempo en campo rival y terminó encontrando el gol a los 27 minutos del primer tiempo. Sebastián Villa ejecutó el córner y Lautaro Di Lollo ganó de cabeza para establecer el 1-0. El Xeneize aprovechó la ventaja que le ofreció el partido, pero la pregunta inevitable quedó planteada: ¿cómo se habría desarrollado el clásico si River hubiera podido jugar once contra once?

Las polémicas se acumularon: Paredes, Otamendi y la expulsión de Montiel

El segundo tiempo profundizó el malestar del equipo de Núñez. River reclamó una segunda tarjeta amarilla para Leandro Paredes, ya amonestado, por una infracción sobre Tomás Galván. Ramírez cobró la falta, pero decidió no expulsar al mediocampista de Boca. Desde el lado millonario, la diferencia de criterio fue uno de los argumentos centrales para cuestionar la actuación arbitral.

Poco después, el conjunto visitante reclamó un penal por un agarrón de Lautaro Di Lollo sobre Nicolás Otamendi dentro del área. El árbitro no sancionó la pena máxima y el VAR tampoco intervino para recomendar una revisión. La jugada alimentó la indignación de River, que entendió que una acción de ese tipo merecía, como mínimo, una evaluación más exhaustiva.

La tercera gran controversia llegó con la expulsión de Gonzalo Montiel, a los 34 minutos del complemento, por una infracción sobre Lautaro Blanco. River cuestionó la tarjeta roja y recordó que el propio Blanco había recibido amarilla por una entrada fuerte sobre Tobías Andrada. La comparación entre ambas jugadas se convirtió en otro foco de discusión: ¿se aplicó el mismo criterio disciplinario para acciones que River consideró comparables?

No todas las jugadas tienen necesariamente la misma gravedad y la similitud visual no alcanza, por sí sola, para demostrar un error arbitral. Pero cuando las decisiones disciplinarias se acumulan de un mismo lado, mientras las protestas del rival apuntan a infracciones que podrían haber cambiado el partido, la actuación del juez merece una revisión seria. Eso es precisamente lo que exige el fútbol argentino, más allá de los colores de cada hinchada.

D’Onofrio estalló y Ponzio le apuntó al árbitro

La indignación también se trasladó fuera de la cancha. Rodolfo D’Onofrio, expresidente de River, expresó su bronca en redes sociales con un mensaje contundente: «Qué ladrones que son. Un día todos van a recibir la sanción que les corresponde. El fútbol argentino no se merece esto». Después volvió a cuestionar al arbitraje y recordó un penal que, según su interpretación, River había reclamado en un clásico anterior sin que el VAR convocara al juez.

Leonardo Ponzio, entrenador del Millonario, también exteriorizó su malestar durante el encuentro. Sus reclamos a Ramírez reflejaron la tensión de un partido en el que River sintió que las decisiones arbitrales le jugaban en contra. Las protestas no modificaron el resultado, pero pusieron sobre la mesa una cuestión que la dirigencia del fútbol argentino no puede seguir esquivando: la necesidad de criterios disciplinarios consistentes y explicaciones transparentes en los partidos de máxima trascendencia.

La bronca millonaria no borra las responsabilidades futbolísticas del equipo. River tuvo que reorganizarse tras la primera expulsión y no consiguió revertir el marcador. Boca, por su parte, capitalizó la superioridad numérica, encontró el gol y defendió la ventaja. El triunfo quedó en manos del Xeneize; la polémica, en manos del arbitraje.

El resultado oficial dirá que Boca ganó 1-0. La discusión que deja este Superclásico es otra: si la expulsión de Martínez Quarta estuvo correctamente aplicada, si hubo uniformidad de criterio en las sanciones posteriores y si el VAR cumplió su función en las jugadas reclamadas por River. No hace falta inventar una conspiración para exigir respuestas. Alcanza con reconocer que decisiones de esta magnitud pueden condicionar un partido y que el fútbol argentino necesita árbitros capaces de explicar sus fallos con claridad.

Boca festeja, River denuncia y Nicolás Ramírez queda en el centro de una controversia que amenaza con prolongarse mucho después del pitazo final. En un Superclásico, el resultado importa. Pero cuando el arbitraje se convierte en el principal tema de conversación, el espectáculo pierde una parte esencial de su credibilidad.


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