Un estudio publicado en Science revela cómo los turkana, un pueblo nómada del norte de Kenia, desarrollaron adaptaciones genéticas únicas para sobrevivir en uno de los entornos más hostiles del planeta. Pero esas mismas ventajas evolutivas hoy pueden volverse en su contra cuando migran a las ciudades y adoptan hábitos urbanos.
Por Alina C. Galifante para Noticias La Insuperable

Julien Ayroles / UC Berkeley
Un pueblo que desafía al desierto
En el árido noroeste de Kenia, donde las temperaturas pueden superar los 50°C y el agua escasea incluso más que la sombra, vive el pueblo turkana, una comunidad nómada que durante milenios aprendió a sobrevivir con lo mínimo. Su dieta se basa casi exclusivamente en productos animales: leche, carne y sangre de cabras y camellos.
Allí donde pocos humanos soportarían más de unos días, los turkana prosperaron durante siglos.
Ahora, un equipo internacional liderado por la Universidad de California en Berkeley y la Universidad Vanderbilt, junto a investigadores kenianos y miembros de la propia comunidad, analizó sus genomas completos para entender cómo lograron tal hazaña biológica. El estudio, publicado en la revista Science, no solo revela una historia fascinante de adaptación humana, sino también un problema de salud contemporáneo: lo que alguna vez fue una ventaja evolutiva puede volverse una trampa en el mundo moderno.
La genética del agua y el fuego
Los científicos secuenciaron 367 genomas, entre ellos 308 de personas turkana —tanto nómadas como residentes urbanos— y 59 de otras comunidades vecinas. Encontraron ocho regiones del ADN bajo fuerte presión evolutiva, una de las cuales destaca por un gen clave: STC1, activo en los riñones.
Este gen, según el estudio, permite concentrar la orina y conservar agua, una ventaja crucial en un entorno donde las caminatas diarias por agua pueden durar horas bajo el sol abrasador. Además, STC1 también protegería a los riñones del exceso de desechos producidos por dietas ricas en purinas —como la carne roja— que en otras poblaciones suelen causar gota o fallas renales.
“El gen actúa como un escudo fisiológico: permite eliminar menos agua y, al mismo tiempo, protege de los desechos tóxicos que produce una dieta tan proteica”, explicó Julien Ayroles, profesor de biología integrativa en UC Berkeley. “Si cualquiera de nosotros adoptara la dieta turkana, probablemente se enfermaría en poco tiempo. Pero ellos llevan generaciones adaptados a ese modo de vida”.

El costo de abandonar el desierto
Esa especialización, sin embargo, tiene un lado oscuro. A medida que más turkana migran a ciudades como Lodwar o Nairobi en busca de empleo, adoptan una alimentación urbana y una vida sedentaria. Según los investigadores, esos cambios provocan un “desequilibrio evolutivo”: los mismos genes que antes los protegían ahora pueden predisponerlos a hipertensión, diabetes o enfermedades renales.
“El trabajo ilumina lo que llamamos mismatch evolutivo: un desfase entre las adaptaciones del pasado y las condiciones actuales”, explicó Amanda Lea, investigadora de la Universidad Vanderbilt. “Esto puede ayudarnos a entender por qué las enfermedades crónicas crecen tanto en las sociedades urbanizadas”.
Los análisis mostraron que los turkana que viven en ciudades presentan biomarcadores alterados en comparación con sus parientes nómadas. Los genes que regulan la presión arterial y el metabolismo muestran patrones desbalanceados, reflejo de que la transición cultural y ambiental también reconfigura la biología.
Ciencia y comunidad: un diálogo de ida y vuelta
El proyecto, bautizado Turkana Health and Genomics Project (THGP), no se limita al laboratorio. Ayroles y sus colegas —entre ellos Charles Miano, del Instituto de Investigación Médica de Kenia (KEMRI)— trabajaron con líderes comunitarios y ancianos para obtener consentimiento y compartir resultados de manera accesible.
“Entender estas adaptaciones ayudará a diseñar programas de salud más efectivos, especialmente para quienes están dejando el pastoreo por la vida urbana”, señaló Miano. “Podemos anticipar riesgos como la sobrecarga renal o los trastornos metabólicos y prevenirlos antes de que se vuelvan crónicos”.
Como parte del compromiso, los investigadores están desarrollando un pódcast en lengua turkana, que difunde los hallazgos del estudio junto con consejos prácticos de salud y saberes locales.
“Trabajar con los turkana ha sido transformador”, destacó Sospeter Ngoci Njeru, del KEMRI. “Su conocimiento del entorno y de sus propios cuerpos fue clave para conectar la genética con la biología real de la supervivencia humana”.
La lección del calor
Los resultados no solo ofrecen pistas sobre cómo la especie humana puede adaptarse al calor extremo y la deshidratación, sino que también plantean una advertencia global. En regiones donde el cambio climático agrava la escasez de agua y eleva las temperaturas, entender los mecanismos genéticos que permitieron a los turkana resistir podría inspirar nuevas terapias o estrategias médicas.
“El África subsahariana enfrenta cada vez más estrés térmico y enfermedades renales. Estos hallazgos podrían abrir el camino a soluciones terapéuticas basadas en nuestra propia evolución”, concluyó Ayroles.
Así, la historia de los turkana no solo cuenta cómo un pueblo desafió al desierto, sino también cómo, en un mundo que cambia más rápido que nuestros genes, la adaptación del pasado puede ser la vulnerabilidad del futuro.
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