La inspiración de Morrissey

Recordamos la gran influencia que una original dramaturga tuvo en la obra del cantautor británico que dentro de pocos días se presentará en Argentina.

Por Silvina Belén para Noticias la Insuperable ·

En los últimos dos años, con tristeza para unos y cierta bronca para otros, el apellido del ex The Smiths sonó con eco mediático por las repetidas suspensiones de sus recitales. Entre nosotros, la frustración de los fans había comenzado mucho antes, en 2013, cuando el vocalista de culto canceló su presentación en Tecnópolis por motivos de salud.

Ahora las expectativas de sus fieles seguidores argentinos están puestas en una fecha cercana: el 8 de noviembre, día señalado para su actuación en Buenos Aires. El fantasma del anuncio de otra suspensión del recital de Steven Patrick Morrissey flota en la espera.

Mientras tanto, los recuerdos aparecen. Indie, arte y originalidad son palabras que se asocian espontáneamente con la historia de Morrissey. Además, sabemos que por la calidad de las letras de sus canciones se lo considera un escritor con jerarquía de poeta: hasta los académicos estudian y valoran sus textos líricos.

Como fenómeno literario, como cantautor y figura destacada del movimiento Indie, Morrissey tiene una prehistoria de influencias que se remonta hasta fines de la década del cincuenta. Las portadas de un single y un álbum recopilatorio de The Smtihs, la imagen del rostro femenino que él mismo eligió para ilustrarlas, son la punta del hilo de Ariadna que conduce hasta el 27 de mayo del año clave: 1958, uno antes de su nacimiento –Morrissey tiene ahora sesenta y seis años-.

El hartazgo

Poco antes del comienzo de la década del sesenta, aún con el eco traumático de la gran depresión, dos guerras mundiales, genocidios, bombas atómicas y arduas posguerras pero, eso sí, en el contexto de la incipiente expansión del estado de bienestar -aunque todavía con predominio de una visión conservadora, reñida con cualquier conquista de derechos-, mantener la cabeza por encima del agua o hacerse oír no era fácil.

Imaginar la autonomía personal o la posibilidad de una cierta independencia de los poderes económicos o de las tutelas y jerarquías establecidas, más difícil aún. El postulado “hazlo tú mismo”, que mucho después guío al movimiento Indie, hubiese parecido quimera en esos tiempos. Nadie se lo planteaba seriamente. O casi nadie…

Lo cierto es que, a fines de 1957 o principios de 1958, una chica de diecinueve años (o dieciocho, según la escritora Jeanette Winterson), acomodadora en un teatro, se hartó de tanto tiempo difícil -suavizado a fuerza de estirar propinas-, y de tanta obra de arte escénico menor que las más de las veces estaba condenada a sufrir.

Hablamos de Shelagh Delaney, dramaturga precoz, acomodadora de sala -en la Ópera de Manchester, donde no tenía que pagar por ver las obras- que no soportó más la insustancialidad  que, a su juicio, caracterizaba al grueso de las obras teatrales de su época y que por eso, sin más trámite, decidió escribir una ella misma. ¡Y que lo hizo en dos semanas!

Texto en mano, despertó el interés de la directora del más importante teatro experimental de Inglaterra, Joan Littlewood, que la albergó en su casa y la ayudó a pulir la obra con vistas a llevarla a escena. Shelagh logró su objetivo: el 27 de mayo de 1958 se estrenó en el Theatre Royal de Stratford, con éxito rotundo, Un sabor a miel. La obra escaló hasta llegar a Broadway.

Joan Littlewood

La Delaney entendía que en una época como la suya la intrascendencia no podía copar la escena. Aunque ya habían aparecido en Europa monstruos de la dramaturgia que más tarde serían sagrados, ella no estaba dispuesta a esperar de otros la renovación que ansiaba, aunque se sabe que dos meses antes de lanzarse a escribir había ido a ver Esperando a Godot, que la fascinó.

Por eso se ocupó personalmente de plasmar en un texto dramático temas tan soslayados, según creía, como la imposibilidad de comunicación y la soledad humanas, la alienación con quienes se presume semejantes y el entorno. Todo en el marco de una compleja relación madre-hija que no excluye las ansias de vivir pasiones que chocan con la limitación material de la pobreza.

“Puede que Helen y Jo [madre e hija] tengan pocas expectativas, pero anhelan intensamente el romance, el sexo, la diversión, el color, «un poco de miel». Los hombres se los ofrecen, aunque sea fugazmente, y Helen y Jo los aprovechan con ambas manos.”[i]

Con la desventaja de la poca experiencia técnica pero sin prejuicio ni culpa por echar mano a recursos clásicos que la ayudaran a construir su obra, de prepo se unió a la vanguardia. Además, sin alarde sociológico pero con eficacia, puso patas arriba la imagen estereotipada de seres sumisos y resignados que se tenía de los trabajadores del norte de Inglaterra, lo que le valió el repudio de las autoridades de su natal Saldford.

La joven sorprendió a la crítica con su habilidad para darle nuevos bríos a recursos tan antiguos como el soliloquio y, en especial, el aparte[ii]: “En realidad, el método no es distinto de la técnica decimonónica de los ‘apartes’, pero aquí resulta más eficaz gracias a una declamación ágil y rápida, y a un zigzagueo constante, casi imperceptible, entre el actor y el público.”, juzga G. Wellwarth[iii], un crítico norteamericano de aquel entonces, y remata: “consigue así una ironía directa y eficaz”.

Shelagh Delaney hizo todo ella misma, sin vacilar ni postergar. El mismo crítico la acerca por temática a los escritores de vanguardia pero la diferencia de ellos por su técnica y original realismo, siempre ligado al ambiente industrial del norte de Inglaterra, cuya vida hace palpitar como trasfondo dramático.

Shelagh Delaney

Dos años más tarde, en septiembre de 1960, Delaney estrenó en Coventry El león enamorado. Poco después la obra también se representó en Londres. La crítica fue dispar: se le achacaron principalmente defectos en la construcción de la trama pero nadie cuestionó su maestría en el dominio del diálogo escénico. El punto más flojo que le encontraron fue su condición femenina.

Jeanette Winterson, en un artículo que publicó The Guardian en 2010, lamenta el sexismo que predominó en la crítica -más la desconfianza, burlas y el mote de “dramaturga adolescente” o «adolescente de Salford»- y la insistencia en que se trataba de un éxito pasajero. Compara la benevolencia con la que fue tratado Pinter en sus caóticos comienzos con el castigo cargado de mala intención que recibió Delaney.

“Escribió dos obras de teatro, ganó un Bafta por el guión de la película Taste of Honey y fue desapareciendo poco a poco, aunque la mayoría de la gente olvida que también escribió el guión de Dance with a Stranger (1985), una poderosa película sobre Ruth Ellis, la última mujer en ser ahorcada en Inglaterra.”, resume Winterson en el mismo artículo.

(Un comentario de Shelagh sobre su guion para Dance with a Stranger, «mi guion más autobiográfico», ha quedado, lamentablemente, como interrogante sin explorar.)

La gradual “desaparición” de Shelagh no fue tal en realidad: estuvo menos expuesta públicamente pero volcó su talento casi mágico para construir diálogos al trabajo en guiones de radio, cine y TV. En 2010 escribió el último guion que se conoce. Falleció en 2011.

El “hacelo vos misma” que convirtió a Delaney en dramaturga fue, posteriormente, signo distintivo del amplio movimiento artístico Indie, es decir: independiente, que se hizo fuerte en Inglaterra a principios de la década del ochenta y ha evolucionado hasta llegar universalizado a nuestros días.

Shelagh inspiradora

Morrissey, ícono del Indie, declaró en distintas ocasiones la influencia de Shelagh Delaney en su escritura. Recreó, además, líricamente Un sabor a miel en la canción “This Night Has Open My Eyes”. No hay que trajinar hemerotecas ni acicatear a la IA para encontrar citas como «Nunca he ocultado que al menos el cincuenta por ciento de mis razones para escribir se las deba a Shelagh Delaney».

Su pasión e idolatría por Oscar Wilde se han recordado muchas veces, pero su exploración exhaustiva de la literatura femenina y la enorme influencia de la dramaturgia de Delaney no aparecen tan a menudo. Al menos la trayectoria de Shelagh, su condición de innovadora, inspiradora y, en cierta forma, pionera para el desarrollo del pensamiento Indie, suelen dejarse de lado.

La académica británica Selina Todd[iv] considera a Delaney cabeza de la revolución cultural que creció y se prolongó por décadas a partir de su osadía. Todd, historiadora experimentada pero biógrafa novel, dedica gran esfuerzo, investigación y muchas páginas a la juventud de Shelagh, pero muy pocas a su vida y actividad de los cuarenta años en adelante.

Selina Todd da la impresión de coincidir tácitamente con Jeanette Winterson en lo referido a una desaparición gradual de Shelagh. Así nos priva de información que se presume valiosa para quienes hubiésemos deseado conocer más detalles referidos a la actividad de Delaney como guionista. Seguramente Morrissey no la perdió de vista en este periodo tan poco documentado.




📚

[i] Pedersen, Susan (2020): “Arruínalo a tu manera”, Londres, London Review of Books, Vol. 42, Núm. 11, 4 de junio.

[ii] Algunos críticos, como Taylor [Taylor, John Russell (1962): Anger and After, Londres, Methuen & Co; p. 114.] le atribuyen el mérito de la renovación del recurso exclusivamente a Joan Littewood sin considerar siquiera que ya estuviera, al menos esbozado, en el texto dramático original que Joan y Shelagh pulieron juntas.

[iii] Wellwarth, George (1961): “El drama de la juventud alienada”, Southern Speech Journal.

[iv] Todd, Selina (2019): Sabores de miel: la creación de Shelagh Delaney y una revolución cultural, Londres, Chatto & Windus.


Descubre más desde Noticias La Insuperable

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

6 Comentarios

Deja un comentario