Ese es mi problema

¿Leer o no leer? Interrogante típico del verano, de las vacaciones, del ocio hecho realidad por unos días, de los viajes y de los remordimientos por exceso de pantallas adictivas.

Por Silvina Belén para NLI ·

Leer es bueno, pero no leer tampoco es malo
-Jimmy Liao

Todavía las bondades del hábito de la lectura siguen teniendo buena prensa. O pocos detractores audibles. Ni siquiera los libertarianos vernáculos –aún- la han emprendido contra los lectores e, incluso, su líder insiste en publicar cada tanto sus copy & paste en formato libro tradicional, sin rubor alguno ni temor a la dura lex del qué dirán.

Padres que no leen –ya veremos que esto es meramente un decir- pretenden que sus hijos  sean grandes lectores, padres que leen con asiduidad se enfurruñan si sus vástagos no los imitan. Pedagogos profesionales e improvisados argumentan a favor de fomentar en los párvulos el maravilloso hábito apelando a estrategias de seducción poco seductoras las más de las veces.

Y hasta se pretende dar por cierta la existencia independiente de una literatura infanto-juvenil, parcela de las bellas letras que hasta cuenta con expertos académicos pero no convence siquiera a los más exitosos artistas de la narración encasillados, como lo fuera en vida Carlos Ruiz Zafón, en tan incierto terreno:

“A decir verdad, nunca he sabido muy bien”, declara Zafón en nota a la edición de 2006 de El palacio de la medianoche, “qué significa eso de ‘novela juvenil’. Lo único que sé es que cuando las escribí yo era bastante más joven de lo que soy ahora y que mi idea al publicarlas era que, si había hecho mi trabajo correctamente, debían interesar  [las novelas de la Trilogía de la niebla] a lectores jóvenes entre los nueve y los noventa años.”.

También Jimmy Liao, en la obra que más abajo nombraremos como medular para este artículo, destaca una cita de Bernard Shaw relacionada con este dislate de la literatura infanto-juvenil: “Ten por norma no dar jamás a un niño un libro que tú no leerías”.

Por otro lado, aunque se publiquen más libros que nunca, aunque tengamos influencers de la lectura en abundancia, clubes de lectores -virtuales o presenciales- e, incluso, haya reseñas de todo tipo y extensión al alcance de un click, la cuestión del hábito, bondades y gusto por leer sigue en tinieblas. Hoy, quizás, más que nunca.

El lenguaje culturalmente correcto, en lo que a libros y lecturas se refiere, a diferencia del políticamente correcto, aún no sufre escarnio generalizado. Todavía se impone una sacralización sin matices ni grandes cuestionamientos. La superior jerarquía intelectual de los lectores asiduos parecería ser tan merecida como indiscutible.

Salir del acartonamiento, de las frases hechas y de la solemnidad impostada no es fácil en este asunto, pero hay que intentarlo, sobre todo a estas alturas de la híper-modernidad. Si no te gusta leer, no es culpa tuya. ¿Leer o no leer? Ese es mi problema[i], de Jimmy Liao, podría ayudarnos a dar los primeros pasos hacia la salida.

El escritor e ilustrador taiwanés encontró una manera elegante pero mordaz de encarar el asunto, sin la naturalizada hipocresía del elogio fácil o taxativas apelaciones al efecto aloe vera, espiritual y cognitivo, del hábito lector. Gracias a un sostenido contrapunto entre palabra e imagen,  visión adulta e infantil,  nostalgia y realismo, Liao propone nuevos puntos de mira y reflexión.

Abordar el tema a través de un libro parece una toma de partido previa, un anticipo de parcialidad. Pero se trata de un libro-álbum, una forma artística que entrecruza mundos, un objeto de edición en el que las palabras no suelen corresponderse con las imágenes, ni la denotación y la connotación siguen derroteros tradicionales. Es decir: soporte ideal para contrastes que reclaman protagonismo.

El gran contraste que en apariencia estructura la creación estético-reflexiva de Jimmy Liao se da,  siempre en las páginas pares, entre las creencias cristalizadas y las citas de autoridad que predominan en el orbe adulto, por un lado, y los cuestionamientos teñidos alternativamente de realismo contemporáneo, humoradas y fantasía que provienen del universo infantil, por otro.

Sin embargo, las ilustraciones a página completa –con o sin texto- de las impares oxigenan el ilusorio binarismo contrastivo de los mundos adulto e infantil: la ironía no invalida el lirismo, las jerarquías se diluyen y las maneras de entender la lectura se amplían al trascender prejuicios o invitarnos a considerar la contracara de alguna afirmación que es menos universal de lo que aparenta.

Liao se esfuerza por no dejarnos pisar terreno firme: la multiplicidad de voces e imágenes en ningún momento permite al lector apoltronarse en una zona de confort. Hay en este libro-álbum algo parecido a una polifonía constante, plena. Y, también, si se quiere, una teoría informal, nada académica, de la recepción para los tiempos que corren.

Hoy en día, ninguna persona alfabetizada escapa a la multiplicidad de lecturas. Todos leemos, hasta para sobrevivir; todos estamos expuestos a un sinfín de textos a decodificar casi obligatoriamente. Además, la industria de la ficción nos tienta a través de una diversidad de soportes: entre muchos otros, el libro. La no-ficción, por supuesto, también cuenta con usinas y estrategias de mercado.

En sentido amplio, el hábito de la lectura ya no es un problema. Puede inquietar la disparidad de competencias lectoras, los problemas de concentración, las capacidades para comprender cabalmente los textos o valorar las fuentes, pero el hábito de la lectura se ha generalizado a la fuerza.

Las inquietudes actuales se relacionan mucho más con las dimensiones estética, humana, espiritual y trascendente de la lectura. No el hábito en sí mismo, entonces,  sino el placer, el bienestar, el enriquecimiento simbólico de los lectores, motivan la pluma y el pincel de Jimmy Liao.

El libro tradicional es un tesoro de la cultura, como el teatro o la narrativa oral, pero desde hace tiempo convive con otras riquezas, no por más jóvenes carentes de valor, calidad o atractivo. La diversidad es un hecho en el ámbito de la lectura. La nostalgia no daña, lo antiguo no estorba, lo tradicional pervive, pero su imposición arbitraria como paradigma de jerarquías hiere y perturba.

La tecnología del libro tradicional tuvo enormes avances, silenciosos pero eficaces. Su magnetismo como objeto, su comodidad e independencia absoluta lo mantienen vigente y saludable. Las artes de edición, diseño e impresión aún cautivan a muchos lectores en un rico cosmos temático. Sin embargo, aunque muchos, estos lectores no dejan de constituir una minoría.

Más allá de la tragedia del analfabetismo, que hoy por hoy condena a sus víctimas a la más extrema de las marginalidades, en nuestro tiempo decodificar conjuntos de signos de toda laya, en todo momento, es lo habitual a todas las edades. En la niñez, la adolescencia y la vida adulta abundan lecturas diversas e ineludibles muchísimas veces.

Por ende, el problema de leer o no leer, o el interrogante si se quiere, es menos amplio de lo que aparenta: alude a ciertas lecturas, principalmente las que solemos considerar dentro de los dominios literarios, y al privilegio del signo lingüístico. Y desde aquí parte Liao, y desde aquí mismo es desde donde pretende ensanchar el campo de observación e interés reflexivo.

Su libro-álbum, con heterodoxos argumento y trama, desarrolla una historia que gira en torno a una librería en decadencia, olvidada por su clientela infantil: “La librería de la esquina quizá tenga que cerrar. He sido el primero en enterarme porque mi padre es el dueño.”. Este comienzo invita a prever, erróneamente, claro, un panegírico dedicado a los libros, los libreros y las librerías.

El librero es aficionado a las citas de las grandes plumas y su pequeño hijo se impondrá de manera sui generis, entre frases que su padre seleccionó, averiguar en reunión con sus amigos por qué han dejado de frecuentar la librería familiar. Aunque todo parece muy bien encaminado, el anuncio del cónclave infantil desmiente esta presuposición:

CITAS LITERARIAS
RIDICULIZADAS

Bienvenido
todo el mundo
de 15:20 a 17:20

De aquí en adelante, con mínimos hiatos, en página pares –como decíamos más arriba-, desfilan para el cuestionamiento o la broma –pocas veces para el aplauso- las frases de plumas consagradas, famosos y grandes mentes que, sometidas al juicio infantil, pierden la pátina de cita de autoridad para acercarse al lugar común, cuando no al disparate o la oquedad.

La historia de la librería, en definitiva, es solamente un marco y, en esencia, al correr de textos e imágenes, va tomando forma una idea: la sacralización del libro ha tornado contraproducente, no motiva a los potenciales lectores de ningún género y su carácter inactual  raya en el ridículo, igual que si pretendiéramos volver a imponer el perimido concepto de alta cultura.

El mundo editorial también se muestra con sus claroscuros, su arte y sus miserias: no todo es idílicamente creativo ni está tan alejado de las realidades pecuniarias, de los éxitos y fracasos económicos, de las arduas rutinas o el displacer.

Las invitaciones a entender la lectura de una manera amplia, a considerar que los lectores no responden a un perfil único y olvidar los tutelajes estéticos, surgen con la amabilidad del reconocimiento a una tradición  que hoy convive con nuevos hábitos e intereses que, al fin y al cabo, no son menos humanos que los del pasado.

幾米

Liao, autor nacido en 1958, no oculta en esta creación su simpatía por los nostálgicos, su comprensión generacional. Él, posiblemente, también sea uno de ellos y siga aferrado a los libros de papel como el que más. No obstante, pone el dedo en la llaga. Entre líneas, entre signos lingüísticos e iconográficos, parece decir: renovemos la mirada y, en favor de la lectura, bajemos del pedestal.

                             


                          


[i] Albolote [Granada], Bárbara Fiore Editora, 2019. Traducción de Jordi Ainaud i Escudero.


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