
Las consecuencias de hablar de lo tácitamente prohibido en su tiempo también las sufren los escritores de talento indiscutible.
Por Silvina Belén para NLI ·
La novela El lector (Der Vorleser, 1995) puso a Bernhard Schlink en el centro de las letras europeas de fines del siglo XX. Antes había cultivado la novela policial. Hoy es un jurista octogenario que aún escribe, o un escritor con autoridad, experiencia forense y académica.
Sus dotes narrativas le aseguran lectores en todo el mundo. O eso parece. Sea como fuere, se trata de un escritor alemán de fama internacional. Salvo una última novela, La vida tardía, su obra de ficción ha sido traducida al castellano íntegramente. La penúltima, de 2021, La nieta, tuvo su edición en Anagrama a fines de 2023.

Aunque la crítica destaca en la narrativa de Schlink la virtud en profundizar en el plano existencial de los personajes de novelas y cuentos, poco dice del afán por rescatar la memoria de sus compatriotas e identificar las consecuencias del olvido justificado en el progreso, los vientos modernos y la resignación a un nacionalismo virulentamente renacido.
Lo cierto es que, tras el lejano furor de El lector –que tuvo su versión cinematográfica, dirigida por Stephen Daldry-, Bernard Schlink poco a poco fue convirtiéndose en uno más de los grandes escritores alemanes pasados de moda, lugar que en el siglo XX encabezara otro de los obcecados memoriosos: Heinrich Böll.

El autor de Billar a las nueve y media tuvo sus momentos de protagonismo literario y político –incluso por su cercanía al Partido Verde-, pero nunca estuvo “de moda”; sin embargo, rápidamente se lo consideró como un escritor pasado de moda. Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, en 1972, ya era un demodé crónico aunque, eso sí, pletórico de innegables méritos artísticos.
Heinrich Böll murió en 1985. Aunque su ciudad fue Colonia, una estatua en Berlín lo recuerda. Salvo algún crítico trasnochado, nadie cuestionaba su maestría como prosista: novelas, cuentos, ensayos, sátiras, polémicas… Brillo técnico en la narrativa, agudeza crítica, profundidad humanista, contundencia con elegancia expresiva. También, en colaboración con su esposa, tradujo un gran número de obras extranjeras.

Pero, decían, iba a contramano de la marcha de los nuevos tiempos. Un ocasional entrevistador, el Dr. A. Rummel, ya en 1964, le espetó: “Sr. Böll, según muchos críticos, usted pertenece a los pasados de moda, a los estancados, a aquellos que no supieron marchar al compás del progreso.”.
La difusión de las obras, el negocio del libro, la crítica y la recepción han cambiado muchísimo durante el lapso que separa las primeras publicaciones exitosas de Heinrich Böll y las de Bernard Schlink. Cambios tan profundos como evidentes, igual que los históricos. Sin embargo, hay paralelismos y continuidades que relacionan estrechamente a estos dos autores.
Además de la fama internacional y del reconocimiento de la crítica, a ambos los acerca la porfía en hacer hincapié en que ningún aparente milagro alemán, ni nuevos vientos de progreso material o tolerancia de ideologías extremas que exigen olvido y libertad para reeditar un nacionalismo rancio maquillado de modernidad, pueden soslayar el peligro latente de engendrar otro monstruo del horror, o contribuir a fortalecerlo mientras permanece agazapado.

En La nieta, Schlink establece un contrapunto narrativo entre las vidas de personajes atravesadas por el autoritarismo de la extinta Alemania Oriental, en virtud de los raccontos, y en el presente por el de las organizaciones neonazis. Tres generaciones viven la zozobra, la hipocresía del olvido y una esperanza de trascender determinismos que el autor intermedia a través de la música y la escritura.
Böll, con miopía crítica encasillado entre los “escritores de los escombros”, de la desolación de la posguerra, aunque igual que el dramaturgo austríaco Fritz Hochwälder advertía que el nazismo sobrevivía en Alemania y otros países, tampoco cerraba las puertas a la esperanza: en toda su obra, en narraciones, cartas y ensayos, mostraba caminos alternativos a la amenazante reincidencia.
La historia como motor de analogías, el rescate de figuras infravaloradas, injustamente caídas en olvido o, peor, demonizadas por la tergiversación de sus ideas, y la lucha por una espiritualidad sin hipocresías constituían para Heinrich Böll el material para los cimientos de un futuro sin catástrofes ni odios latentes. Fue, incluso, precursor en la concientización del creciente desequilibrio ecológico.
En sus ensayos sobre Mamá Ey, Karl Marx y otras tantas figuras relacionadas con las vanguardias y la filosofía, igual que en muchas de sus novelas, refleja la necesidad de un auténtico reencuentro con quienes a través del arte o las ideas innovadoras enriquecieron un pasado a fuerza de sincero humanismo y no pocas penalidades.

En el artículo sobre Marx (1960) dice: “La historia del progreso es la historia de la ingratitud. Los nacidos posteriormente reciben y disfrutan ventajas múltiples, sin pararse a reflexionar el precio que hubo que pagar por ellas. A esta ingratitud se añade, además, estupidez, ignorancia y desprecio; un desprecio que ya estamos acostumbrados a ver entre los teóricos y, sobre todo, entre los intelectuales de este país.”.
Memoria, pensamiento e intermediación artística son, en definitiva, el oxígeno que Böll y Schlink proponen ante los riesgos de asfixia por reincidencia. Ambos complementan un siglo de recorrido por los espejismos del progreso que reclaman olvido y aceptación de condiciones que se presentan como panacea de la modernidad, con ropaje nuevo pero entroncan con antiguas monstruosidades latentes, intereses espurios, largos disimulos y odios pertinaces.
En el mundo de Schlink hay un nuevo orden, sospechado en parte por Böll aunque, seguramente, más ominoso. “No le gustaba la muerte porque no sabía cómo terminarían las cosas: ¿habría una guerra entre Estados Unidos y China, quién ganaría, qué sería de Europa y Alemania, qué pasaría con el mundo bajo el nuevo clima cálido?” (La vida tardía, Bernhard Schlink).
En épocas distintas, con y sin muro en Berlín, con viejos nazis de incógnito o con neonazis, con milagro alemán o en riesgo de decadencia, a los dos escritores también los acerca la obcecación: recordar, reflexionar y hablar de lo tácitamente prohibido en su tiempo. El escudo del talento los protege de la censura por falta de calidad. El atajo, entonces, viene de la mano de colgarles el sambenito de anticuados, de pasados de moda.
Imagen top: Arthur Kaufmann, Johanna (Mutter) Ey y sus artistas.
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