
La narrativa breve atraviesa una crisis de publicación que condiciona a los escritores y restringe o demora en exceso la oferta de cuentos de calidad.
Por Silvina Belén para NLI ·
A partir de la segunda mitad del siglo XX y hasta la fecha, pocos artistas literarios ocuparon el Olimpo del cuento. Jorge Luis Borges, Raymond Carver y Alice Munro tal vez hayan sido -y sigan siéndolo a pesar de haber muerto- los de máximo relieve, indiscutible calidad y fama mundial entre los que no escribían también novela.
La mayor parte de los escritores contemporáneos que cultivan el cuento con exclusividad, o casi, sea en la lengua que fuere, raras veces trascienden el provincianismo o el aprecio de un reducido grupo de lectores de élite, si es que llegan, claro, al milagro de publicar a través de una editorial con cierto peso en el mercado cultural.
Dramaturgos, poetas y novelistas vienen desde hace muchísimo años siendo los mimados de la academia sueca: solamente una cuentista de pura cepa, la arriba mencionada Alice Munro, «maestra del cuento corto contemporáneo» según los académicos, en 2013 y con absoluta justicia, por cierto, recibió el Nobel de literatura.

Habría que remontarse, y sin exactitud en lo referido al carácter del conjunto de la producción narrativa, hasta Nadine Gordimer, Nobel 1991, o, mucho más atrás, con mayor precisión, a Pär F. Lagerkvist, premiado en 1951, si se quisiera hallar en Estocolmo el reconocimiento a otros destacados cultores del cuento y la nouvelle.
Hoy en día, todo parecería indicar que, por lo general, únicamente la consagración como novelista habilita a un autor a publicar, con posterioridad al éxito de sus narraciones de largo aliento, una que otra colección de cuentos que se traduzca a diversos idiomas y recorra las librerías del mundo físico y virtual.
Tácitamente, la novela es el único parámetro actual de maestría en el arte de narrar. Una suerte de certificación de calidad no formalizada pero imprescindible. El éxito de un cuentista del que no se conozcan alabadas novelas, el reconocimiento de las virtudes que lo tornen digno de ser publicado, traducido, distinguido con premios de fuste y publicitado, resulta excepcional.

Poissant, a contramano
Precisamente, un caso excepcional y, hasta cierto punto, paradójico, es el del escritor norteamericano David James Poissant -Siracusa, NY, 1979-: su exitoso debut con la colección de cuentos El cielo de los animales (2017) representó un auténtico batacazo, un acontecimiento literario mundial refrendado por los lectores y el aplauso de la crítica.
Más tarde trabajó en una novela, Vida de lago, que se publicó cuatro años después, en 2021, y que a pesar de su gran calidad pasó casi desapercibida: la crítica reconoció el mérito de la obra sin gran entusiasmo, con tibieza si se quiere. Las reseñas no se multiplicaron, la difusión fue mínima y, aunque se tradujo a otras lenguas, el eco internacional, a diferencia de la colección de cuentos, fue mínimo.

En 2023 se supo que El cielo de los animales tendría su versión fílmica. La película, en producción hispano-rumana dirigida por el andaluz Santi Amodeo –un director y guionista mimado por las taquillas-, se estrenó en el Festival de Málaga en marzo de 2025. En mayo llegó a los cines con los parabienes de Poissant: «es absolutamente hermosa, desgarradora y maravillosa».
En esta excepción, que confirma la regla no escrita de la novela como parámetro de habilitación, puede apreciarse el entrecruzamiento con otro de los signos de época: el creciente culto a la especialización y el encasillamiento tanto en ciencias como en artes. Hoy por hoy, lo excepcional, lo que desafía el molde, conlleva arduos tributos.
Sospechamos que a David James Poissant, en contraste con el grueso de sus colegas, se lo invitaba a profundizar los méritos que seguramente lo llevarían hasta el poco habitado Olimpo del cuento; después, quizá, si lo hubiera, aunque quién sabe, se le concedería también un lugar entre los novelistas ecuménicos.

Para los maestros de la narrativa, que podían serlo simultáneamente del cuento y brillar en otros géneros, igual que, por ejemplo, Chejov en el dramático, ya nada es como antes era, cuando poco importaba si “Bartleby, el escribiente” había llegado antes o después que Moby Dick, o “Wakefield” era posterior o anterior a La letra escarlata o La casa de los siete tejados, o si Rayuela se le había adelantado o no a “Las babas del diablo”.

Novela y cine, primero
Europeos internacionales jamás faltaron en literatura, lo sabemos de sobra, aunque los cuentistas, por cierto, nunca abundaran y el nuevo continente le disputase en ese terreno la hegemonía al viejo durante los siglos XIX y XX, una lid virtuosa que se extendió a la narrativa toda e influyó, en su etapa final, sobre las escaramuzas de los gigantes de la edición, ocupados también en consolidarse como monopolios e inapelables jurados de lo publicable en cualquier soporte, lugar y circunstancia.
Modernismo, auge de la novela negra, teatro y cine innovadores de Estados Unidos, borgesianismo universal, Realismo mágico y el súper exprimido Boom latinoamericano fueron, llegados sus respectivos turnos, quedando atrás. A lo largo de la última década del siglo pasado y en lo que va de este, los europeos volvieron a fortalecer su posición en el ámbito de la novela.
Con los narradores británicos a la cabeza, los escandinavos en ascenso, los alemanes, españoles e italianos recuperando territorio y hasta los portugueses, griegos y rumanos pidiendo pista, por referirnos a los fenómenos más destacados, el cuento reapareció tímidamente en Europa aunque, eso sí, bajo las nuevas y tácitas normas.

Los cineastas percibieron este novelístico renacer no exento de calidad y, con buen olfato, se lanzaron a las transposiciones: hubo éxitos rotundos y apellidos de escritores que empezaron a sonar o a escalar en prestigio, más aún del que algunos ya habían alcanzado: Ishiguro, Tabucchi, Schlink, entre otros.
La versión cinematográfica de Los restos del día, de Kazuo Ishiguro (The Remains of the Day, 1989), en castellano titulada Lo que queda del día, dirigida por James Ivory, se estrenó en 1993 –en enero de 1994 en Argentina-. En los roles protagónicos brillaron Emma Thompson y Anthony Hopkins. Ishiguro colaboró en el guion, a cargo de Ruth Prawer Jhabvala, destacada guionista, dos veces galardonada con el Oscar.
Sostiene Pereyra (1994), novela de Antonio Tabucchi, tuvo su versión para la pantalla grande solo un año después de haber sido publicada: bajo la dirección de Roberto Faenza –también a cargo del guion- se estrenó en 1995 y Marcelo Mastroianni la convirtió en una película inolvidable.

La novela El lector (Der Vorleser, 1995), de Bernhard Schlink, esperó un poco más pero, finalmente, en 2008, pudo verse su versión cinematográfica. La dirigió Stephen Daldry. Fue un gran éxito y Kate Winslet ganó el Oscar a la mejor actriz por su interpretación del personaje de Hanna Schmitz.
Schlink, que antes del rotundo éxito de El lector, había publicado cuatro novelas policiales, presenta en 2000 una impecable serie de cuentos, Amores en fuga (Liebesfluchten); otra en 2010, Mentiras de verano (Sommerlügen), y en 2020, Los colores del adiós (Abschiedsfarben).

En 2009 Ishiguro, que de nuevo en 2010 verá en el cine la versión de otra de sus novelas, la más leída de todas las que escribió hasta hoy: Nunca me abandones (Never let my go, 2005), sorprende con la publicación de una colección de cuentos magistrales: Nocturnos. Cinco historias de música y crepúsculo (Nocturnes. Five Stories of Music and Nightfall).

Antonio Tabucchi, el más audaz -e inicialmente castigado- en las arenas de la narrativa breve, tras la aparición de su novela Piazza d’Italia (1975), de poca repercusión, pasó más de una década de porfía dando a la imprenta italiana sus colecciones de cuentos, relatos diversos y textos breves misceláneos que no le valieron siquiera un sólido provincianismo.
Atravesó un periodo de inactivo desconsuelo literario y, más tarde, su amor por la cultura lusitana y la obra de Pessoa lo animaron a escribir, en portugués, la novela Réquiem (1991). Tres años después llegaría Sostiene Pereyra:
Si en estos años Antonio Tabucchi ya no era tan solo un escritor de culto y su obra se leía en ámbitos más amplios, las circunstancias excepcionales que rodearon la filmación de su novela Sostiene Pereira, de 1994, dirigida por Roberto Faenza y protagonizada por Marcello Mastroianni, en su último papel protagónico, tras el cual, poco tiempo después, iba a fallecer, abrieron su obra a un conocimiento que excede con mucho la fama restringida y el prestigio que había alcanzado para convertir la novela en un best-seller y correlativamente generando un creciente interés sobre su narrativa anterior.” (Roberto Ferro, “En torno de Antonio Tabucchi”, 2001)
Revivieron entonces, en reediciones, El juego del revés (1981), Dama de Porto Pim y otras historias (1983), Pequeños equívocos sin importancia (1985),La línea del horizonte (1986) y El ángel negro (1991). Se sumaron más tarde Los volátiles del Beato Angelico (2000), Sueños de sueños y Los tres últimos días de Fernando Pessoa (2000), y El tiempo envejece deprisa: nueve historias (2009).
A estos tres casos, escarmiento a Tabucchi incluido, pueden sumarse otros análogos, como los de Julian Barnes, Javier Marías o László Krasznahorkai, Nobel 2025. Una mirada a la cronología de publicación de sus obras muestra la tendencia predominante en el orden de aparición de novelas y colecciones de cuentos a la que resultaría muy ingenuo calificar de casual.

Tradición en fuga
En honor a su envidiable tradición cuentística, la literatura argentina opone algo de resistencia a la referida tiranía tendencial. Una resistencia casi exclusivamente femenina. La encabeza Samanta Schweblin, que eludió sin despeinarse tanto el sino de Tabuchhi como el de Poissant. Su proyección es, sin disputa alguna, internacional.
Schweblin partió del cuento, se instaló en el Olimpo, desde el Olimpo se trasladó al reino de la novela y va de uno al otro cuando se le antoja. Se fue a Berlín, pero no en penitencia: desde hace más de una década vive allí. Sea como fuere, es argentina y escribe en castellano. Colecciona premios –al menos quince si no fallan las cuentas- por los que hasta el más piadoso vendería el alma al diablo de las letras.

El núcleo del disturbio (2002), La furia de las pestes[i] (2008), Pájaros en la boca (2009), Siete casas vacías (2015) y El buen mal (2025), son sus colecciones de cuentos publicadas. Distancia de rescate (2014) y Kentukis (2018), sus novelas.
La secunda en esta patriada la muy exitosa Mariana Enriquez, siempre solicitada por los medios.

Aunque Mariana no haya podido alterar el orden de los factores –arrancó su carrera ficcional con dos novelas: Bajar es lo peor (1995) y Cómo desaparecer completamente (2004)-, convirtió su arte en maestría a través del triplete que conforman las colecciones de cuentos publicadas en 2009, 2010 y 2016: respectivamente, Los peligros de fumar en la cama, Chicos que vuelven y Las cosas que perdimos en el fuego.

Alejandra Kamiya, con una obra que hasta el momento se compone de tres colecciones: Los árboles caídos también son el bosque (2015), El sol mueve la sombra de las cosas quietas (2019) y La paciencia del agua sobre cada piedra (2023), es cuentista “pura”. La calidad superior de sus textos, con acierto valorada por críticos y lectores, le asegura un lugar de privilegio en nuestra tan ligada al cuento tradición literaria.
Para cerrar, la sorpresa. Solidario con las damas, cooperativo también en pro de la tradición cuentística, se sumó a la resistencia un dramaturgo y, sobre todo, querido y admirado hombre de teatro: Mauricio kartun. En 2025 publicó a través de Alfaguara Dolores 10 minutos y otros relatos, un libro que se las trae. Su rasgo predominante es el de un humor que podríamos calificar de existencial.

[i] La furia de las pestes se publicó originalmente en La Habana (Fondo Editorial Casa de las Américas). Después, al año siguiente, la mayoría de sus textos pasó a formar parte del libro Pájaros en la boca (Buenos Aires,Emecé, 2009).
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